-Sión!
La voz del líder, grave y enérgica, retumbó en los oídos de quienes una vez más poblaban el claro como el día anterior, recreando aquella escena con estudiada exactitud. Sólo faltaba Bolivia, quien maltrecho luego de su arduo combate tal vez había sido llevado a un hospital o más probablemente estaría desfalleciendo entre horribles dolores en el suelo de su caballeriza, recuperándose o muriendo, según los designios de una moneda arrojada al aire.
De los cinco jóvenes, sólo quedaban tres. Karlo estaba de pie en el extremo izquierdo de la corta fila que integraba junto a Sión y Suiza. Sus sentimientos estaban apagados: Algo dentro de sí había bajado el switch correspondiente. No era momento para estar nostálgico, asustado o nervioso. Era el tiempo de aguzar los sentidos. Tensar los músculos y arremeter sin pensar. A matar o morir. Algo tan drástico para cualquier joven de diecisiete años era casi natural para alguien que había sobrevivido su más temprana adolescencia peleando por dinero en las calles, con los cadáveres de sus padres aún tibios en sus tumbas. El Líder prosiguió:
-Desde hace años integra los más altos estamentos de una organización que comercializa drogas en la Capital Federal, con una red de “punteros” que se especializa en introducirla en escuelas y barrios pobres. Cocaína para los que pueden pagar, paco para el resto. Sión comanda el brazo armado de este grupejo y tiene debilidad por los uniformes. Informes de inteligencia confirman que mató no menos de cinco policías a sangre fría.
-Se quedaron cortos…-Sión habló en voz baja.
El Líder levantó la vista de su papel, miró a Sión y continuó con los ojos fijos en él.
-Nunca fue condenado. El sistema hizo una excepción con él y no pasó por la burocracia de los tribunales. Gracias a ello hoy está animando nuestra reunión. Espero que nos sorprenda y esté a la altura de la fama que lo precede. Si no es así, voy a disfrutar viendo cómo los perros juegan con su cadáver antes de que aparezca flotando en el Riachuelo. En los diarios va a decir “ajuste de cuentas…” Las cosas son así de simples por aquí…
Sión no sonrió ante el sarcasmo del Líder. Giró lentamente la cabeza y escupió a un costado. Luego irguió el cuello y permaneció inmóvil con la vista al frente, sin agregar nada más.
-Suiza…
El joven, de pie entre los otros dos, dio un respingo como si la alusión a su apodo lo hubiera sacado de una ensoñación.
-Estafador de poca monta. Cuentos del tío. Toco-mocho. Fraudes a jubiladas desprevenidas…hasta allí, nada especial. Una rata más de ciudad. Pero un día la cosa se le complicó. Una vieja empezó a gritar y matarla a golpes le pareció a Suiza la mejor opción. Le destrozó la cabeza con un velador de bronce. La encontró su nieta de doce años casi tres días después, al ir a visitar a su abuela después del colegio. Estaba hinchada y ya tenía gusanos en los ojos. Es a simple vista el más débil de los cinco, quizás por ello jugarse esta carta: No está hecho para la vida en Marcos Paz. Tal vez eligió aceptar nuestra oferta por pura desesperación. Veremos qué sale…
Karlo no volvió la cabeza, pero pudo escuchar los sollozos del muchacho parado a su lado. De todos modos confiarse no era una buena idea. En ocasiones el miedo y la desesperanza hacen aflorar en los hombres atributos que ni siquiera saben que poseen. El heroísmo y el valor son a veces fruto de una irónica coincidencia.
Si las reglas del juego se mantenían como el día anterior, el combate ya estaba diagramado. Sería un juego de niños para Sión despachar a Suiza al más allá y éste posiblemente se entregaría dócilmente para acabar con su suplicio. No iba a ser una pelea justa. Eso dejaba a Karlo frente a la opción de enfrentar a Bolivia. Un tipo aguerrido, que había demostrado un valor poco común. Le caía bien a pesar de no haber intercambiado ni una palabra con él. Esos eran los códigos de interacción social a los cuales estaba sometido al participar en esta experiencia demente. Blancos o negros, y siempre de manera intuitiva. Animal. Igualmente Bolivia estaba herido. Quizás esa fuera su posible carta de triunfo, pero el terreno de las certezas le estaba vedado. Todo era pura conjetura y la sorpresa era la norma en vez de la excepción. Karlo jugaba ese juego con la actitud de quien no tiene nada que perder y lo (no tan) inesperado no tardaría en llegar.
-Nepal!
Una atmósfera de sorpresa se instaló en el claro. Incluso los soldados del Líder abrieron los ojos perceptiblemente y se miraron entre sí. Todos se sorprendieron, menos Karlo, que permanecía impasible.
-Huérfano en forma prematura y de manera traumática, quedó solo en el mundo. Vivió en las calles y se hizo famoso en el submundo de las peleas clandestinas. No perdió nunca a pesar de no haber cumplido los quince años. Una fortaleza física casi sobrenatural y el temperamento de un hombre de cuarenta años, a pesar de su corta edad. Fue acogido en un orfanato y reinsertado con éxito en un escenario más acorde a su posición relativa. Pero el mundo no es un lugar justo. Cierto día cinco delincuentes irrumpieron un día y él los venció con un cuchillo de cocina y sus manos. Mató a uno de ellos. Lástima. De allí a esta pequeña e íntima reunión, sólo un paso formal…
Ya estaban todos presentados. Ya todos sabían quién era quién. La mesa estaba servida, sólo faltaba saber cuál sería el menú. O para ser más gráficos aún, qué cabeza se presentaría en una bandeja al final del festín.
-Las reglas básicamente serán las mismas: Un círculo en la tierra. Diez minutos. Sólo uno sale. Esta vez no va a haber armas enterradas, sino que van a tener que utilizar sus propias manos. Vamos a ver de qué están hechos. Señores, todos a la arena. El tiempo corre para Ustedes.
Los tres jóvenes se quedaron en su lugar, mirándose entre ellos de manera franca por primera vez. ¿Todos a la arena? ¿Qué se suponía que debían hacer?
-Ya pasaron cinco segundos. No sé por qué dudan. Entran tres. Sale uno. ¿Qué parte de eso no entienden? Si no hay ningún vencedor en diez minutos, mueren los tres. ¡Amo las matemáticas cuando revelan su perfecta simpleza!...
El entendimiento actuó en sus cerebros como una corriente eléctrica intensa y simultánea, impulsando a los tres flamantes contendientes a correr en dirección al círculo, de modo que en un instante traspusieron aquella desprolija línea de cal hacia un terreno sin retorno. Nada sería igual para ellos después de eso, independientemente del resultado de la pelea.
Cómo era previsible, Sión tomó la iniciativa de inmediato. Tampoco era difícil suponer que su primer objetivo fuera Suiza. Velozmente logró tomar posición detrás de éste y comenzó a presionar con su antebrazo sobre el cuello, en una suerte de candado, enlazando a la vez sus piernas en torno a las de su oponente. Suiza se debatía en su impotencia y ensayó una maniobra desesperada: Cerró su puño en torno a los testículos de Sión y oprimió tan fuerte como pudo. Se generó una prueba de resistencia entre ambos, de modo que el primero en ceder estaría aceptando su suerte mansamente.
Mientras esta escena transcurría, Karlo permanecía a poca distancia, esperando. Desistió de sacar ventaja de su posición preferencial. Eligió aguardar y medir fuerzas con el vencedor. No obstante, el reloj seguía avanzando. Era probable que en instantes debiera rever su posición, si tenía expectativas de salir vivo de aquel improvisado ring.
De pronto la extrema tensión que involucraba los cuerpos de Sión y Suiza pareció ceder levemente. Las piernas de Suiza dejaron de sacudirse con fiereza y sólo comenzaron a intentar patadas espasmódicas al aire. Luego eso también cesó. Los ojos del desdichado se pusieron en blanco y su pecho, que un segundo antes bullía como un fuelle, se fue aquietando hasta detenerse totalmente. Finalmente el tormento de aquel desdichado había acabado.
Sión se tomó unos segundos para recuperarse del intenso dolor en los testículos, que le latían como un corazón de formas caprichosas. Con dificultad se puso de pie. Karlo seguía inmóvil, observándolo con una tranquilidad que asustaba.
- Quedamos vos y yo… -dijo Sión.
- Así parece.
- No tenés chance. Sos consciente de eso, no?
Karlo ensayó una media sonrisa despectiva y haciendo un gesto inequívoco con sus manos invitó a su oponente a acercarse…
- Vení. El tiempo es oro…
Sión gritó y arremetió contra Karlo, clavando su hombro contra el pecho del joven y provocando la caída de ambos por la fuerza del empellón. Con una habilidad prodigiosa, Sión logró repetir la posición que instantes antes había derivado en la muerte de Suiza. Era el cuello de Karlo el que ahora sufría el abrazo enérgico de Sión. Este usaba una técnica perfecta y era realmente fuerte. Karlo comenzó a desfallecer y su vista empezó a nublarse, desdibujando los contornos de su perspectiva. Misteriosamente, fragmentos de aquel sueño extraño de la noche anterior acudieron a su mente, embebiéndola como a una esponja:
- “…Tu verdadero trabajo todavía no empezó. Tenés que mantenerte con vida…” –había dicho Giuliano en aquel sueño (¿pesadilla?)
El codo derecho de Karlo salió disparado hacia atrás como un émbolo y con renovada energía, estalló contra el hígado de Sión, que acusó recibo del impacto pero no aflojó la presión. Hubo un segundo codazo. Y un tercero. Finalmente Sión emitió un grito ahogado y rodó hacia un costado aquejado por un dolor eléctrico. Karlo se incorporó y de un salto estuvo sobre su rival. “Tenés que mantenerte con vida”…las palabras de Giuliano resonaban en su cabeza con un eco sordo. “…Con vida. Tu verdadero trabajo…” apoyó sus pulgares sobre los ojos de Sión “…todavía no empezó…” Y Karlo presionó con todo el peso de su cuerpo.
Sión gritaba y se sacudía como un poseso. De pronto sobrevino un sonido viscoso y los globos oculares fueron expulsados de sus órbitas. Las cuencas vacías eran dos huecos rojizos en un rostro congelado por el espanto. Karlo miró casi en trance lo que tenía en sus manos: Dos ojos celestes con sus nervaduras arrancadas. Los arrojó con indiferencia a un costado, se puso de pie y dejando a sus espaldas el cuerpo agonizante de Sión, se dispuso a salir del círculo. De pronto advirtió que el ojo negro del cañón de una pistola lo observaba desde su profundidad amenazante. Era uno de los hombres del Líder, que habló desde una distancia que se le antojó kilométrica…
- El enemigo todavía vive. Vuelva y termine su faena. Le queda poco más de un minuto…
Karlo entrecerró los ojos y no se inmutó. La estación del sentido común había quedado atrás hacía mucho tiempo en aquella travesía sobre el tren de la demencia. Un tren conducido por el Líder y sus esbirros. Dio media vuelta y recuperó su posición dominante sobre la humanidad de Sión, que seguía gritando como un gato en una fogata. Karlo extendió su mano hacia adelante e introdujo tres de sus dedos en la boca del moribundo, de modo que dos de ellos bloquearon su garganta. Los gritos se transformaron en un quejido apagado, e instintivamente Sión mordió la mano de su verdugo. Los dientes comenzaron a dibujar un semicírculo rojo en el dorso de la mano de Karlo, mientras finos hilos de sangre comenzaban a gotear de modo cansino. Las arcadas pronto acudieron a la cita, culminando en un vómito violento, aguado y verdoso, por parte de aquel joven sin ojos. La asfixia llegó rápido y significó el punto final para aquella escena terrible. Nuevamente Karlo se puso de pie y se dispuso a salir del círculo. Esta vez sus pasos no fueron interrumpidos por nadie.
- Nueve minutos cincuenta y cinco…Nada mal.- sentenció el líder.
El joven pasó frente a él y sus hombres sin detenerse ni mirarlos siquiera. Se metió en su caballeriza y cerró la puerta tras de sí. Estaba en shock…
Pero estaba vivo.