I
Casi dos meses después de la misteriosa desaparición de Giuliano, un cura joven fue designado para reemplazarlo en la tarea de llevar adelante la vieja Iglesia del vecindario. El orfanato siguió funcionando fogoneado por el ímpetu de los chicos más grandes, que conocían la verdad en cuanto al valeroso sacrificio de su protector: Las malas noticias viajaban rápido. Eso nunca cambiaría. El nuevo sacerdote tenía ideas interesantes, coraje y era un alma solidaria. Se las había apañado para lograr que la obra no muriese. Que el orfanato siguiera siendo lo que era gracias a la energía y el enorme corazón de Giuliano, aunque el dinero seguía siendo un problema. El número de chicos se redujo. Aumentaron las aves de paso. Venían, comían, pasaban la noche…y volvían a las calles. La desazón comenzaba a invadir espíritus y minar resistencias. Quizás lo mejor fuera cambiar para no morir, aceptar padrinazgos políticos, o simplemente cerrar el orfanato. Giuliano había uno solo. Era su obra, y si Dios decidía que debía extinguirse encadenada a su recuerdo, no habría más remedio que aceptarlo con cristiana resignación.
Pero finalmente llegó la carta. Un sobre convencional, con una simple estampilla de correo y sin remitente. Estaba dirigida al flamante cura. Uno de los chicos se la llevó, junto a dos o tres cuentas de servicios. Al padre le llamó la atención de inmediato y abrió el sobre rompiéndolo por el centro, sin preocuparse en ser prolijo. Sobre un papel blanco y correctamente centradas, unas pocas líneas se encargaban de transmitir el mensaje.
Padre:
Estuve observándolo durante un tiempo prudencial y llegué a la conclusión de que se puede confiar en Usted. En el buzón de las ofrendas podrá hallar la llave de una caja de seguridad, junto a una tarjeta que indica todos los datos que necesita para llegar a ella.
Hay suficiente dinero allí para mantener el orfanato funcionando un largo tiempo, sin apremios de ninguna índole. Espero que sea justo y prudente. Yo voy a estar cerca, sin estarlo, asegurándome de que todo está bien. Es lo que Giuliano deseaba y honrar su recuerdo es una prioridad para mí. Cuento con Usted.
La nota no estaba firmada. Y tampoco hacía falta.
El cura se dirigió al buzón de ofrendas y encontró una llave dorada con un papel adherido a ella con cinta adhesiva. Los datos eran claros y concretos.
Parece que finalmente Dios había atendido a sus ruegos, enviando a su arcángel más valeroso a ayudar a quienes más lo necesitaban.
II
En una zona de quintas, a no menos de diez kilómetros de ripio de la ruta más cercana, Melanie cuidaba un huerto con impensable habilidad. Había descubierto que en plena revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, volver a cultivar la tierra para el consumo propio era una opción absolutamente válida. También criaba algunas gallinas y a unos cien metros de una casa más que sencilla pero confortable, pastaban mansamente dos vacas lecheras, cerca del sitio donde habían sido enterradas las cenizas del cura a quien Karlo le debía más que la vida.
Compartía aquella casa con el hombre que le había devuelto la esperanza y a casi un año de la tarde de pesadilla vivida en la mansión de Mónaco, habían descubierto que eran almas gemelas. Cada uno ahuyentaba los demonios del otro como un mono despioja a su cría. Habían encontrado la paz lejos de la ciudad. La parte del dinero que conservaron luego de la masacre, había sido suficiente para comprar a buen precio una casita en el medio de la nada, con un par de hectáreas bien aprovechadas, y dos camionetas de trabajo. Usadas, pero confiables. Karlo había conservado su Falcon. Algo lo unía a ese auto como si tuvieran la misma sangre. El orfanato se había llevado el resto, y así debía ser.
Ella se encargaba de las tareas rurales. Se autoabastecían y vendían el excedente. Era suficiente para vivir y aún quedaban algunas reservas desde tiempos de Magenta. El dinero no era un inconveniente, al menos de momento. Tal vez en siete meses, cuando el incipiente embarazo de Melanie llegara a buen término y el pequeño Giuliano naciera, sería necesario replantear las finanzas de la familia.
Ahora estaba quitando la maleza de entre las plantas de tomates. Se incorporó y limpió sus manos en las perneras de sus pantalones. Suficiente por un día. Se daría una ducha y prepararía la cena.
Estaba oscureciendo, y Karlo pronto regresaría del trabajo…
III
La policía tuvo que esforzarse para obtener algún testimonio que permitiera esclarecer lo sucedido en la mansión de Mónaco. Cuando un grupo de sus hombres se encontró con la escena del crimen, dieron aviso a la policía simplemente para no verse comprometidos, apoderándose antes de los tres kilos de cocaína que asomaban de la caja fuerte más apetecibles que panes recién horneados. El saldo de aquella faena había sido impresionante: Tres matones muertos. Dos de ellos con el cuello rebanado y el restante con un golpe en la garganta que le había hundido la tráquea matándolo por asfixia. Un proxeneta destrozado a golpes. Un gigante de más de dos metros con una extraña y sanguinaria herida punzante que comenzaba en su boca y culminaba en su nuca. Ningún arma. Un hombre pequeño con su mandíbula quebrada en tres partes…y el propio Mónaco, el titiritero que manejaba por lejos el mayor volumen de los negocios ilegales de la ciudad, cuadripléjico, con su columna vertebral hecha trizas quién sabe con qué elemento cortante.
Los diarios hablaban de un ajuste de cuentas. Nadie iba a extrañar a ninguno de los muertos y tal vez por eso la investigación policial fue pobre y superficial.
Cuando meses después Paco pudo hablar, mencionó que la mansión fue atacada por un grupo comando que los redujo con fines de robo, mientras disfrutaban de una reunión entre amigos. Dijo que había sido un hecho extremadamente traumático para él y que no recordaba más que eso. El fiscal no insistió. La declaración de esta rata con más antecedentes que Bonnie and Clyde era un mero formulismo sobre el que no guardaba ninguna expectativa optimista. Estaba claro que mentía, pero ¿A quién le importaba?
Mónaco, por su parte, era una planta. Orinaba por una sonda y tenía un ano contra natura. Su mirada estaba fija en un punto y no había vuelto a hablar desde aquella tarde. Dejó de comer y al momento de comparecer ante el juez había bajado treinta kilos. Se dejó constancia en el expediente de su estado y se desistió de su testimonio.
Murió una semana después, llagado y desnutrido.
Como para demostrar que las casualidades no existen, ese mismo día se cerró la investigación de lo que los medios dieron en llamar “La masacre fantasma”.
IV
Había ganado las internas de su partido y era un serio candidato a la presidencia de la Nación. Todas las encuestas lo mostraban diez puntos arriba del segundo. Tenía un carisma envidiable, una inteligencia privilegiada y un grupo de operadores que no negociaban con el diablo: Este se negaba a hacerlo porque les tenía miedo.
La campaña estaba en la cresta de la ola. Llegando a la cima para encarar el sprint final en una rampa que lo catapultaría al poder, algo para lo que estaba predestinado.
Esta popularidad, como una moneda de dos caras, le había generado numerosos enemigos. El escapaba a los blindajes o los ejércitos personales. No era su estilo. El amaba el contacto con la gente, sonreír, abrazar, exhibirse. Estaba hecho para eso. Era su destino y nada podría interponerse entre él y el éxito.
Su discurso había sido brillante. Multitudinario. Ni siquiera había hecho falta echar mano al aparato: El apoyo masivo era espontáneo. Terminó de hablar y bajó del palco, entre un mar de brazos que pugnaban por tocarlo al menos y tener una anécdota para contarles a los nietos.
Entre todas esas manos, un cutter. Un simple cutter de cuerpo plástico y hoja plateada. El artículo de librería que no superaba los 3 pesos, sería el arma que acabara con la vida del hombre que encarnaba la esperanza de millones de ciudadanos. Un joven de barba, con campera militar. Tal vez un ex combatiente, un admirador del Che Guevara. A lo mejor un loquito anónimo o bien un asesino a sueldo que buscaba hacer su trabajo confundido en la multitud. El cutter, sin dudas ni temblores, buscó el cuello del candidato de la gente.
Entonces una mano misteriosa asió la muñeca del agresor y la giró como la perilla de una hornalla de cocina. Los pequeños huesos se rompieron al instante y el cutter cayó al suelo. La misma mano proverbial en un movimiento repentino introdujo el dedo pulgar en un ojo del joven, que se llevó al rostro la mano sana, retirándola con un pequeño resto de sangre.
Mientras el agresor permanecía quieto, completamente fuera de combate, la multitud siguió la marcha del político hasta que subió al Audi junto a su jefe de campaña. El hombre que le había salvado la vida, vestido de jean y camisa para confundirse con el entorno, subió a un auto promedio junto a otros dos hombres de aspecto similar. Nadie los hubiera podido identificar como personal de seguridad. La imagen del “candidato popular que no teme a su pueblo” estaba a salvo, y él estaba protegido por profesionales tan eficientes como discretos. Comenzaron a seguir al candidato a distancia prudencial. El custodio había cumplido con su trabajo, matando dos pájaros de un tiro. Había resuelto en menos de un segundo un atentado más que peligroso y nadie se había percatado de ello. O mejor dicho casi nadie. El candidato, como si tuviera ojos en la nuca y demostrando una capacidad de percepción poco común, había leído la situación y la había comprendido en su total magnitud. Había estado en real peligro.
Mientras el Audi se alejaba raudamente del sitio del acto, el candidato y su principal operador conversaban sobre lo sucedido.
-¿Quién es el nuevo custodio, el de la cicatriz en la cara? ¿De dónde lo sacaste? Es bueno. Muy bueno.
Molina sonrió. También había visto lo sucedido, aunque no estaba sorprendido en absoluto.
-Ya lo creo que lo es. Digamos que lo encontré en los clasificados.
-Ja! Vos siempre haciéndote el misterioso! Quiero a ese tipo cerca…¿Podés decirme al menos cómo se llama?
-Karlo…
-Karlo qué?
-Karlo. Sólo Karlo.
Y no dijo más…
Casi dos meses después de la misteriosa desaparición de Giuliano, un cura joven fue designado para reemplazarlo en la tarea de llevar adelante la vieja Iglesia del vecindario. El orfanato siguió funcionando fogoneado por el ímpetu de los chicos más grandes, que conocían la verdad en cuanto al valeroso sacrificio de su protector: Las malas noticias viajaban rápido. Eso nunca cambiaría. El nuevo sacerdote tenía ideas interesantes, coraje y era un alma solidaria. Se las había apañado para lograr que la obra no muriese. Que el orfanato siguiera siendo lo que era gracias a la energía y el enorme corazón de Giuliano, aunque el dinero seguía siendo un problema. El número de chicos se redujo. Aumentaron las aves de paso. Venían, comían, pasaban la noche…y volvían a las calles. La desazón comenzaba a invadir espíritus y minar resistencias. Quizás lo mejor fuera cambiar para no morir, aceptar padrinazgos políticos, o simplemente cerrar el orfanato. Giuliano había uno solo. Era su obra, y si Dios decidía que debía extinguirse encadenada a su recuerdo, no habría más remedio que aceptarlo con cristiana resignación.
Pero finalmente llegó la carta. Un sobre convencional, con una simple estampilla de correo y sin remitente. Estaba dirigida al flamante cura. Uno de los chicos se la llevó, junto a dos o tres cuentas de servicios. Al padre le llamó la atención de inmediato y abrió el sobre rompiéndolo por el centro, sin preocuparse en ser prolijo. Sobre un papel blanco y correctamente centradas, unas pocas líneas se encargaban de transmitir el mensaje.
Padre:
Estuve observándolo durante un tiempo prudencial y llegué a la conclusión de que se puede confiar en Usted. En el buzón de las ofrendas podrá hallar la llave de una caja de seguridad, junto a una tarjeta que indica todos los datos que necesita para llegar a ella.
Hay suficiente dinero allí para mantener el orfanato funcionando un largo tiempo, sin apremios de ninguna índole. Espero que sea justo y prudente. Yo voy a estar cerca, sin estarlo, asegurándome de que todo está bien. Es lo que Giuliano deseaba y honrar su recuerdo es una prioridad para mí. Cuento con Usted.
La nota no estaba firmada. Y tampoco hacía falta.
El cura se dirigió al buzón de ofrendas y encontró una llave dorada con un papel adherido a ella con cinta adhesiva. Los datos eran claros y concretos.
Parece que finalmente Dios había atendido a sus ruegos, enviando a su arcángel más valeroso a ayudar a quienes más lo necesitaban.
II
En una zona de quintas, a no menos de diez kilómetros de ripio de la ruta más cercana, Melanie cuidaba un huerto con impensable habilidad. Había descubierto que en plena revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, volver a cultivar la tierra para el consumo propio era una opción absolutamente válida. También criaba algunas gallinas y a unos cien metros de una casa más que sencilla pero confortable, pastaban mansamente dos vacas lecheras, cerca del sitio donde habían sido enterradas las cenizas del cura a quien Karlo le debía más que la vida.
Compartía aquella casa con el hombre que le había devuelto la esperanza y a casi un año de la tarde de pesadilla vivida en la mansión de Mónaco, habían descubierto que eran almas gemelas. Cada uno ahuyentaba los demonios del otro como un mono despioja a su cría. Habían encontrado la paz lejos de la ciudad. La parte del dinero que conservaron luego de la masacre, había sido suficiente para comprar a buen precio una casita en el medio de la nada, con un par de hectáreas bien aprovechadas, y dos camionetas de trabajo. Usadas, pero confiables. Karlo había conservado su Falcon. Algo lo unía a ese auto como si tuvieran la misma sangre. El orfanato se había llevado el resto, y así debía ser.
Ella se encargaba de las tareas rurales. Se autoabastecían y vendían el excedente. Era suficiente para vivir y aún quedaban algunas reservas desde tiempos de Magenta. El dinero no era un inconveniente, al menos de momento. Tal vez en siete meses, cuando el incipiente embarazo de Melanie llegara a buen término y el pequeño Giuliano naciera, sería necesario replantear las finanzas de la familia.
Ahora estaba quitando la maleza de entre las plantas de tomates. Se incorporó y limpió sus manos en las perneras de sus pantalones. Suficiente por un día. Se daría una ducha y prepararía la cena.
Estaba oscureciendo, y Karlo pronto regresaría del trabajo…
III
La policía tuvo que esforzarse para obtener algún testimonio que permitiera esclarecer lo sucedido en la mansión de Mónaco. Cuando un grupo de sus hombres se encontró con la escena del crimen, dieron aviso a la policía simplemente para no verse comprometidos, apoderándose antes de los tres kilos de cocaína que asomaban de la caja fuerte más apetecibles que panes recién horneados. El saldo de aquella faena había sido impresionante: Tres matones muertos. Dos de ellos con el cuello rebanado y el restante con un golpe en la garganta que le había hundido la tráquea matándolo por asfixia. Un proxeneta destrozado a golpes. Un gigante de más de dos metros con una extraña y sanguinaria herida punzante que comenzaba en su boca y culminaba en su nuca. Ningún arma. Un hombre pequeño con su mandíbula quebrada en tres partes…y el propio Mónaco, el titiritero que manejaba por lejos el mayor volumen de los negocios ilegales de la ciudad, cuadripléjico, con su columna vertebral hecha trizas quién sabe con qué elemento cortante.
Los diarios hablaban de un ajuste de cuentas. Nadie iba a extrañar a ninguno de los muertos y tal vez por eso la investigación policial fue pobre y superficial.
Cuando meses después Paco pudo hablar, mencionó que la mansión fue atacada por un grupo comando que los redujo con fines de robo, mientras disfrutaban de una reunión entre amigos. Dijo que había sido un hecho extremadamente traumático para él y que no recordaba más que eso. El fiscal no insistió. La declaración de esta rata con más antecedentes que Bonnie and Clyde era un mero formulismo sobre el que no guardaba ninguna expectativa optimista. Estaba claro que mentía, pero ¿A quién le importaba?
Mónaco, por su parte, era una planta. Orinaba por una sonda y tenía un ano contra natura. Su mirada estaba fija en un punto y no había vuelto a hablar desde aquella tarde. Dejó de comer y al momento de comparecer ante el juez había bajado treinta kilos. Se dejó constancia en el expediente de su estado y se desistió de su testimonio.
Murió una semana después, llagado y desnutrido.
Como para demostrar que las casualidades no existen, ese mismo día se cerró la investigación de lo que los medios dieron en llamar “La masacre fantasma”.
IV
Había ganado las internas de su partido y era un serio candidato a la presidencia de la Nación. Todas las encuestas lo mostraban diez puntos arriba del segundo. Tenía un carisma envidiable, una inteligencia privilegiada y un grupo de operadores que no negociaban con el diablo: Este se negaba a hacerlo porque les tenía miedo.
La campaña estaba en la cresta de la ola. Llegando a la cima para encarar el sprint final en una rampa que lo catapultaría al poder, algo para lo que estaba predestinado.
Esta popularidad, como una moneda de dos caras, le había generado numerosos enemigos. El escapaba a los blindajes o los ejércitos personales. No era su estilo. El amaba el contacto con la gente, sonreír, abrazar, exhibirse. Estaba hecho para eso. Era su destino y nada podría interponerse entre él y el éxito.
Su discurso había sido brillante. Multitudinario. Ni siquiera había hecho falta echar mano al aparato: El apoyo masivo era espontáneo. Terminó de hablar y bajó del palco, entre un mar de brazos que pugnaban por tocarlo al menos y tener una anécdota para contarles a los nietos.
Entre todas esas manos, un cutter. Un simple cutter de cuerpo plástico y hoja plateada. El artículo de librería que no superaba los 3 pesos, sería el arma que acabara con la vida del hombre que encarnaba la esperanza de millones de ciudadanos. Un joven de barba, con campera militar. Tal vez un ex combatiente, un admirador del Che Guevara. A lo mejor un loquito anónimo o bien un asesino a sueldo que buscaba hacer su trabajo confundido en la multitud. El cutter, sin dudas ni temblores, buscó el cuello del candidato de la gente.
Entonces una mano misteriosa asió la muñeca del agresor y la giró como la perilla de una hornalla de cocina. Los pequeños huesos se rompieron al instante y el cutter cayó al suelo. La misma mano proverbial en un movimiento repentino introdujo el dedo pulgar en un ojo del joven, que se llevó al rostro la mano sana, retirándola con un pequeño resto de sangre.
Mientras el agresor permanecía quieto, completamente fuera de combate, la multitud siguió la marcha del político hasta que subió al Audi junto a su jefe de campaña. El hombre que le había salvado la vida, vestido de jean y camisa para confundirse con el entorno, subió a un auto promedio junto a otros dos hombres de aspecto similar. Nadie los hubiera podido identificar como personal de seguridad. La imagen del “candidato popular que no teme a su pueblo” estaba a salvo, y él estaba protegido por profesionales tan eficientes como discretos. Comenzaron a seguir al candidato a distancia prudencial. El custodio había cumplido con su trabajo, matando dos pájaros de un tiro. Había resuelto en menos de un segundo un atentado más que peligroso y nadie se había percatado de ello. O mejor dicho casi nadie. El candidato, como si tuviera ojos en la nuca y demostrando una capacidad de percepción poco común, había leído la situación y la había comprendido en su total magnitud. Había estado en real peligro.
Mientras el Audi se alejaba raudamente del sitio del acto, el candidato y su principal operador conversaban sobre lo sucedido.
-¿Quién es el nuevo custodio, el de la cicatriz en la cara? ¿De dónde lo sacaste? Es bueno. Muy bueno.
Molina sonrió. También había visto lo sucedido, aunque no estaba sorprendido en absoluto.
-Ya lo creo que lo es. Digamos que lo encontré en los clasificados.
-Ja! Vos siempre haciéndote el misterioso! Quiero a ese tipo cerca…¿Podés decirme al menos cómo se llama?
-Karlo…
-Karlo qué?
-Karlo. Sólo Karlo.
Y no dijo más…
