sábado 1 de agosto de 2009

4- Ya pasó...

Beto estaba en tercer año. No era ni por lejos un alumno brillante, pero era un tipo querible y bastante popular. El estigma de su sobrepeso no le quitaba el sueño, o al menos no lo evidenciaba en su conducta. Era “el gordo” para todos. Pero era de esos gordos macizos, de musculatura respetable y una fuerza física considerable. Siempre de buen humor, con un chiste a punto de salir de su boca. No se comportaba como un pendenciero. Pero tampoco se dejaba avasallar. Las burlas malintencionadas, las faltas de respeto, los intentos por ridiculizarlo o pasarlo por encima, encontraban en Beto una respuesta seca y firme. Si aún así insistías en considerarlo un blanco vulnerable, posiblemente comprenderías la naturaleza errónea de ese juicio de la mano de un par de dientes rotos o una nariz hinchada.

El gordo había seguido los acontecimientos con la mirada desde el primer momento. Había leído la situación, y sabía que las cosas iban a terminar del modo en que estaban sucediendo. En un par de segundos dudó un millón de veces, y finalmente se decidió a intervenir desde una posición conciliadora. No era cuestión de ir al choque contra aquellas cuatro bestias, a pesar de tener unos cuantos recursos más que los mellizos, con los que estaban barriendo el patio del Colegio. Los preceptores estaban tomando café en la antesala de la sala de profesores, a inoportunos treinta metros de la acción. Nadie rompería códigos yendo a avisarles lo que estaba ocurriendo. Beto se acercó el epicentro de la pelea.

- Muchachos, ya está. Déjenlos. ¿No ven que son pibes? –mientras hablaba, perfilaba su cuerpo robusto para interponerse entre Lucio y el gorila que lo estaba golpeando.

Uno de los jóvenes que sostenían al mellizo estiró una mano y abofeteó la nuca de Beto, sin soltar a Lucio, que aprovechó la interrupción generada por el gordo para tomarse un respiro de la golpiza. El rubio seguía forcejeando con Román, que a pesar de tener bastante sangre en la boca y la nariz seguía resistiéndose con fiereza.

- Callate y tomatelas, gordo puto. Esto no es con vos.

Cuando Beto sintió el golpe, más ofensivo que violento, lo sintió como una señal para que esa pelea fuera también suya. Sin decir nada más, disparó su pie derecho impactando con él al tipo que golpeaba a Lucio a la altura de los testículos.

-Uuuuhhhhhh! –Un lamento ahogado y la caída. El tipo se hizo un ovillo en el suelo, con ambas manos tomándose la zona golpeada, que comenzó a latir con vida propia.

Un murmullo generalizado (de aprobación? De entusiasmo?) se levantó entre quienes observaban la pelea sin intervenir. Los dos que estaban sosteniendo a Lucio lo soltaron y la cosa se emparejó. Tres grandotes contra los mellizos y el gordo. Al menos en número estaban equilibrados. Pero Román estaba mal. El rubio lo golpeaba con saña y lo iba a lastimar de verdad. Al parecer no era un enojo de pibe. Era la furia de un hombre despechado. Había odio allí. Y cuando el odio tallaba, las consecuencias podían ser graves.

El rubio se despachaba a su antojo, mientras sus amigos se ocupaban del otro mellizo y del gordo, cuyo papel era un poco más digno y luchaba casi de igual a igual. El líder del grupete de bravucones ya había ganado una pelea en la que su rival nunca había tenido chances, pero aún así seguía atacando. Hasta que sucedió algo inesperado: Sintió una presión en el cuello. Alguien lo había tomado desde atrás y con su antebrazo le presionaba la tráquea al límite de lo soportable. Apenas un hilo de aire podía pasar por allí. Los capilares de sus ojos comenzaron a irrigarse en extremo y a hacerse cada vez más anchos, su rostro a enrojecer con intensidad. En medio de esa situación inesperada, escuchó una voz a sus espaldas…

- Me escuchás? Si me escuchás, decí que “sí” con la cabeza…

La barbilla del rubio subió y bajó sólo unos milímetros, un par de veces. La voz era aguda, como la de un chico al que la pubertad todavía no le había dado su viril baño de rudeza.

- Te voy a soltar. Y cuando lo haga te vas a quedar en el molde. Vos y tus amigos se van a ir para el lado del aula de 5to. sin decir nada. Vamos a jugar a que nunca trataron de abusarse de sus físicos pegándoles a dos pibes mucho más chicos. Nos vamos a olvidar, te parece?

Era increíble el tono en que aquel pibe de segundo año, extrañamente fornido para sus 14 años, le hablaba a un matón mucho más grande. No había miedo en su voz. Ni siquiera respeto. Eran palabras que reflejaban un desprecio vergonzante. Una forma de decir “…te trato como mierda porque es lo que te merecés…” Cualquiera podría entender que de eso se trataba. Hasta el propio muchacho rubio, cuyos ojos comenzaban a entrecerrarse. Los amigos del bravucón, los mellizos, Beto, los demás estudiantes…Todos habían quedado congelados en el sitio en que estaban cuando Daniel había decidido intervenir. Fue un instante mágico en que el tiempo pareció suspenderse. Podía escucharse como un estruendo el aleteo de los gorriones que cruzaban el límpido cielo palermitano de aquella mañana. Todos miraban, pero nadie hablaba y mucho menos amagaba con intervenir. Los protagonistas se habían recortado en su mundo paralelo y eran el espectáculo del día. O más bien del año. Aquel recreo iba a ser recordado por generaciones.

Los preceptores, dos jóvenes más cercanos a los veinte que a los treinta, se acercaron a la carrera. Iban a tener que dar muchas explicaciones por su distracción y sus consecuencias.

- Soltalo! –le gritó uno de ellos a Daniel, que obedeció de inmediato sintiendo como el cuerpo del rubio resbalaba hacia el piso de cemento rústico con líneas amarillas de cancha de básquet.

El grandote intentaba recobrar el aire no sin esfuerzo, tomándose el cuello con la mano derecha. Lucio se había acercado a su hermano y con los últimos dos pañuelos descartables de su paquetito lo ayudaba a limpiarse la cara teñida de rojo desde la nariz hasta el mentón. Un diente flojo y la nariz inflamada, sin fracturas. La había sacado barata.

El preceptor que detuvo la pelea señaló consecutivamente a Daniel y al rubio.

-Vos y vos, vengan conmigo.

Y partieron con rumbo fijo a la rectoría. Beto, los mellizos y los compinches del rubio se desbandaron con rapidez, agradeciendo a su suerte por su inesperada impunidad. Todos estaban seguros de que la cosa seguiría en algún otro momento.

Mientras caminaba detrás del preceptor, las miradas de Beto y Daniel se cruzaron en una ráfaga fugaz. Daniel ensayó una media sonrisa.

Y le guiñó un ojo.

jueves 23 de julio de 2009

3- Comienzo

Se habían conocido en el secundario. Todos iban al Guadalupe, Colegio católico, tradicional y centenario enclavado en el corazón de Palermo, frente a la Plaza Guemes. Cuando Beto estaba en tercer año, los mellizos estaban en primero. Se conocían por jugar juntos en el equipo de rugby de la escuela. El gordo era pilar a partir de su peso, vehemencia y comprensión del juego, en tanto que Román y Lucio eran los wings de la escuadra. Veloces como el viento, ágiles como gacelas y sin nada que envidiarle a Beto en cuanto a personalidad. Ellos no arrugaban nunca. Era poco lo que compartían más allá del vestuario y los entrenamientos de entresemana. A esa edad, dos años pueden constituir una diferencia insalvable y generar un vacío que solía llenarse con actitudes negativas que iban desde la burla hasta la indiferencia. A veces los adolescentes son innecesariamente crueles.

Sus destinos se unieron durante algo tan cotidiano como un recreo. Román había dicho presente pie en el secundario ganándose a una chica de tercero. Ella lo había buscado y él no había hecho nada para impedirlo. De algunos histeriqueos en el patio habían pasado sin escalas a un anochecer pleno de manotazos y jadeos en un pallier anónimo de la calle Julián Alvarez. Todo iba bien para él, excepto por un detalle: La chica salía con uno de los bravucones de quinto, de esos que andaban siempre juntos y gustaban de martirizar a los más chicos. El pibe se enteró por comentarios. A esa edad los chismes de ese tipo corren como reguero de pólvora, y llegan indefectiblemente a los oídos menos indicados, agrandados y distorsionados. El novio despechado era un grandote rubio, con la cara llena de acné y pelo desordenado. Andaba siempre con otros tres que parecían cortados por la misma tijera. Un ejemplo escolar de producción en serie. En el manual de supervivencia del alumno secundario, estaban en el primer renglón del capítulo “Gente con la que no hay que meterse”. Román, sin saberlo, le había quitado el cascabel al gato. Y el gato se había despertado.

Un par de días después de los osados escarceos con aquella rubiecita hermosa de tetas firmes, Román estaba parado en el patio durante el recreo largo de las 11.00. Con su hombro apoyado contra una columna, conversaba con una compañera de su división prometiéndole el oro, el moro y las siete maravillas del mundo a cambio de un beso y algunas otras cosas. El grandulón salió de su aula y enfiló directo hasta donde la parejita estaba en la suya, ajena al mundo circundante. Algunos de los pibes más grandes percibieron el germen de una pelea y aún sin dejar de hacer lo que fuera que estaban haciendo, comenzaron a prestar atención a la escena. El rubio se detuvo a unos centímetros de Román y le clavó los ojos, desafiante. El mellizo supo de inmediato de qué venía la cosa, pero optó por hacerse el desentendido. De todos modos el silencio era más pesado que las palabras y el propio Román decidió romperlo con una pregunta pueril…

-Qué? Pasa algo?

-Pasa que Valeria es mi novia. Pasa que te la transaste, pendejo. Y pasa que te voy a romper la cabeza…
-Yo no sabía. Creo que tenés que hablar con ella, no conmigo…

El pibito era osado, eso era innegable, pero estaba caminando por una cornisa muy delgada. Con esas palabras dio por terminada unilateralmente la conversación y se volvió hacia su compañera dispuesto a seguir en lo que estaba un minuto antes. El divertido murmullo de los testigos ocasionales del intercambio impregnó el aire y la cara del grandote se tiñó de un rojo furioso. A su enojo inicial se sumaba ahora la humillación pública. No podía dejar que las cosas terminaran así y decidió hablar en el lenguaje que mejor conocía. Sin advertencia previa disparó su puño derecho, que fue a estrellarse como una bala de cañón en el oído izquierdo de Román, que cayó al suelo algo atontado, su oreja roja y un zumbido intenso que no cesaba en el interior de su cabeza. Mientras la chica gritaba y huía espantada, el grandote se arrodilló a su lado y golpeó una, dos, tres veces a Román en la cara. Su nariz y su boca comenzaron a sangrar. No era una buena pelea: La diferencia física no lo permitía. Aún así, el mellizo se revolvía sobre su espalda e insultaba a su agresor…

-Dale, pegame cornudo…Sí, estuve con tu novia, y qué?...Era hora de que alguien la atienda como corresponde…forro!!

Cuando el rubio se disponía a seguir remediando con golpes lo que su corto ingenio no podía solucionar, algo sólido lo impactó en la espalda haciéndolo caer de bruces. No fue un golpe violento, por lo que logró rehacerse de inmediato y ponerse de pie. Al darse vuelta pudo ver a Lucio blandiendo una silla de las que usaban en las aulas.

-Dejá tranquilo a mi hermano, hijo de puta…

Antes de que pudiera comprender del todo el dinámico escenario planteado, tres de los amigos del rubio le arrebataron la silla de las manos a Lucio y comenzaron a golpearlo. Uno le pagaba, mientras los otros dos lo sostenían. Cuatro muchachos corpulentos de diecisiete años contra dos de trece, de contextura pequeña. Y nadie se metía a separar. La atracción hipnótica de las peleas es irresistible para los jóvenes. Los preceptores y los curas brillaban por su ausencia…

Y entonces apareció Beto.

miércoles 22 de julio de 2009

2- Safari


Beto comenzó a trepar con dificultad. La cerca tenía poco más de dos metros, pero a él se le antojaba un Everest burlón dispuesto a desacreditarlo. Con la frente perlada de sudor y resollando sonoramente, llegó a la cúspide y pasó con vacilación su pierna derecha por sobre el paño de rejas. Luego hizo lo propio con la izquierda, y la inercia hizo el resto: El peso de su cuerpo fue demasiado para que sus brazos programaran un descenso controlado, y cayó del otro lado del vallado sin elegancia alguna, con su espalda sobre el camino de pedregullo rojo y sus dos piernas hacia el cielo. Estaba ileso, aunque herido en su orgullo. Daniel y los mellizos reían a carcajadas, mientras Beto los miraba con rencor infantil…

-Son boludos ustedes, eh! Se ríen de cualquier cosa!

El enfado del gordo sólo incrementó la risa de sus amigos, que siguió por varios segundos. La caída de Beto sería anécdota obligada en cada reunión por un buen tiempo, aunque él no se sumara a la diversión y se limitara a sacudirse el polvillo rojizo de la remera negra de manga larga que abultaba en exceso a la altura del abdomen.

Pasado el momento jocoso, Daniel se acercó al bolso y lo abrió con solemnidad, acuclillado en el suelo. Tomó del interior dos puntas de albañilería de extremos muy agudos. Luego volvió a introducir su mano en el bolso y sacó sendos tramos de metal de un grosor parecido: Las puntas y estas extensiones encajaban a la perfección. Lo que tenía ahora entre manos eran dos varas de un metro de largo, punzantes por demás. Se dirigió a los mellizos.

-Estas son para Ustedes…Está bien?

Fruncieron el ceño casi al unísono, una vez más como si se tratase de una imagen especular.

-No hay otra cosa? –preguntó Román por los dos. Sabía bien qué había que hacer, y hacerlo con aquellas varas no lo entusiasmaba en absoluto.

-Pueden agarrar piedras del suelo. Tienen miedo?-Ya asomaba en el rostro de Daniel ese rictus burlón que le gustaba utilizar y que ellos tanto odiaban. No le iban a dar el gusto. No esta vez.

-Las puntas están bien. Sólo preguntaba…

Román tomó una de aquellas piezas caseras y le extendió la otra a Lucio. Las blandieron a modo de prueba, calculando su peso y alcance. Parecían conformes, más allá del recelo inicial.

Daniel entonces sacó un bastón de madera de unos ocho centímetros de diámetro y cuarenta de longitud, de esos que usan los camioneros para controlar la presión de los neumáticos. A la altura de su mango, su grosor disminuía facilitando el agarre y contaba también con una pequeña lonja de cuero para ajustarlo a la muñeca. Se lo dio a Beto.

-Tomá, Bestia. Yo sé que a vos te gusta esto…

Beto sonrió, guiñó un ojo y se calzó la anilla de cuero en la muñeca derecha.

El bolso ya estaba casi vacío, excepto por unos hierros que se entrechocaban en el fondo de su boca negra con labios de cierre relámpago. Con movimientos cortos y la habilidad de quien sabe lo que está haciendo, comenzó a ensamblar diferentes piezas de lo que parecía ser un mecanismo único. En pocos instantes se develó la incógnita y una flamante ballesta refulgió en la noche. Daniel la miró con orgullo paternal y se dirigió a sus amigos, que no salían de su asombro…

- Les gusta?

- Hijo de puta! Está buenísima! De dónde la sacaste?

- Me la regaló mi viejo. La estuve probando el fin de semana en el terreno de las vías. Le pego a todo lo que le tiro.

- Y nosotros con esta mierda mientras vos tirás con esa belleza? –Beto fue el único que atinó a ensayar la tímida protesta.

- Viste? El mundo no es un lugar justo…

Con ese comentario Daniel dio por terminada la cuestión. Tenían cosas más importantes por delante. Consideró oportuno dar un par de indicaciones.

-Muchachos, vamos a tomar esto como lo que es: Un trabajo. Un tipo de acá adentro nos paga veinte mangos por gato. Hay que matarlos y sacarlos de aquí –mientras hablaba, les iba dando una bolsa de consorcio negra a cada uno de sus compañeros-. Hay un arreglo con la seguridad privada. Tenemos una hora sin que nadie nos moleste, pero si nos ve algún vecino, un patrullero o un boludo que pase por la calle, estamos por nuestra cuenta. Ellos van a negar todo y nos metemos en flor de quilombo. No sé Ustedes, pero yo me pienso divertir a lo grande.

Ni los mellizos ni Beto repreguntaron. Daniel había sido diáfanamente claro. Siempre lo era.

-Para ponerle más interés a la cosa: Cena y puta gratis para el que junte más gatos. Pagan los otros tres.

-Pero vos tenés la ballesta! –Como siempre era el bocón de Beto el que tenía un cuestionamiento a flor de labios.

-Está bien, está bien. Yo no participo. A fin de cuentas yo lo hago sólo por gusto.
Gente, nuestra hora empezó hace 5 minutos. Nos encontramos acá mismo a las tres. Vamos?

Salieron los cuatro trotando en diferentes direcciones, internándose en lanegrura arbolada del Botánico. Las siluetas de decenas de gatos se dibujaban sobre las superficies sembradas. El sitio estaba atestado. Los felinos se habían reproducido como conejos, convirtiéndose en plaga en un plazo relativamente corto.

En ese contexto los cuatro cazadores urbanos comenzaron su pequeño safari furtivo.

martes 21 de julio de 2009

1- Salto en alto

Eligieron atacar la reja a través de la placita de República Arabe Siria. Por Las Heras el tránsito era incesante y aún a esa hora de la madrugada pasaban incluso algunos colectivos. Sobre Santa Fe estaba la 23ª. No tenía sentido terminar presos por algo tan insignificante como entrar al Jardín Botánico de noche. Beto llevaba un bolso deportivo cerrado, que arrojó por encima del enrejado, cayendo del otro lado con un ruido metálico. Beto era el más fuerte de los cuatro. Era gordo. Demasiado para su metro setenta. El pelo enrulado y la mirada pícara. No era muy inteligente, pero iba al frente cuando había que poner el cuerpo y eso le valía el reconocimiento de sus compañeros. Tenía diecinueve años y era el mayor de los cuatro. Había terminado el secundario un año atrás y todavía no sabía a ciencia cierta qué hacer con su vida. Su padre trabajaba como encargado en un edificio de Salguero y Arenales. Su madre, un ama de casa gris y sin ambiciones, depresiva crónica e indiferente con un mundo que sentía de espaldas a ella. El día que terminó quinto año, su padre le planteó cuáles serían las condiciones de una convivencia familiar armónica…

-Te felicito, Beto. Ahora tenés que buscar laburo. Mi consejo es que vayas a la facultad, pero tenés que laburar y estudiar a la vez. El verdadero sacrificio empieza ahora para vos. Sé que vas a estar a la altura.

Pero no. Beto no pasó ni a dos cuadras de la facultad. No había caso. No le gustaba. Alquilaba un taxi y trabajaba unas horas durante el día. Nada demasiado sacrificado. No era cuestión de pelarse el lomo doce horas. De esta manera no se veía obligado a soportar la opresión de una oficina o una fábrica, mantenía conforme a su padre y juntaba algo de dinero para solventar sus gastos.

Luego de arrojar el bolso se dirigió a los demás.

-Vamos! Qué esperan? Apúrense que nos van a ver!

Los árboles de República Arabe Siria ocultaban sus movimientos a la eventual perspectiva de los edificios de la vereda opuesta, pero no era cuestión de confiarse. Igualmente ellos no planeaban un robo. Su incursión era más bien como una travesura, aunque esa palabra ya les estaba quedando chica: Los cuatro tenían entre 18 y 20 años. La época de las travesuras debería haber terminado para ellos, pero allí estaban. Un día de semana a las 2 de la mañana, trepando las rejas del botánico.

-Pará, gordo. Tranquilo. No te pongas nervioso. Está todo bajo control.

El que había hablado era Daniel. Por su fuerte personalidad, por su rapidez mental, por su frialdad en cualquier circunstancia, era el líder implícito de aquel grupo de amigos. Cuando había que decidir dónde ir o qué hacer, todos opinaban, pero era él quien tenía la última palabra. Si había que pelear. Si había que correr. Si había que guardarse. El los cuidaba y todos aceptaban que así era. Era Daniel. Y ninguno de los tres discutía a Daniel. Aunque Daniel fuese impredecible…y a veces diera la sensación de estar un poco loco.

En silencio y acompañando los movimientos de Beto y Daniel, estaban Lucio y Román. Eran hermanos mellizos, de esos que se parecen tanto como para confundirlos si no se los conoce bien. También tenían personalidades similares. Perfil bajo. Una tranquilidad que parecía imposible de quebrantar. Excepto cuando sentían que uno de los dos estaba en riesgo. Eso los transformaba. Era como si fuesen parte de un mismo organismo y lo que dañaba a uno repercutía irremediablemente en el otro. Si te metías con uno, lo hacías con ambos. Eran también los galanes del grupo. Tal vez su condición de mellizos ("no gemelos", se encargaban de aclarar cada vez que tenían oportunidad) fuera una especie de fetiche para las mujeres, pero el punto es que caían como moscas. Eran lindos pibes. Buenos físicos. Ojos brillantes. Un mechón de pelo lacio que les caía sobre la frente y sonrisa como para derretir un témpano. No. Conseguir mujeres no era un problema para ellos, lo que les valía la complicidad condescendiente de Daniel y el recelo nunca confesado de Beto, que destinaba buena parte de lo que ganaba con el taxi al sexo rentado en departamentos privados de cincuenta pesos.

Los mellizos eran por lejos los más ágiles, en oposición a la corpulencia fibrosa de Daniel o la obesidad descuidada de Beto. Daniel les hizo un gesto, dándoles al fin la indicación que esperaban.

-Vamos chicos, rápido.

Román tomó carrera y de un salto se encaramó firmemente en la parte superior de la reja, comenzando a empujar con sus pies que encontraban apoyo en el cuerpo labrado de la valla. Lucio lo siguió de cerca. Se movían de la misma manera. Era surrealista tanta identificación, tanto parecido entre dos personas.

En pocos segundos estuvieron dentro del predio. Tomaron el bolso que Beto había arrojado y velozmente buscaron cobijo entre las sombras de los frondosos árboles.

Daniel y Beto se miraron con algo de duda. A Daniel le gustaban los fierros. Se mataba todos los días en el gimnasio de Guemes y Julián Alvarez, que había sabido ser un sitio selecto, pero merced al avance de las cadenas de megagimnasios se había transformado en un antro de olor rancio y paredes húmedas.
“Mejor –decía- Es un gimnasio de machos, no como esos otros que están llenos de putos…”
Daniel era bastante intolerante, y coqueteaba con ideas filonazis aún sin haber tocado un libro de historia. El punto era que había sabido cultivar una musculatura importante, aunque como contrapartida sus movimientos fueran algo torpes y lentos.

-Vas a poder solo? –Le dijo a Beto con una sonrisa socarrona en el rostro. El gordo recogió el guante.

-Claro que voy a poder. Saltá de una vez, dale…

Daniel asintió y con una corta carrera saltó sobre el vallado, que se sacudió con violencia como si lo hubieran aporreado con un poste de luz. Con notoria lentitud, pero con la innegable fortaleza de sus brazos, superó el obstáculo con éxito, reuniéndose con los mellizos unos metros más allá. Desde allí, con vos atenuada, los tres muchachos comenzaron a alentar a Beto ayudándose con ademanes.

-Dale, Gordo…Saltá!

Se va la segunda...

Karlo fue una linda experiencia para mí. Una novela corta o cuento largo, según se lo mire, que fue saliendo solo, a veces desafiando toda planificación. Parecía que el texto tenía vida propia, ya que comenzaba a escribir con una idea y la cosa se disparaba caprichosamente. Pero estoy conforme con el resultado. Lo imprimí, lo anillé y está rotando entre mis amigos. No creo que tenga una calidad que justifique el esfuerzo y el gasto de registrarlo y publicarlo ("Publique su libro! 50 ejemplares $ 1200", dice un cartel en el subte B). Pero no. No da.
De todas maneras cuando en 2007 empecé con esto de los blogs, fue como una terapia barata. Y cumplió con creces su objetivo. Ahora la cosa mutó y escribir ficción, inventar historias, es lo que les da resuello a las voces en mi cabeza.
Y voy a seguir, ya que sigue siendo barato...
Comienza un nuevo intento. La historia de 4 amigos de clase media pauperizada que viven en Palermo (conozco bien la geografía y me voy a aprovechar de eso) y no saben bien qué hacer con sus vidas. Buscan adrenalina y la encuentran de un modo bastante peculiar.
Tengo el germen en mente y sé cómo empieza, pero como dije antes, no tengo idea de cómo va a terminar...

martes 14 de julio de 2009

74- Epílogo en 4 actos

I

Casi dos meses después de la misteriosa desaparición de Giuliano, un cura joven fue designado para reemplazarlo en la tarea de llevar adelante la vieja Iglesia del vecindario. El orfanato siguió funcionando fogoneado por el ímpetu de los chicos más grandes, que conocían la verdad en cuanto al valeroso sacrificio de su protector: Las malas noticias viajaban rápido. Eso nunca cambiaría. El nuevo sacerdote tenía ideas interesantes, coraje y era un alma solidaria. Se las había apañado para lograr que la obra no muriese. Que el orfanato siguiera siendo lo que era gracias a la energía y el enorme corazón de Giuliano, aunque el dinero seguía siendo un problema. El número de chicos se redujo. Aumentaron las aves de paso. Venían, comían, pasaban la noche…y volvían a las calles. La desazón comenzaba a invadir espíritus y minar resistencias. Quizás lo mejor fuera cambiar para no morir, aceptar padrinazgos políticos, o simplemente cerrar el orfanato. Giuliano había uno solo. Era su obra, y si Dios decidía que debía extinguirse encadenada a su recuerdo, no habría más remedio que aceptarlo con cristiana resignación.

Pero finalmente llegó la carta. Un sobre convencional, con una simple estampilla de correo y sin remitente. Estaba dirigida al flamante cura. Uno de los chicos se la llevó, junto a dos o tres cuentas de servicios. Al padre le llamó la atención de inmediato y abrió el sobre rompiéndolo por el centro, sin preocuparse en ser prolijo. Sobre un papel blanco y correctamente centradas, unas pocas líneas se encargaban de transmitir el mensaje.

Padre:

Estuve observándolo durante un tiempo prudencial y llegué a la conclusión de que se puede confiar en Usted. En el buzón de las ofrendas podrá hallar la llave de una caja de seguridad, junto a una tarjeta que indica todos los datos que necesita para llegar a ella.
Hay suficiente dinero allí para mantener el orfanato funcionando un largo tiempo, sin apremios de ninguna índole. Espero que sea justo y prudente. Yo voy a estar cerca, sin estarlo, asegurándome de que todo está bien. Es lo que Giuliano deseaba y honrar su recuerdo es una prioridad para mí. Cuento con Usted.

La nota no estaba firmada. Y tampoco hacía falta.
El cura se dirigió al buzón de ofrendas y encontró una llave dorada con un papel adherido a ella con cinta adhesiva. Los datos eran claros y concretos.

Parece que finalmente Dios había atendido a sus ruegos, enviando a su arcángel más valeroso a ayudar a quienes más lo necesitaban.



II

En una zona de quintas, a no menos de diez kilómetros de ripio de la ruta más cercana, Melanie cuidaba un huerto con impensable habilidad. Había descubierto que en plena revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, volver a cultivar la tierra para el consumo propio era una opción absolutamente válida. También criaba algunas gallinas y a unos cien metros de una casa más que sencilla pero confortable, pastaban mansamente dos vacas lecheras, cerca del sitio donde habían sido enterradas las cenizas del cura a quien Karlo le debía más que la vida.

Compartía aquella casa con el hombre que le había devuelto la esperanza y a casi un año de la tarde de pesadilla vivida en la mansión de Mónaco, habían descubierto que eran almas gemelas. Cada uno ahuyentaba los demonios del otro como un mono despioja a su cría. Habían encontrado la paz lejos de la ciudad. La parte del dinero que conservaron luego de la masacre, había sido suficiente para comprar a buen precio una casita en el medio de la nada, con un par de hectáreas bien aprovechadas, y dos camionetas de trabajo. Usadas, pero confiables. Karlo había conservado su Falcon. Algo lo unía a ese auto como si tuvieran la misma sangre. El orfanato se había llevado el resto, y así debía ser.

Ella se encargaba de las tareas rurales. Se autoabastecían y vendían el excedente. Era suficiente para vivir y aún quedaban algunas reservas desde tiempos de Magenta. El dinero no era un inconveniente, al menos de momento. Tal vez en siete meses, cuando el incipiente embarazo de Melanie llegara a buen término y el pequeño Giuliano naciera, sería necesario replantear las finanzas de la familia.

Ahora estaba quitando la maleza de entre las plantas de tomates. Se incorporó y limpió sus manos en las perneras de sus pantalones. Suficiente por un día. Se daría una ducha y prepararía la cena.

Estaba oscureciendo, y Karlo pronto regresaría del trabajo…


III


La policía tuvo que esforzarse para obtener algún testimonio que permitiera esclarecer lo sucedido en la mansión de Mónaco. Cuando un grupo de sus hombres se encontró con la escena del crimen, dieron aviso a la policía simplemente para no verse comprometidos, apoderándose antes de los tres kilos de cocaína que asomaban de la caja fuerte más apetecibles que panes recién horneados. El saldo de aquella faena había sido impresionante: Tres matones muertos. Dos de ellos con el cuello rebanado y el restante con un golpe en la garganta que le había hundido la tráquea matándolo por asfixia. Un proxeneta destrozado a golpes. Un gigante de más de dos metros con una extraña y sanguinaria herida punzante que comenzaba en su boca y culminaba en su nuca. Ningún arma. Un hombre pequeño con su mandíbula quebrada en tres partes…y el propio Mónaco, el titiritero que manejaba por lejos el mayor volumen de los negocios ilegales de la ciudad, cuadripléjico, con su columna vertebral hecha trizas quién sabe con qué elemento cortante.

Los diarios hablaban de un ajuste de cuentas. Nadie iba a extrañar a ninguno de los muertos y tal vez por eso la investigación policial fue pobre y superficial.

Cuando meses después Paco pudo hablar, mencionó que la mansión fue atacada por un grupo comando que los redujo con fines de robo, mientras disfrutaban de una reunión entre amigos. Dijo que había sido un hecho extremadamente traumático para él y que no recordaba más que eso. El fiscal no insistió. La declaración de esta rata con más antecedentes que Bonnie and Clyde era un mero formulismo sobre el que no guardaba ninguna expectativa optimista. Estaba claro que mentía, pero ¿A quién le importaba?

Mónaco, por su parte, era una planta. Orinaba por una sonda y tenía un ano contra natura. Su mirada estaba fija en un punto y no había vuelto a hablar desde aquella tarde. Dejó de comer y al momento de comparecer ante el juez había bajado treinta kilos. Se dejó constancia en el expediente de su estado y se desistió de su testimonio.

Murió una semana después, llagado y desnutrido.

Como para demostrar que las casualidades no existen, ese mismo día se cerró la investigación de lo que los medios dieron en llamar “La masacre fantasma”.

IV

Había ganado las internas de su partido y era un serio candidato a la presidencia de la Nación. Todas las encuestas lo mostraban diez puntos arriba del segundo. Tenía un carisma envidiable, una inteligencia privilegiada y un grupo de operadores que no negociaban con el diablo: Este se negaba a hacerlo porque les tenía miedo.

La campaña estaba en la cresta de la ola. Llegando a la cima para encarar el sprint final en una rampa que lo catapultaría al poder, algo para lo que estaba predestinado.

Esta popularidad, como una moneda de dos caras, le había generado numerosos enemigos. El escapaba a los blindajes o los ejércitos personales. No era su estilo. El amaba el contacto con la gente, sonreír, abrazar, exhibirse. Estaba hecho para eso. Era su destino y nada podría interponerse entre él y el éxito.

Su discurso había sido brillante. Multitudinario. Ni siquiera había hecho falta echar mano al aparato: El apoyo masivo era espontáneo. Terminó de hablar y bajó del palco, entre un mar de brazos que pugnaban por tocarlo al menos y tener una anécdota para contarles a los nietos.

Entre todas esas manos, un cutter. Un simple cutter de cuerpo plástico y hoja plateada. El artículo de librería que no superaba los 3 pesos, sería el arma que acabara con la vida del hombre que encarnaba la esperanza de millones de ciudadanos. Un joven de barba, con campera militar. Tal vez un ex combatiente, un admirador del Che Guevara. A lo mejor un loquito anónimo o bien un asesino a sueldo que buscaba hacer su trabajo confundido en la multitud. El cutter, sin dudas ni temblores, buscó el cuello del candidato de la gente.


Entonces una mano misteriosa asió la muñeca del agresor y la giró como la perilla de una hornalla de cocina. Los pequeños huesos se rompieron al instante y el cutter cayó al suelo. La misma mano proverbial en un movimiento repentino introdujo el dedo pulgar en un ojo del joven, que se llevó al rostro la mano sana, retirándola con un pequeño resto de sangre.

Mientras el agresor permanecía quieto, completamente fuera de combate, la multitud siguió la marcha del político hasta que subió al Audi junto a su jefe de campaña. El hombre que le había salvado la vida, vestido de jean y camisa para confundirse con el entorno, subió a un auto promedio junto a otros dos hombres de aspecto similar. Nadie los hubiera podido identificar como personal de seguridad. La imagen del “candidato popular que no teme a su pueblo” estaba a salvo, y él estaba protegido por profesionales tan eficientes como discretos. Comenzaron a seguir al candidato a distancia prudencial. El custodio había cumplido con su trabajo, matando dos pájaros de un tiro. Había resuelto en menos de un segundo un atentado más que peligroso y nadie se había percatado de ello. O mejor dicho casi nadie. El candidato, como si tuviera ojos en la nuca y demostrando una capacidad de percepción poco común, había leído la situación y la había comprendido en su total magnitud. Había estado en real peligro.

Mientras el Audi se alejaba raudamente del sitio del acto, el candidato y su principal operador conversaban sobre lo sucedido.

-¿Quién es el nuevo custodio, el de la cicatriz en la cara? ¿De dónde lo sacaste? Es bueno. Muy bueno.

Molina sonrió. También había visto lo sucedido, aunque no estaba sorprendido en absoluto.

-Ya lo creo que lo es. Digamos que lo encontré en los clasificados.

-Ja! Vos siempre haciéndote el misterioso! Quiero a ese tipo cerca…¿Podés decirme al menos cómo se llama?

-Karlo…

-Karlo qué?

-Karlo. Sólo Karlo.

Y no dijo más…




73- Final del juego

Karlo tomó a su enemigo íntimo por el cuello, a la altura de la nuca, y comenzó a caminar por el despacho llevándolo a un sitio determinado. Mónaco avanzó a trompicones sin entender muy bien lo que sucedía. Ambos hombres se desplazaron hasta un sector alejado del recinto y se detuvieron frente al cuadro de los perros fumando y jugando al billar. Karlo reveló sus intenciones, que Mónaco finalmente había podido intuir.

-Abrila. Rápido…

-Que abra qué? –replicó Mónaco con fingido desconcierto.

Karlo golpeó con la palma de su mano el dorso de la cabeza de Mónaco. Una palmada leve, de advertencia, como la que se podría propinar a un chico…

-La caja fuerte detrás del cuadro. No te hagas el tonto.

Resignado, Mónaco descolgó el cuadro revelando la existencia de una portezuela metálica gris, con la clásica rueda numerada para introducir la combinación. Comenzó a manipular el artilugio con un notorio temblor en las manos. Karlo tenía la punta de su cuchillo apoyada en el riñón de su ex jefe, generándose por la presión un punto rojo que comenzaba a hidratarse lentamente…

-Al final no sos más que un vulgar ladrón.

Karlo repitió la palmada en la nuca, esta vez con más fuerza.

-No es para mí, bocón. Esto va a servir para reparar mínimamente algo del daño que hiciste. Creéme que toda la plata del mundo no alcanza ni para empezar.

-Estoy nervioso…no puedo poner la combinación con vos ahí…con ese cuchillo

Karlo retrocedió unos centímetros y separó su puñal del cuerpo de Mónaco.

-Dale, trabajá tranquilo. Igualmente no te vas a ir a ningún lado.

Como si sus manos hubieran recobrado una agilidad proverbial, Mónaco incrementó la velocidad y precisión de sus movimientos. En pocos segundos la puerta cedió y exhibió obscenamente numerosos fajos de billetes. Karlo estiró su mano hasta una pequeña mesa apoyada contra la pared, sobre la cual un Buda de terracota sobre un mantel de encaje era testigo inmutable de los acontecimientos. Tomó el mantel por un extremo y tiró de él. El Buda estalló contra el suelo en un despliegue desordenado de añicos. La cabeza cayó de lado y osciló perezosa hasta detenerse por completo. Karlo estiró la pieza de tela sobre la alfombra y dio una indicación tan escueta como clara.

-Poné todo en el mantel.

Mónaco comenzó a retirar los fajos sin prisa y a arrojarlos tal como Karlo se lo ordenara. Los ladrillos de dinero comenzaban a apilarse. Había una pequeña fortuna en esa caja. Mónaco era a su modo un tipo anticuado y no confiaba en los bancos. Aquel pequeño tesoro enclavado en la pared era su versión del colchón de la abuela. Un colchón bien provisto, por cierto.

La mano de Mónaco se movió velozmente. Fue como el ataque de una yarará. Los dedos del mafioso sintieron el contacto frío del metal al tomar el primer fajo de billetes y a partir de ese momento el contorno de la pistola 22 que guardaba junto al dinero se delineó en su cerebro, presentándose como una salida de emergencia, un regalo del cielo, una posibilidad para salir bien librado de aquella pesadilla de pronóstico nefasto para él. Se requería valor. Y él pondría en ese movimiento todo el que le quedaba. Esperaba que fuera suficiente.

Todo ocurrió muy rápido. Karlo percibió una tensión repentina en la espalda de Mónaco y eso fue lo que le salvó la vida. Mónaco estiró su brazo hacia Karlo, la pequeña pistola como mascarón de proa de aquel barco con destino mortal. El diminuto ojo negro soltó su lágrima incandescente, que buscó ávida un destino tibio, con la firme intención de dañar. Karlo llegó a ladear apenas el cuerpo. Fueron unos pocos centímetros, aunque suficientes para que el proyectil debiera conformarse con arar un surco profundo en su mejilla izquierda. La sangre brotó con generosidad y resbaló por su mejilla, hasta saltar al vacío en forma de gotas desde aquella quijada varonil.

Karlo reaccionó de inmediato. Su mano derecha se elevó y el puñal dibujó en el aire un movimiento descendente. Cayó a pique con su filo dispuesto a cortar. El tajo se produjo a la altura del pulgar de Mónaco, que quedó unido la mano sólo por la falange. La pistola, un segundo antes arma mortal, se precipitó al suelo convertida en un trozo de acero inútil.

Sin prestar la menor atención a su herida, Karlo tomó a Mónaco por detrás, asiendo con fuerza el cuello de su bata. Lo impulsó hacia adelante de modo que su mejilla quedó soldada a la pared. El golpe lo hizo soltar el aire con un bufido agudo. Con el pecho oprimido, sacudía los brazos espasmódicamente como si fueran dos anguilas fuera del agua.

Con una frialdad difícil de emparentar con aquel contexto de extrema tensión, Karlo golpeó a Mónaco dos veces con las púas de su empuñadura, la primera en el centro de la espalda, la segunda en el cuello, apenas bajo el nacimiento de su cabellera platinada. Los pequeños conos de metal desgarraron piel y tejido. Sin dejar de presionar, Karlo giró la muñeca a un lado y recibió el eco de un sonido cartilaginoso. Pequeñas heridas sangrantes se adivinaban bajo la tela sedosa de la bata. Y entonces el cuchillo hendió. La hoja penetró no más de tres centímetros. Fue una estocada quirúrgica, literalmente. Karlo sabía dónde. Y sabía cómo.

Mónaco cayó y quedó tendido con la mirada fija en el techo. Su boca se torció hacia la izquierda en una mueca payasesca e intentó decir algo, pero sólo emitió un gruñido ininteligible. Estaba vivo, pero paralizado sin remedio desde cuello hasta los pies.

-Hace un par de minutos me pediste que no te mate…Cumplí. Espero que estés satisfecho.

Caminó hasta la caja fuerte y terminó de volcar el contenido sobre el mantel. También había droga en buena cantidad. Karlo la dejó donde estaba. Ató las cuatro puntas de la tela e improvisó un envoltorio rudimentario, pero lo suficientemente práctico para la ocasión.

Se acercó a Melanie y luego de quitarle la capucha, cortó sus ataduras con el puñal. La chica contempló la escena dantesca desplegada a su alrededor y se llevó las manos a la boca, horrorizada. Había muertos y sangre por todas partes. Comprendió que debían abandonar el lugar cuanto antes.

Desde el principio, Karlo había planeado rescatar a Melanie y huir con ella en su afán de protegerla. Pero estaba asumiendo que ella estaría de acuerdo con ese plan…¿Acaso ella no estaría pensando en Karlo como un asesino peligroso? ¿Un loco sin remedio, del que más vale mantenerse alejado? Apelaría al libre albedrío de la chica. Se dirigió a ella intentando hablarle con toda la suavidad de la que era capaz.

-Melanie, estás bien? –Karlo le apartó el pelo del rostro con una mano. Los ojos de la chica estaban inundados de lágrimas.

-Si…Creo que si.

-Debemos irnos. Te aconsejo huir lo más lejos que puedas. Empezar de nuevo y olvidar todo esto. –señaló el cuerpo de Indigo con su barbilla ensangrentada- Ese no te va a molestar más. Tomá. Con esto vas a poder establecerte, y buscar una nueva vida…-extendió un fajo de billetes de cien dólares. Era mucho dinero.

Ella no dijo nada. Tomó un extremo del faldón de su remera y tiró con fuerza. La tela se desgarró, obteniendo una lonja generosa. Su ombligo quedó al descubierto. Aún en esas circunstancias, era una mujer muy sensual. Melanie dobló la franja de tela hasta dejarla del tamaño de su palma, y comenzó a limpiar la sangre del rostro de Karlo, que respondió al contacto con un respingo. Aún su adrenalina no había bajado del todo.

-Karlo, me quiero ir con vos…

Karlo la escuchó, respiró hondo y se tomó un instante para responderle. Procuró elegir con cuidado cada palabra. La miró a los ojos, y esta vez había ternura en ellos.

-Soy un hombre muerto caminando. Un cadáver viviente. Permanecer a mi lado sería condenarte a la misma suerte. Toda mi vida caminé por el infierno y aprendí a hacerlo sin quemarme. Y eso no es lo que vos merecés. Estoy maldito, Melanie…

Ella lo abrazó, interrumpiendo aquel discurso autocompasivo que no la convencería ni en un millón de años. Karlo era un hombre de verdad, y ella había logrado ver su lado sensible debajo de aquella coraza de acero.

-Creo que voy a arriesgarme de todos modos, Karlo. Vámonos…

El ya no replicó, limitándose a bajar la vista y asentir con la cabeza. La ayudó a levantarse y tomó el bulto con el dinero. Caminaron hasta el sitio donde se hallaba el cadáver de Giuliano. Karlo se hincó de rodillas y con una delicadeza extrema lo cargó sobre un hombro. De ningún modo iba a dejarlo allí, en medio de aquella destrucción decadente, muerto entre un hato de delincuentes muertos, como si todo fuera igual cuando en realidad era tan diferente. Hubiera sido un insulto a su memoria, y Karlo no iba a permitirlo...

lunes 13 de julio de 2009

72- Irreversible


Indigo tenía el rostro perlado por gruesas gotas de sudor, al tiempo que su nariz rota se había hinchado como un tubérculo de contornos irregulares. En el límite de sus fuerzas, al borde del desmayo y con un fragmento de su tibia fracturada asomando en forma grotesca a través del grueso pantalón de jean, logró empuñar tímidamente su Glock y con pulso vacilante dirigió la boca del cañón hacia el sacerdote.

Giuliano estaba afirmado con su pie izquierdo al frente y el derecho por detrás, las piernas ligeramente flexionadas. El caño de su escopeta era una ventana circular, pequeña y oscura, que amenazaba con tragarse a Mónaco y digerirlo sin prisa. Pasaje de ida a un infierno largamente merecido. El cura olvidó a Indigo y ese error le costaría la vida. El Señor obra de maneras misteriosas y a veces somete a sus hijos más fieles a un desamparo difícil de comprender y asimilar.

La Glock tronó y la bala devoró los escasos cinco metros que la separaban de Giuliano con avidez animal: Un insecto de punta hueca que se estrelló contra el abdomen firme del cura como si fuera un globo de agua turbia, anidando en su estómago y decretando el principio del fin para él. Era una herida mala. Y él lo supo desde el principio.

Karlo giró sobresaltado por el disparo y la comprensión lo azotó con la fuerza de un huracán. Por un instante fue presa de una inmovilidad impotente, los ojos abiertos como platos irrigados por capilares muy rojos…

-Dale, héroe…quiero ver cómo lo salvás a él…-Increíblemente y a pesar del dolor demencial, Indigo sonreía.

Presa de una furia irracional, Karlo emprendió una corta carrera y pateó a Indigo a la altura del oído derecho con la puntera de acero de su borceguí militar. El cráneo cedió hacia adentro como una botella plástica vacía. Un golpe letal que acabó con Indigo y sus miserias.

Karlo se arrodilló y casi gateando se acercó al sitio donde Giuliano agonizaba. El cura respiraba con dificultad y la sangre ya teñía una buena porción de la sucia alfombra anaranjada que tapizaba el piso del despacho. Buscó detener la hemorragia con torpeza, y no encontró la forma. Intentó transmitirle una serenidad improbable.

-Tranquilo, Padre. Todo va a estar bien…

-Karlo…los chicos…por favor…-Su boca se llenó de sangre, que comenzó a desbordar por sus comisuras-…cuidalos…

-Usted mismo va a poder hacerlo. Aguante. No me deje Usted también, por favor…-Un llanto casi infantil desencajó su rostro. El costado más vulnerable de Karlo se abría paso a través del terreno espinoso de su ira. Otra pérdida terminal pesaría sobre su corazón. ¿podría soportarlo?

-Mantenete…con vida…tu trabajo todavía…no termina…

Y su llama se apagó.

Karlo tenía sus manos impregnadas con la sangre de Giuliano. Las levantó como si estuviese en trance y las observó por un par de segundos. Luego se puso de pie como un autómata y caminó con lentitud hasta el cadáver de Alexis. Tomó la empuñadura de su cuchillo y lo retiró de un tirón, apoyando su pie derecho sobre el pecho inerte del gigante derrotado. El puñal curvo volvió a ver la luz a través de una fina película carmesí.

Mónaco comprendió que su suerte estaba echada y corrió hacia una puerta lateral que comunicaba el despacho con las otras dependencias de la mansión. Luego de accionar el picaporte con ansiedad, recordó que él mismo le había echado llave ante la posibilidad de que Karlo ingresara por allí. Maldijo entre dientes y jugó su última carta; un movimiento por demás osado…

Tomó un cortapapeles dorado de su escritorio y se abalanzó sobre Melanie. En el esfuerzo, su bata de raso se desabrochó, exhibiendo por debajo un slip atigrado por sobre el cual se desplegaba un abdomen falto de ejercicio y afecto a los hidratos de carbono y la cerveza. Apoyó la punta filosa del cortapapeles a la altura de la axila izquierda de Melanie, quien todavía llevaba puesta la remera de Karlo que vestía cuando la secuestraron. La chica gimió acongojada debajo de su capucha negra. Ya recuperada de su letargo y ciega bajo aquel lienzo oscuro, había seguido las acciones como si se tratara de un radioteatro. Su imaginación llenaba los espacios vedados a sus ojos, lo que en cierto modo aumentaba su desesperación a partir del ingrediente de una amarga incertidumbre.

-Si te acercás, la mato…

Karlo se limitó a mirarlo. Y sólo pronunció una palabra. No era un pedido. No era una súplica. Era una orden, lisa y llanamente.

-Soltala…

Mónaco evaluó rápidamente la situación: Había tres posibilidades. La primera era que Karlo cediera a sus presiones y se rindiera. La loca mirada de aquel asesino por naturaleza le decía que ya había atravesado esos límites; de hecho la persona que más le importaba en el mundo acababa de morir en sus brazos. La segunda era matar a la chica…y morir un segundo después sin defensa posible. La tercera era capitular, y concentrar sus vestigios de esperanza en la magnanimidad de Karlo…

Arrojó el cortapapeles a un costado y apoyó su espalda contra la pared más cercana…

-Por favor, no me mates…

Karlo avanzó hacia él. Finalmente estarían cara a cara sin intermediarios.

Y arreglarían sus cuentas pendientes de una vez por todas.

domingo 12 de julio de 2009

71- Un giro inesperado

Karlo y Alexis se impulsaron hacia delante casi a la vez: Dos misiles que impactaron uno contra otro en el punto promedio de sus trayectorias, gruñendo como animales salvajes. Confundidos en un abrazo hostil, comenzaron a rodar por la habitación destrozando en su travesía desordenada cada pieza de aquel mobiliario ordinario (un beneficio adicional, por cierto)…

Con las manos temblorosas y con la sutileza de un cebú en una cena de gala, Mónaco abrió el cajón derecho de su escritorio y revolvió impaciente su interior. Finalmente halló lo que buscaba: Una pistola cromada que relucía bajo la luz amarillenta de unas dicroicas mal orientadas que herían la vista.

-Ni lo pienses, Mónaco…Tirala para este lado. La quiero en el suelo, cerca de mis pies. Ahora.

Giuliano había calzado la culata de su escopeta en el hombro derecho. Enfundado en una camisa negra abierta hasta el segundo botón, Giuliano desmentía con su semblante fiero su condición de religioso. Su pulso lucía firme. Sus palabras, más aún. No le faltaban motivos para dispararle, y Mónaco lo sabía.
Arrojó el arma del modo en que el cura le había indicado.

-Hijo de puta…¿Sabés que no vas a salir vivo de acá, no?

-Dios tiene un plan para cada uno de nosotros. Y el mío, hoy y ahora, es estar apuntándole al pecho con esta escopeta para proteger a Karlo. Dígame, Mónaco…¿Cuál es el plan que Dios tiene para Usted? No me obligue a descubrir que es simplemente morir como un perro enfundado en esa espantosa bata de raso. Quédese quieto, y ya veremos quién vive y quién muere al final.

Mientras tanto, Karlo combatía cuerpo a cuerpo con el gigante que se erigía como el escollo más difícil entre él y Mónaco. Alexis había planteado el pleito a mano limpia. Karlo tenía su cuchillo curvo y su pistola, pero había optado por no utilizarlos en primera instancia. Había tomado su incursión a la mansión de Mónaco como el final de un largo camino. Tal vez su última batalla. Era un cruzado en pos de una causa sagrada. Un pecador buscando su expiación. Giuliano era su garantía. El círculo debía cerrarse y eso iba a ocurrir en aquel despacho. En manos de Dios, Karlo no iba a utilizar trucos ni jugar sucio: Si lo atacaban sin armas, él respetaría el valor de su adversario. Lucharía en el terreno por él propuesto. Pero aún respetando esos términos, no tendría piedad…

El empellón de Alexis no lo tomó por sorpresa, pero de algún modo subestimó la potencia del peso de su oponente lanzado en velocidad. Ambos cayeron pesadamente varios metros más allá del choque inicial. En un instante Karlo estaba de espaldas en el suelo, con el antebrazo de Alexis presionando su garganta. Era fuerte. Fuerte de verdad.

Karlo comenzó a golpear con su mano derecha sobre las costillas de Alexis. Era como aporrear una bolsa de arena mojada. No se percibían partes blandas en el costado de aquella mole. Repentizó. Improvisó. Y cambió la estrategia. Ahora usó la mano izquierda, cuando su vista comenzaba a nublarse por la falta de aire. Si no conseguía resultados rápidos, se desmayaría. Y tal vez no volviese a despertar.

Golpeó con su puño izquierdo a la altura del hígado. Esta vez percibió un quejido sordo de Alexis, al tiempo que sus músculos se relajaban un tanto. Le había dolido. Repitió el golpe con mayor energía. La presión sobre su cuello aflojó. Los libros no mentían: Se trata de un dolor eléctrico e insoportable. El hígado es traicionero. Y todos tienen uno, sin importar su tamaño ni musculatura.

Revolviéndose como un gato, salió de su posición comprometida y se puso de pie. Alexis hizo lo mismo, aunque jadeaba sonoramente y no podía permanecer del todo erguido.

Fue entonces cuando Alexis tomó una decisión equivocada. De una funda que pendía de la parte posterior de su cinturón, extrajo un enorme cuchillo de monte. Sonriendo con suficiencia, lo empuñó con su mano derecha y alardeó cortando el aire horizontalmente frente de sí: un zumbido poco amigable, que presagiaba consecuencias graves, de esas que no tienen retorno.

-Parece que ahora vamos a jugar en serio…

La mano derecha de Karlo se encontró con un viejo amigo, que se amoldó a su transpirada línea de vida como susurrando “…por qué tardaste tanto?...”
Presionó con fuerza aquella empuñadura. Su contacto provocaba en Karlo una evocación instantánea de Nicole. Aquel cuchillo de sádico diseño que había segado la vida de su gran amor, se había impregnado al hacerlo de su esencia, de modo que al emplearlo Karlo sentía su presencia. Ella combatía a su lado, y lo haría hasta el final.

Karlo sonrió y entrecerró los ojos. El costado demente de Karlo comenzaba a romper el cascarón después de mucho tiempo. Por un instante pasaron por su mente el Indio, Mamani, Magenta y el claro, Nicole, sus padres…Se volvió y sus ojos se clavaron en los de Giuliano. Y lo que vio en ellos fue como un baño tibio luego de una jornada agotadora: Vio amor. Probablemente aquel cura había sido la persona que más lo había querido. Giuliano, sin dejar de apuntarle a Mónaco, simplemente asintió con la cabeza. Había que hacer lo que había que hacer. “…Karlo, tenés que mantenerte con vida…”

Los ojos de Karlo se volvieron lentamente hacia Alexis y se clavaron más allá de los suyos: Intentaba alcanzar su cerebro. Adivinar sus movimientos. Alexis hizo un gesto imperceptible. Fueron sólo unos milímetros en los músculos de su rostro. Karlo vio la duda, el miedo, en ese gesto y antes de dar su primer paso, supo que había ganado…

-Juguemos, entonces…-Dijo Karlo y con una rapidez mortal tomó su puñal por la hoja y lo lanzó con violencia. El arma giró en el aire con la velocidad de un parpadeo. La hoja penetró por la boca entreabierta de Alexis, desgarrando los labios superior e inferior hasta la nariz y la barbilla respectivamente. El gigante permaneció un segundo en pie, con la extraña empuñadura asomando por su boca entre rojos borbotones desprolijos. Sus ojos primero convergieron de modo chistoso: La foto de su último instante de vida lo encontraría bizco y desorientado por el horror, la sorpresa y la súbita certeza de que todo había acabado para él. Cayó pesadamente sobre su espalda y permaneció acostado en cruz, ya sin vida.

Karlo volvió la vista hacia Mónaco. Ya faltaba poco y el tiempo apremiaba. El resto de los hombres de quien era su jefe hasta su tácita renuncia podía regresar en cualquier momento. No debían seguir allí cuando eso ocurriera. Parecía increíble, pero no habían pasado más de diez minutos desde su poco ortodoxa irrupción. Finalmente avanzó hacia el escritorio.

-Terminemos con esto de una vez, Mónaco…

Se generó un silencio tenso, aunque no duraría mucho: El sonido seco de un disparo desgarró el ambiente como si fuese de cartón. Una mancha carmesí apareció en el estómago de Giuliano. Una isla de contornos caprichosos que se agrandaba con pasmosa velocidad.

Y el cura se desplomó.

jueves 9 de julio de 2009

70- Un viejo-nuevo enemigo...

Desde el momento en que Karlo se llevó a Melanie del cuarto en que estaba llevando un pequeño festejo personal, Indigo había estado acumulando furia mientras intentaba soportar el tremendo dolor de la rehabilitación. El daño en su rodilla había sido extremo. Todo lo que se podía atrofiar, estaba atrofiado. El cuchillo de Karlo era sin dudas un arma peligrosamente eficiente, y multiplicaba su poder cuando era manipulada por un experto. Y Karlo lo era: Había hendido, cortado y presionado en los lugares adecuados. Era un hecho que Indigo sería un inválido el resto de su vida.

En cuanto a su boca, todos los dientes del frente se habían partido, quedando sólo algunos restos radiculares que asomaban de sus encías ennegrecidas como fragmentos de una taza rota. Más allá de sus dientes y su rodilla, era su labio superior el que había llevado la peor parte: Iba a ser necesaria más de una cirugía estética para que luciese de un modo que no obligara a apartar la vista al observarlo.

Pero al menos estaba vivo. Vivo para soportar los dolores de los tratamientos a fuerza de morfina –Indigo amaba la morfina. Había generado una adicción sin marcha atrás. Una entre otras…- Y vivo para vengarse.

Culpaba a Mónaco por lo sucedido en su calidad de “autor intelectual”, ya que todos sus esfuerzos para conseguir información sobre Karlo habían fracasado. Era un fantasma. Nadie lo había visto. Nadie sabía de él. Sólo sabía que trabajaba para aquel hombre con el que disputaba parte de su territorio. Cuando te dedicabas a los negocios sucios, los límites nunca están claros. En ningún sentido.

Iría a la guerra con Mónaco. Estaba preparando su estrategia y lo atacaría con todo lo que tenía. Moriría gente.

Pero recibió un llamado. No reconoció el teléfono de procedencia que se instaló en la pantalla de su celular. Atendió de todos modos y la voz del otro lado le resultaba familiar, aunque no la identificó de inmediato.

-Indigo?

-Quién habla?

-Soy Mónaco. Tengo una propuesta que posiblemente nos sirva a los dos.

-Estoy escuchando…

-Tengo a la chica. Te la voy a entregar como un gesto, una disculpa. Karlo se me fue de las manos. También te lo voy a entregar a él, aunque en algunos puntos es un misterio hasta para mí. Quiero que hablemos de negocios, y lleguemos a un acuerdo. De verdad lamento lo sucedido.

-La chica, Karlo, mi barrio…y tal vez debamos hablar de alguna compensación. Tu gorila me causó un perjuicio enorme.

-Ya hablaremos. Es un buen momento para negociar. Te espero en mi casa, en cuanto puedas. Quiero que te lleves a la chica. Tal vez tengamos visitas pronto.

-Karlo?

-Me temo que sí. Nos vamos a encargar de él. No te preocupes.

-Preocuparme? Ya voy para allá! Quiero matarlo con mis propias manos!

Mónaco hizo un breve silencio del otro lado de la línea (se estaba riendo?)

-Cómo quieras. Vení. Aquí te espero.
En hombres de esa calaña, unas pocas palabras eran suficientes para entenderse.

Menos de dos horas después, Indigo yacía en el centro del despacho de Mónaco. Su pierna buena ahora tenía una fractura expuesta a la altura de la tibia y su nariz era una canilla por la que brotaba un arroyuelo de sangre muy roja que no disminuía su caudal con el paso de los minutos. Al borde de la inconsciencia, seguía los movimientos de Karlo como si se tratara de una película en cámara lenta. Y sin sonido.

Vio a Karlo apartar de su camino a Paco como si fuera un niño. Vio a Alexis, que se preparaba a jugar la carta de sus dos metros y 120 kilos convencido de que sería la llave de la victoria. Vio a Mónaco, inmóvil detrás de su escritorio sin saber muy bien cómo reaccionar ante una situación que se había alejado diametralmente de sus planes iniciales, unos planes que implicaban en todo momento un manejo sencillo de aquella situación que ahora ponía en riesgo su propia vida. Vio a Melanie atada y encapuchada sobre un colchón mugroso, moviéndose lentamente, como si despertara de un largo letargo. Y vio a Giuliano, atento a las acciones, empuñando una vieja escopeta que se veía extraña en sus manos y que difícilmente supiera utilizar.

Todos se habían olvidado del viejo Indigo y su pierna fracturada. El viejo Indigo del labio sin cicatrizar y la nariz rota, que mordía su lengua hasta lastimarla para no gritar del dolor…

El viejo Indigo y su Glock 9 mm, que merced a un esfuerzo titánico de su cuerpo maltratado había llegado desde el bolsillo de su parca a su trémula mano derecha.

Y el viejo Indigo, por un instante, se sintió Dios.

69- Superando filtros

Karlo avanzó hacia el escritorio de Mónaco con paso decidido. Su pistola aún reposaba ansiosa en su cintura, latiendo como con vida propia. El manejaba las armas de fuego como un labrador su azada, pero prefería no hacerlo. Consideraba más nobles las armas blancas y sus propias manos. Mónaco y sus hombres se miraron entre sí. Paco comprendió que había sido tácitamente designado para ser el primer filtro. Se paró y se interpuso ante el avance de aquel hombre que lo había humillado una y otra vez. Alguien a quien odiaba profundamente y temía en la misma proporción. Karlo detuvo su corta marcha y ambos quedaron frente al frente. La coronilla de Paco llegaba al esternón de Karlo. La postal era risueña, y el pequeño rufián transpiraba como un cerdo aterrado. Impostó la voz rogando que su timbre sonara firme y no se trabara. Usualmente los nervios lo hacían tartamudear.

-Ya…Ya escuchaste al Señor Mónaco. Lo…lo mejor es que se vayan. No hagan las cosas más difíciles…

-Te avisé que no te metas conmigo y no me escuchaste. Invadiste mi casa. Estuviste merodeando entre mis cosas como la cucaracha que sos. Lastimaste a alguien que me importa. Enano de mierda, creo que es momento de que aprendas algunas cosas sobre el respeto…

Paco metió la mano bajo el faldón de su saco y extrajo un 357 cromado. El cañón era ridículamente largo y el arma lucía desproporcionada en su mano. El peso del revólver aplicó una pátina de valentía sobre el semblante de Paco.

-Cuando yo hablo y no se me escucha, él habla por mí. Andate o acá se termina la historia para vos…

Karlo simplemente estiró su mano derecha y arrebató el arma de la mano de Paco. Fue un movimiento corto, absolutamente natural. En una fracción de segundo el revólver estaba en poder de Karlo, mientras los ojos de Paco amenazaban con eyectarse de sus cuencas ante la sorpresa. Era una prueba más de que no había equivalencias entre ambos. Karlo arrojó el arma lejos con desdén y aplicó una bofetada sonora en la mejilla de Paco, que enrojeció al instante. Ahora también tenía la boca entreabierta, lo que le confería un aire idiota. Karlo repitió el cachetazo en la otra mejilla. La cara de Paco iba de un lado a otro como un péndulo, sin que atinara a protegerse…

-Tenés algo más que decirme o puedo terminar con vos y ocuparme de lo que en realidad importa?

-Qué…qué me vas a hacer? –Paco ahora sollozaba. Era la voz de un chico al que el bravucón del curso le roba el almuerzo y le da una paliza sólo por el gusto de hacerlo.

-Decí buenas noches…-Dijo Karlo y proyectó su codo derecho hacia adelante, en un movimiento semicircular seco. El golpe fue directo a la barbilla de Paco. Su mandíbula crujió espantosamente: Estaba quebrada como si hubiese sido de barquillo. El pequeño cayó fulminado. Iba a dormir por un buen rato.

Giuliano observaba la escena con atención, involucrado, movilizado. Cuando Karlo había ido a verlo al orfanato para contarle lo sucedido con Melanie, nada pudo impedir que acompañara a su hijo espiritual en una cruzada que bien podría ser la última para él.
El cura había desempolvado su vieja Ithaca y había marchado a la guerra junto a Karlo, que tímidamente se había opuesto pero en realidad había concurrido a ver a la única persona en quien confiaba. Había cedido en su omnipotencia. Había pedido ayuda…y eso era bueno para él. De todas maneras Giuliano era un hombre de Dios, y no derramaría sangre a menos que fuera en una circunstancia extrema. Pero todo indicaba que aquella tarde ese tipo de circunstancias serían la norma, antes que la excepción.

Karlo dio un paso largo y pasó por encima de un paco desparramado de manera poco elegante. Clavó entonces sus ojos en Alexis, quien recogió el guante sosteniéndole la mirada. El gigante ya no sonreía. Karlo extendió una mano e hizo un claro ademán de invitación con sus dedos…

- Vení, grandote. Creo que te toca a vos.

martes 7 de julio de 2009

68- Sentando posiciones


El primero en reaccionar fue Alexis, que sin borrar la sonrisa estúpida de su rostro se levantó despacio de su silla, desplegando verticalmente sus dos metros de altura. Cualquiera que presenciara la escena apostaría lo que no tenía a manos del gigante. A su lado, la corpulencia de Karlo no era tal. Pero a juzgar por su rostro impertérrito eso no parecía importarle en lo más mínimo.

Alexis dio dos pasos, mientras Karlo adelantaba su pie derecho para afirmarse y soportar la inminente embestida de su oponente.

-No…-Dijo Mónaco- Vamos a hablar.

El gigante hizo un gesto de fastidio y volvió sobre sus pasos. Se sentó donde estaba cuando Karlo irrumpió de manera poco ortodoxa y se quedó allí mirando al suelo. Era como un chico de físico extraordinariamente desarrollado y cerebro de 8 años.

- Qué nos pasó, Karlo? Cómo llegamos aquí?

- A veces las cosas no suceden como uno las planea…y hay que hacerse cargo. Estar a la altura.

- Me traicionaste…Sos consciente de eso?

- Hice lo que debía hacer. Y Usted no iba a entenderlo…-Con esa afirmación, Karlo llevaba la conversación a una superficie de hielo quebradizo. A Mónaco no le gustaba ese tono, esos términos. Karlo lo sabía. Y ya no le importaba. Ya había visto a Melanie acostada en el mugroso colchón, a escasos metros de la escena. Estaba inmóvil. Más le valía a Mónaco que siguiera con vida.

- Ahá…así que yo no iba a entenderlo…y entonces me mentiste. Bueno, está claro que no fue una buena idea. Yo logro lo que me propongo. Siempre. ¿De verdad pensaste que ibas a poder contra mí?

- Como yo lo veo, creo que tengo buenas chances. Hay tres muertos en su vestíbulo que lo demuestran. Y a ellos se van a sumar estos dos payasos, a menos que podamos llegar a un acuerdo…

Paco estaba blanco como un papel. Hubiera deseado estar durmiendo en un nido de cobras antes que sentado en aquella silla, a merced de aquella máquina de matar. Alexis, sin embargo, seguía sonriendo. Su tamaño y fortaleza lo hacían sentir invulnerable. Karlo iba a tener que esmerarse para salir bien librado de una pelea cuerpo a cuerpo con aquel hombretón.

- Sólo para divertirme un rato…decime qué tenés en mente?

- Me voy con la chica. Usted no vuelve a saber de mí. Y acá no pasó nada…

- Ya veo. Y si no acepto?

- Fácil. Los mato a todos, incluido Usted, y me voy con la chica de todos modos.

- Y pensás que vos solo vas a poder con todos? –Mónaco intentaba adoptar un tono sarcástico, pero no lograba disimular que estaba muerto de miedo. Sabía de lo que Karlo era capaz.

- No estoy solo. Nunca lo estuve…

Por detrás de Karlo, asomando lentamente por la misma puerta que anunciaba el principio del fin, hizo su entrada Giuliano con una escopeta cruzada frente al pecho.
El cura habló en tono solemne:

- Alguien tiene que ponerle límites. No puede ser que siempre se salga con la suya. Que arruine todo lo que toca. Basta, Mónaco. Deje ir a la chica y evitemos más sangre.

Se produjo un instante de silencio que pareció durar una vida. Mónaco pensaba y asentía imperceptiblemente con la cabeza.

- Voy a hacerles una contraoferta que no podrán rechazar…

Estaba enojado, asustado, indignado. Se sentía desafiado en su propio terreno. Karlo había matado como moscas a sus tres mejores hombres y encima la diferencia numérica dejaba de ser significativa con la presencia de Giuliano. El resto de sus hombres estaba fuera, encargándose de cosas que ahora le parecían triviales. Era en su despacho donde se dirimían cosas importantes en ese mismo instante. Sin estar del todo convencido, decidió seguir hasta el final en su papel. La moneda estaba en el aire y ya no había forma de detenerla. Cara o ceca. Vida o muerte…

- Karlo, si te vas ahora mismo por donde viniste, voy a pensar en la posibilidad de hacerte matar rápido y sin sufrimiento en vez de mantenerte vivo y torturarte hasta que se me duerman las manos del cansancio. Y a Usted, Padre, si tira esa escopeta de mierda al suelo y desaparece como un rayo, me comprometo a buscarlo y simplemente matarlo, sin prenderle fuego a ese juntadero de villeros que llama Orfanato con todos los negritos adentro. ¿Qué les parece?

Karlo apretó los puños e inclinó levemente la cabeza, proyectando sobre sus ojos una sombra siniestra.

- Mónaco, vamos a ver de qué estás hecho…

Y se desató el infierno.

sábado 4 de julio de 2009

67- El principio del fin


Mónaco estaba en su despacho, tras su enorme escritorio. Estaba relajado y lucía satisfecho como si hubiera terminado de degustar un banquete regado con buen vino. Frente a él, Paco y Alexis ocupaban sendos sillones, mientras Melanie yacía acostada en un colchón dispuesto en la pared más alejada del despacho. Estaba atada de pies y manos con gruesa cinta de embalar, su cabeza tapada con una bolsa de tela negra. La habían narcotizado convenientemente y dormía como un ángel.

Mónaco y sus esbirros hablaban de la situación que tenían entre manos. Mónaco sentía que tenía la sartén por el mando, que llevaba el liderazgo en ese juego potencialmente peligroso, ya que era el propio Karlo quien estaba del otro lado del tablero. Se trataba simplemente de una cuestión de principios, de orgullo mal entendido, de territorios demarcados. Karlo le había ocasionado un problema cuando se llevó a Melanie de aquel hotel de mala muerte. Después le había mentido con descaro y había sostenido en el tiempo esa mentira. Definitivamente las cosas no podían quedar así. Mónaco había decidido hacer cirugía mayor y perderle el respeto por Karlo. Un respeto que se había sabido ganar a partir de su eficiencia y sangre fría, pero más aún por el miedo que transmitía su mirada helada, su parsimonia engañosa, que dejaba entrever una actitud de cobra erguida a punto de acometer. Una lista interminable de rumores precedía a Karlo. Y todos coincidían en algo: No te metas con él. Mónaco había elegido creer más en el poder de fuego de su pequeño feudo que en la leyenda de un hombre que estaba de vuelta, un mito destinado a extinguirse lentamente hasta ser olvidado. Ahora Melanie estaba en su poder y había pactado con Indigo de acuerdo a sus propios códigos oscuros: Se la iba a entregar como una ofrenda, un pedido formal de disculpas por el comportamiento salvaje de su emisario. Ella no la iba a pasar bien, pero ese no era ya su problema. Su preocupación actual era Karlo, que iba a venir por la chica. E iba a venir incluso por él…

- No va a venir, Jefe –dijo Paco- Incluso creo que no vamos a saber más de él. Va a entender el mensaje y se va a guardar por un tiempo.

Mónaco sonrió con desgano, desestimando en ese gesto aquello que Paco sostenía.

- No lo conocés. Va a venir. Y va a estar enojado. Por eso lo vamos a estar esperando. Ustedes se van a quedar acá, conmigo. Lo más probable es que Karlo no llegue hasta mi despacho. Para eso gasto fortunas en seguridad. Pero tratándose de él no hay que descartar nada…

- Con todo respeto, Señor…No estaremos exagerando un poco? A fin de cuentas es nada más que un hombre…

La actitud de Paco, que siempre había temido y envidiado a Karlo, comenzaba a fastidiar a Mónaco.

- Paco, vos sabés por qué yo estoy sentado de este lado del escritorio y vos ahí, haciendo lo que yo digo y dispuesto a chuparme las medias en cada ocasión que se te presenta? Porque yo estoy acá para pensar, sacar conclusiones y establecer estrategias…Así que no hables boludeces y preparate, que si Karlo viene y sabe que vos hiciste el trabajito de la chica te va a cortar como a un churrasco antes de que digas buen día…

-Si, Jefe. Disculpe –El verdadero Paco, el pusilánime y obsecuente, afloró una vez más y desde ese momento permaneció en silencio. Alexis presenciaba la escena con una sonrisa idiota tatuada en aquel rostro de pocas luces.

-Indigo está en camino. No me gusta que esa chica esté acá. Quiero que se la lleve de una vez. Cuando Karlo aparezca, y créanme que lo hará, prefiero que ella no esté en el medio…

No terminaba de pronunciar estas palabras cuando la puerta del despacho pareció estallar al abrirse en un festín de astillas y permaneció flameando como una bandera en la ventisca. Mónaco y sus hombres estaban atónitos, sin comprender lo que estaba sucediendo. En medio del recinto yacía como un bulto desordenado la humanidad de Indigo. Su cuerpo aparentemente había impactado contra la puerta, con un impulso tal que había provocado la destrucción el picaporte, atravesando el quicio como si en vez de una sólida hoja de madera sólo hubiera existido una cortina de seda. Indigo estaba semiinconsciente y se quejaba en un tono apenas audible. Su pierna derecha aún ostentaba una férula ortopédica, recuerdo de su último encuentro con Karlo. Su boca también hablaba de aquella tarde: decía que le faltaban varios dientes y le sobraba un labio superior deformado de por vida…

El marco vacío de la puerta se llenó de pronto con una silueta de notoria corpulencia. Una presencia que permitía completar la escena y deducir que Indigo había sido usado como proyectil humano, como ariete, para abrir aquella puerta. Karlo dio un paso al frente y la luz amarillenta de una araña tan cursi como el resto del despacho, iluminó un rostro que estremecería al propio Satán y su legión de demonios.

- Mónaco, creo que Usted y yo tenemos que hablar…

Y avanzó hacia el escritorio con una lentitud que helaba la sangre.

miércoles 1 de julio de 2009

66- Sin nada que perder

Los recuerdos estaban devorando a Karlo desde adentro, royéndolo todo, dejándolo vacío y repleto de ecos amargos. Sentado en la soledad del pequeño departamento que había cobrado vida en cierta manera con la llegada inesperada de Melanie, la dolorosa evocación de la muerte de Nicole podía ser tomada como un mensaje de su subconsciente. Melanie no era su pareja. Ni siquiera era su amiga. Era simplemente su oportunidad de redención. Dios la había puesto en su camino para reivindicarse ante sí, ante su propia historia. Para ahuyentar fantasmas sarcásticos y persistentes. Para desechar la paradoja del guerrero invencible que no puede cuidar a las pocas personas que le importan.
Y había fallado una vez más. Se la habían arrebatado de sus narices con una facilidad asombrosa. Tal vez se estaría poniendo viejo. Achanchado. Oxidado…

Cuando años atrás buscó respuestas, fue tras Molina, tras Miranda…Pero Magenta se había esfumado en el aire. Karlo pudo comprobar que había sido un engranaje más en una maquinaria maquiavélica. Uno pequeño. Nunca pudo descubrir si Mamani actuó por su cuenta, a partir de su demencia y rencor, o si había sido el instrumento de una venganza, de un ajuste de cuentas mafioso del tipo “Nadie nos abandona y vive tranquilo hasta que muere de viejo mientras duerme. Las cosas no funcionan así.” De uno u otro modo, habían destruido su vida una vez más. Y una vez más había vuelto a empezar.

Podía permitir que la historia se repitiera? De ninguna manera. Dejaría hasta la última gota de sangre con tal de evitarlo. Estaba decidido.

Intuía el escenario que se le presentaba como límite y esta vez iría hasta el hueso. Ya no le importaban las consecuencias. Estaba cansado. Realmente exhausto. Tal vez era el momento de tomar sus últimas fichas y jugarle al “0”. No va más. Gana la banca. Y a dejar de sufrir de una vez por todas.

Se puso de pie y caminó con lentitud hasta el sillón. Accionó la trampilla y sus armas quedaron a la vista. Sin pensarlo demasiado, tomó su pistola automática y la calzó en su cintura, distribuyendo cuatro cargadores completos entre sus ropas. También agarró aquel cuchillo especial que cierta mañana al calor de unas llamas persistentes, había arrebatado de la mano inerte de Mamani cuando aún la hoja estaba manchada con su sangre y la de Nicole. Era todo un símbolo.

Sin importarle en absoluto que la puerta de su departamento aún estuviera arrancada del marco, abandonó el lugar con prisa decidida. Otra vez el tiempo estaba jugando en su contra. Otra siniestra regularidad recurrente a la que su vida parecía no poder escapar.

viernes 12 de junio de 2009

64- Intimo

El primer beso llegó sin avisar. Los sorprendió dentro del Falcon de Karlo, una tarde de invierno, bajo una lluvia pertinaz. El hablaba sobre Magenta. Explicaba algún tecnicismo que a Nicole dejó de importarle desde que Karlo comenzó el relato. De hecho hacía rato que la historia había pasado a segundo plano para ella. Una tarde le había bastado para que todo cerrara: Pudo comprobar que sus sospechas, sus indicios, sus datos iban en el camino correcto. Su trabajo de tanto tiempo había sido más que satisfactorio y se sintió reconfortada al confirmarlo. Sólo que el modo en que había llegado a la verdad absoluta tenía un ingrediente que jamás había estado en sus planes: Karlo.

Veía a ese hombre como una conjunción surrealista de máquina de matar sin sentimientos y niño ingenuo necesitado de afecto. Y aquel juicio primario era bastante acertado. Karlo había quemado etapas en medio de un maremagnum de situaciones a cual más traumática. Tal vez el rasgo visible de sus cicatrices emocionales, fuera esa vulnerabilidad que proyectaba cuando hablaba con ella, con entusiasmo renovado y ojos limpios, tan diferentes de aquellos dos huecos sin fondo que había exhibido durante su primer –y tenso- encuentro en el que había estado a punto de matarla, sólo porque “…así se lo habían ordenado y así debía ser…”. Nicole creía que en realidad nunca había estado en peligro. Que Karlo nunca le hubiera hecho daño. De algún modo era mejor para todos que ella siguiera pensando de ese modo, aunque estuviera equivocada como un palestino en una sinagoga.

Karlo hablaba y ella no podía dejar de mirar su boca. Ya no escuchaba lo que él decía. Estaba entregada a la fascinación del timbre varonil y sereno de su voz. Los ademanes sutiles y medidos de sus manos firmes, para reforzar el relato. Y la lluvia, repiqueteando con insistencia en el techo de aquel auto pasado de moda pero con una gran personalidad. Como su dueño. Definitivamente le pasaban cosas con aquel hombre.

De pronto inclinó su cuerpo hacia adelante y su torso sobrevoló la palanca de cambios con la tensión de un bombardero sobre terreno hostil. Fundió sus labios con los de Karlo, que en un primer momento se sorprendió, pero tardó un parpadeo en responder a aquel beso. Las bocas abiertas. Los ojos cerrados, y la lluvia que seguía insistiendo, cada vez más ignorada.

Nicole sintió como las fuertes palmas de Karlo recorrían su espalda y le agradó aquel contacto. Llevada por la inercia de un cuerpo que comenzaba a calentar como una máquina industrial, reptó hacia él y se montó en su regazo, las piernas abiertas, el volante clavándosele en la espalda, sin que le importara en absoluto.

De pronto Karlo tomó la cara de Nicole con ambas manos a la altura de las mejillas y la separó de sí con toda la delicadeza que la situación permitía. Por un par de segundos los rostros de ambos quedaron frente a frente, a pocos centímetros, mirándose a los ojos. Jadeaban como perros sedientos.

-No. Así no. Quiero que sea diferente. Quiero que sea como lo imaginé…

Karlo había logrado una nueva hazaña: detener en seco un tren en marcha a todo vapor. Los frenos estaban al rojo vivo, a punto de estallar, pero lo había logrado. Nicole estaba transpirada, con el pelo pegado a las mejillas y con un ligero temblor ansioso en sus piernas. Apreció el gesto de Karlo, aunque lo maldijera desde su entrepierna húmeda como una medialuna almibarada.

-Y decime…Cómo lo imaginaste?

-Especial. Sin urgencias. Con toda la suavidad del mundo. No quiero tener sexo con vos: Te quiero amar. Podés entenderme?

-Claro que puedo…-dijo, y lo besó suavemente en los labios-. Me llevás a casa?

Karlo sonrió, y sin decir nada puso el auto en marcha el poderoso motor, cuyo rugido llegaba como un ronroneo cómplice desde más allá del parabrisas empañado.


65- Infierno


Un año entero había pasado desde que Karlo diera el paso trascendental de abandonar Magenta y saltar a un vacío incierto. Nicole había sido desde el principio su cable a tierra, su puente con el mundo. De un modo natural había nacido entre ellos un sentimiento intenso y limpio. Se habían enamorado perdidamente, y desde hacía meses vivían juntos en la casa de ella.

Karlo consiguió trabajo en la construcción. Mano de obra barata sin documentos ni preguntas, y por ende, sin impuestos. Todos felices, incluso Karlo y sus manos callosas. Un trabajo digno, sin sangre, cuchillos ni balas. Tampoco había vuelto a saber de Magenta. No se sentía observado ni acosado. A fin de cuentas Molina había tenido un gesto. Había reconocido su entrega, su sacrificio, y le había dado su chance de andar otro camino.

Los recaudos de Karlo se habían distendido, aunque lejos estaban de desaparecer. Acudían a su mente cada día de su nueva vida las palabras de Molina durante aquel último encuentro en el claro: “…Vos sabías las reglas desde el principio. Y que era un contrato sin vencimiento…”

Relajarse era un lujo que Karlo no podía permitirse. No obstante, el giro que había dado su vida le proporcionaba una sensación que bien podía definirse como felicidad. Miraba hacia atrás y no recordaba nada como aquello. Ese sentimiento de confort, de caricia tibia por las mañanas, de paz por las noches. Llegar extenuado del trabajo y ser recibido con un beso y una cena caliente, hablar de temas triviales en la sobremesa y dormirse abrazado a la mujer que amaba.

Karlo fue feliz durante ese año eterno. Pero es un axioma ineludible que en la vida lo bueno no dura mucho.

La peor tragedia se desencadenó un mes después, durante una mañana fría de junio. Karlo salió de la casa que compartía con Nicole cuando el reloj aún no había marcado las 06.00. Besó en la frente a su compañera, quien se arrebujó entre las sábanas. Era de noche todavía y Karlo caminaba con las manos en los bolsillos de la campera, echando pequeñas nubes de vapor a cada exhalación. Recorrió el largo pasillo del PH hasta la calle y antes de salir frenó en seco frunciendo el ceño con una mezcla de disgusto y preocupación. Algo no andaba bien. Tal vez un ruido, una sombra. Posiblemente un reflejo o quizás su puro instinto. Pero definitivamente había algo diferente en aquella postal de madrugada. Algo inquietante y peligroso.

Karlo giró sobre sus talones y devoró a la carrera los treinta metros que lo separaban del departamento. Con algo de torpeza buscó en el manojo de llaves y encontró la correcta. Abrió la puerta y la sangre se le congeló en las venas ante el panorama que se dibujó ante sus ojos.

Se trataba de una vivienda sencilla, aunque acogedora. Una estancia central que hacía las veces de comedor y desde allí, a la vieja usanza, podía accederse a la cocina, el baño y el único dormitorio de la casa. Karlo estaba bajo el marco de la puerta, con su mano aún en el picaporte, casi blanca por la presión inconsciente que ejercía. Frente a él, saliendo del dormitorio en el cuál pocos minutos antes se había despedido de Nicole, pudo verlo…

-Sabía que volverías. Era imposible que no lo percibieras…

El hombre moreno que se había filtrado en su casa silenciosamente, como una peste en un medio ambiente propicio, traía un bidón pendiendo de su mano derecha. Un fluido de un azul intenso se alborotaba en su interior. A sus espaldas, un reflejo anaranjado comenzaba a danzar en el dormitorio. A danzar y a crecer. Posiblemente Nicole aún dormía. El pecho de Karlo era un fuelle que se inflaba y desinflaba con irregularidad alarmante.

-Mamani…

Era un viejo conocido al final de cuentas. Bolivia había descollado desde un principio en Magenta. Por personalidad, sangre fría y capacidad de combate se había ganado un lugar preferencial, hasta que la aparición de Karlo en escena lo había postergado. Luego de aquella derrota humillante en el claro, sus acciones habían descendido verticalmente. Pasó a ser “…el pibe al que Karlo le había perdonado la vida…”, algo que Bolivia nunca pudo asimilar. No obstante ese detalle no menor, ese estigma que representó una bomba nuclear para su autoestima, en la faz operativa siguió siendo el Señor Mamani. También trabajaba solo. Y nunca fallaba. Pero su cerebro no estaba tan blindado como el de Karlo, y Magenta le estaba pasando las facturas del caso: En sus ojos se adivinaba el brillo corrosivo de la demencia. Molina lo sabía. Siempre lo había sabido. Pero acaso no había que estar algo loco para hacer lo que ellos hacían?

-Es increíble lo rápido que prende la nafta en los acolchados de poliéster…

-Hijo de puta…¿Qué hiciste?

-Te voy a recordar las reglas. Son sencillas. Tal vez vos no las recuerdes. Yo nunca las pude olvidar…-Una sonrisa triste y sin dientes, casi una mueca, apareció en su rostro trigueño- Detrás de mí, tu habitación en llamas. Para llegar hasta ella sólo tenés que superar un escollo: Yo. Te aconsejo que te apures, el tiempo vuela…

Antes de que Bolivia terminara de hablar, Karlo se abalanzó sobre él. Rápido de reflejos, Mamami soltó el bidón y mostró su otra mano, que hasta ese momento ocultaba detrás de su cuerpo. Un cuchillo curvo, con su empuñadura contorneada de filosas púas, relució al calor de las llamas cada vez más intensas. Ese mismo puñal artesanal que años después saciaría su sed de sangre abrevando en la humanidad de Indigo en un hotelucho de Constitución. Ahora el calor salía por la entrada de la habitación como si brotase de las entrañas humeantes del demonio.

Ambos hombres cayeron abrazados al suelo reeditando un duelo que ya había cumplido una década. El cuchillo cortó el bíceps derecho de Karlo como si fuera un pan de manteca, a pesar del grosor de la campera aviadora que vestía. Los rostros de ambos hombres habían quedado a pocos centímetros, jadeantes por la intensidad del forcejeo. Karlo no había perdido el tiempo. Ya descansaba entre su índice y anular derechos el puñal de combate que llevaba sin excepción entre el cinturón y la tela del pantalón. El corte de su brazo era profundo. Las dos bordes de la herida bailaban acompasadamente, escupiendo mucha sangre. Demasiada, tal vez, si la lucha se prolongaba. Karlo debía hacer su jugada pronto. No se escuchaban los gritos de Nicole. ¿Cómo era posible que no se hubiera despertado con semejante alboroto?

Mamani volvió a atacar. Esta vez su cuchillo embistió de punta su parrilla costal derecha. Karlo intuyó la estocada e inclinó convenientemente su cuerpo. Gracias a eso la incisión fue superficial. Y de pronto vio su oportunidad.

Bajó su mano verticalmente, y su pequeño puñal se introdujo en la ingle de Bolivia. Se hundió en la base del pene hasta que la hoja desapareció por completo. Entonces Karlo giró su mano con violencia, presionando hacia la izquierda: el corte fue limpio y horizontal. No menos de veinte centímetros por los que comenzaron a drenar los tejidos internos de su oponente, cuyo cuerpo se relajó con un gemido mezcla de horror y sorpresa.

Karlo, sangrando como un animal herido, se incorporó y corrió al dormitorio. Ojalá aún estuviera a tiempo. Las llamas ya lamían la parte superior de las paredes y en algunos sectores alcanzaban el cielorraso. Escuchó a sus espaldas las últimas palabras de Mamani. Sólo un estertor, como una letanía…

-No te gastes…La maté antes de prenderle fuego…Estaba dormida…Ni se enteró…

-Nooo…Nooo…-Karlo gritaba, suplicaba, lloraba. Todo a la vez. Era una postal de desesperación de máxima pureza.

Entre las llamas alcanzaba a verse sobre la cama el cuerpo incandescente de Nicole. Aquel bulto inerte era lo único que quedaba de la mujer que había sido su primer, su único, gran amor.

domingo 7 de junio de 2009

63- Historia de vida

Una de las condiciones que Magenta le había impuesto a Karlo, era no establecer lazos afectivos con ninguna persona. Eso presuponía una situación de vulnerabilidad no deseada, un flanco débil. Esa circunstancia convertía a los integrantes del grupo en entes asociales. Alienados. Aislados emocionalmente. Magenta les proporcionaba vivienda y sustento, al tiempo que depositaba un pago determinado como incentivo ante cada misión. En torno a cada elemento, había un círculo de seguridad de tres o cuatro hombres. Agentes de inteligencia que aparentaban ser simples vecinos, pero su misión era velar por el equilibrio del integrante en cuestión. Informar desvíos, detectar situaciones irregulares y de un modo más vago, protegerlo. Aunque claramente ninguno de los integrantes de Magenta necesitaba esa protección. Se trataba más bien de proteger al mundo de ellos, y no a la inversa.

Así había vivido Karlo durante la última década. Monitoreado entre misión y misión como si fuera un presidiario a cielo abierto. Si mantenía alguna conversación con alguien por un tiempo prolongado, si veía a la misma persona más de una vez, si visitaba algún sitio al que no había ido antes, sus superiores se enteraban y debía justificar cada segundo, cada palabra. Por “sus superiores”, debe entenderse simplemente “Molina”. La estructura de Magenta era heterogénea y él sólo tenía el referente que necesitaba. Para Karlo, la cara de Magenta era Molina, ya sea cuando integraba un grupo de tareas o bien cuando comenzó a operar solo. El odio acendrado que había generado por el Líder durante la odisea interminable de su reclutamiento, se había transformado en una confianza cautelosa. Molina trabajaba bien. Nunca lo había enviado a una misión con información errónea o imprecisa. La inteligencia era impecable y eso le había ayudado a mantenerse con vida. Respetaba profesionalmente a Molina, pero tenía sus reservas en cuanto a sus condiciones personales: Alguien capaz de montar la puesta en escena del “claro” no podía estar del todo en sus cabales. Karlo se propuso no olvidar aquellos días. Y de hecho nunca lo hizo.

Todo el contacto que Karlo había tenido con el sexo opuesto, se había limitado a algunos escarceos en su oscura etapa de chico de la calle, inmerso en un ambiente de promiscuidad absoluta. En su paso por el Orfanato, su sexualidad había permanecido aletargada, como si su espíritu torturado por tanto sufrimiento prematuro hubiera decidido depurarse en una isla de virtual santidad. En los últimos años, Molina había estado en ese detalle…y se encargaba de que Karlo recibiera periódicamente agradables “visitas” femeninas. El no preguntaba y lo tomaba como lo que era: un desahogo para su libido, pero Karlo nunca había sabido lo que era amar a una mujer.

Ahora Karlo había dado un paso decisivo. Magenta comenzaba a ser parte de su pasado, aunque un cordón umbilical del grosor de un cable de alta tensión lo siguiera uniendo al proyecto tal vez de por vida. Era un hecho que las cosas no quedarían así. Magenta iría tras sus pasos, y debía estar listo para ello. A fin de cuentas no sería tan fácil relajarse. Se trataba de un círculo vicioso. Si bien ya no soportaría el aislamiento asfixiante de Magenta, se había condenado a pasar el resto de su existencia mirando por sobre su hombro o buscando francotiradores en terrazas estratégicas.

Karlo se mantuvo en contacto con Nicole. Y vaya si lo hizo...

Fiel a su plan original, comenzó a contactarse semanalmente con ella. Luego los encuentros fueron más frecuentes. Y Karlo, como una Scherezada de casi un metro noventa, se dedicó a contarle su vida a Nicole. No era un hombre locuaz, pero era inteligente y supo darle a su relato un dinamismo que le confería un valor agregado a un contenido de por sí fascinante.

Los encuentros estaban al principio rodeados por una serie de medidas de seguridad casi paranoicas enarboladas por Karlo. Aparecía sin previo aviso y la abordaba en lugares inesperados. Y desde allí partían siempre hacia algún lugar diferente. Campo abierto, depósitos abandonados, dársenas portuarias…parecía que cada metro había sido chequeado, y de hecho era así. Rara vez una tercera persona hubiera salido en la foto. Karlo no era un improvisado.

Le contó su vida en capítulos, ordenadamente. Y ella escuchaba con atención voraz. A menudo las lágrimas acudían al rostro de la chica. ¿Cuánto sufrimiento podía soportar un corazón? Karlo tenía suerte de estar vivo y mantener aquel equilibrio espiritual que exhibía en su mirada triste y en sus movimientos parsimoniosos. Pero ¿Qué tan entero estaba? Necesariamente tendría que haber cicatrices, más o menos profundas. Pero estaba claro que su cerebro no estaba hecho papilla. Demostraba una lucidez llamativa y sus reacciones corteses, medidas. Si la psiquis de aquel hombre estaba mellada, no había nada en sus formas que así lo hiciera suponer. Aunque tal en ello radicaba su potencial peligrosidad. Ella estaba dispuesta a correr el riesgo. Karlo había decidido confiar en ella y Nicole honraría aquella confianza.

jueves 4 de junio de 2009

62- Otra vez allí...


Maldiciendo entre dientes, Molina se bajó de su auto, que se había abierto paso entre bandeos y sacudidas por una senda rural casi invisible bajo el crecimiento tenaz y pujante de la maleza. Vestía un traje oscuro y zapatos caros. Cualquiera que lo cruzara circunstancialmente por una calle de microcentro lo catalogaría como el Gerente de alguna empresa importante y no como el veterano de mil batallas en quien una cúpula sin nombre había depositado la confianza de dirigir las operaciones de campo de una fuerza de choque tan fantasmal como sus ideólogos.
Había tenido en otra vida una carrera militar promisoria, hasta que una de las tantas rebeliones carapintadas de fines de siglo lo había sorprendido del lado incorrecto, según la mirada política de aquel momento. Una baja deshonrosa y un tiempo en Magdalena, hasta que desde unas sombras en las que el oro brilla, le habían hecho llegar aquella propuesta frente a la que no hubieron dudas. Y Molina se convirtió en el “Líder”.

Habían pasado más de diez años. Los tiempos habían cambiado y el mundo se estaba moviendo bajo sus pies. Una vez más, se trataba de adaptarse o desaparecer. Esto había sido tan recurrente en su vida que el hecho de hacer propia una personalidad camaleónica le pareció el mejor mecanismo de defensa. La doctrina de la conveniencia personal. Si blanco conviene, blanco sería. Si negro es la norma, pues negro entonces. Los dogmas habían muerto y el buen criterio indicaba que había que dejarlos descansar en paz. Mientras tanto, sólo se trataba de sobrevivir.

No se sorprendió cuando Karlo le pidió la reunión. Tampoco que el lugar elegido hubiese sido el “claro”. El cuartel central de Magenta había sido desmantelado. Sólo quedaban algunos pilares de lo que habían sido los tinglados y las oficinas. Estaban borrando rastros.

Unos centenares de metros más allá, el “claro” mantenía su dibujo básico, más allá del crecimiento descontrolado de los pastizales en los caminos de acceso y en la porción de terreno que rodeaba el edificio de las caballerizas, cada vez más derruido.

Molina fumaba con parsimonia, con su mano libre en el bolsillo del pantalón. No trasuntaba impaciencia. Tampoco nerviosismo o tensión, aunque sabía que su encuentro con Karlo no iba a ser como los otros. Para Molina, como para Magenta, las situaciones límite eran la norma y no la excepción.

De pronto la figura de Karlo emergió de una de las caballerizas. Molina jamás hubiera recordado que aquel era justamente el sucio recinto donde sumergido en una burbuja atemporal, un adolescente de 17 años era escupido por la matriz de una vida miserable directo a las garras de Magenta. Karlo, sin embargo, nunca lo olvidaría.

El semblante de Karlo tampoco reflejaba emociones conflictivas. En otro contexto, podía tratarse de dos vecinos que se encuentran casualmente en el ascensor y se ponen a hablar del tiempo para evaporar un silencio incómodo. Karlo se acercó a Molina y ambos obviaron el saludo. Aquellos dos hombres compartían códigos. A pesar del abismo que los separaba, era innegable que estaban cortados por la misma tijera.

-Bueno, Karlo. Aquí estamos otra vez. Como si nada hubiera cambiado.
-Se equivoca. Muchas cosas cambiaron. Las más importantes, de hecho.

No había hostilidad en la voz de Karlo, pero sí decisión y firmeza.

-Tu mirada no cambió. Todavía tenés ese fuego detrás de las pupilas.

-Quiero salir, Molina. Me cansé. Quiero otra vida y creo que la merezco.

Se produjo un silencio doloroso, filoso como una hoja de afeitar. Molina dio la última calada a su cigarrillo, arrojó la colilla al suelo y la pisó enérgicamente con la suela de su zapato de mil dólares…

-Sabés que no es tan fácil. Vos sabías las reglas desde el principio. Y que era un contrato sin vencimiento. Tal vez te pueda colocar en el exterior.

Karlo negó con la cabeza.

-Las noticias viajan rápido. Los que se fueron terminaron en una cárcel tercermundista o muertos. Y sin garantías de que no los hayan matado los propios servicios. Molina, Usted me lo enseñó. Somos incómodos. Peligrosos. Y ya no somos funcionales. Pasó nuestro tiempo.

-…-Sólo silencio…

-Le voy a decir lo que vamos a hacer. A partir de ahora, desaparezco. Ni usted ni nadie va a volver a saber de mí. Comprometo mi palabra –y usted sabe lo que ello implica-, sobre extender un manto de olvido absoluto sobre los últimos diez años. Simplemente supongan que he muerto en servicio. Un hombre más o menos no hará la diferencia. Usted sabe que he sido leal todo este tiempo, démosle a esto un final decoroso.

-Sabés que no depende sólo de mí.

-Si, lo sé. Pero sé que es escuchado y respetado. No obstante yo no esperaba que Usted dijera “…está bien, Karlo. Andá tranquilo y mandá una postal en Navidad…” No lo estoy consultando, lo estoy notificando de una decisión que no ha sido sencilla para mí. Estoy muerto para la sociedad. No tengo identidad, ni historia, ni amigos, ni familia, ni otro trabajo. Es verdad que Magenta me pagó bien por mi trabajo y esas reservas son la garantía de un nuevo comienzo.

-Te van a ir a buscar. No pueden permitirse el lujo de dejar un cabo suelto como vos.

-Me lo imagino. Tengo una carpeta completa y prolija con cada una de las misiones que llevé a cabo en todo este tiempo. Incluso las grandes, las que estuvieron en los diarios por semanas. Le aseguro que eso haría mucho ruido. Yo le garantizo que eso morirá conmigo si no me molestan, del mismo modo que le aseguro que lo va a ver en TN a las nueve de la noche si me hostigan lo suficiente. Y si deciden neutralizarme por las malas, sólo tiene que saber algo: No se la voy a hacer fácil. Cuente con eso.

-Karlo, sos bueno en lo que hacés. El mejor de todos. Pero nadie es invencible, ni inmortal. Jamás hubiera aceptado este planteo de otro. Lo hubiera matado yo mismo antes de la primera frase. Pero con vos es distinto. Voy a tratar de que entiendan. Fue un honor tenerte bajo mi mando y yo no olvido.

-Todo termina, Molina. La nostalgia no es para gente como nosotros. Probablemente no volvamos a vernos…

Karlo extendió su mano y Molina se sorprendió: No era un gesto habitual en aquel insensible bloque de hielo. Se la estrechó en un apretón consistente.

-Adiós, Karlo.

Con la simultánea sensación de desamparo y liberación que genera toda despedida, Karlo asintió con la cabeza y desapareció en segundos por el sinuoso sendero de salida. Molina permaneció un tiempo más en el lugar. Pensando. Evaluando. Había previsto esta jugada de Karlo. De hecho esperaba que se produjera mucho antes. Y ya tenía en la cabeza como actuaría ante la eventualidad.

Tomó su celular.

Y empezó a hacer algunas llamadas importantes.

miércoles 3 de junio de 2009

61- Buscando una salida

Sólo fueron unos instantes, pero resultaron más que suficientes para convencer a Nicole de que el corazón de Karlo, lastimado y recubierto de cicatrices frescas y antiguas, encerraba sentimientos nobles a pesar de aquella opaca cáscara de acero que no permitía ver, siquiera intuir qué había debajo.

Karlo se puso de pie y recompuso su semblante, avergonzado. Cambió el tono de sus palabras, aunque se mantenía la perpetua expresión de tristeza en aquellos ojos enrojecidos por unas lágrimas inesperadas que decían tanto como callaban.

-Todo es cierto.

El tenía esa mala costumbre. Nicole ya lo había advertido en el poco tiempo que había compartido con Karlo: Salía con una frase fuera de contexto como si fuera el corolario de una larga conversación que nunca existió. Costaba seguirlo. Era frecuente con las personas de pocas palabras, pero en Karlo se magnificaba.

-¿Qué cosa?

-Magenta. Todo es real. Y no estás ni cerca. Hay mucho más…

-¿Y por qué me lo estás diciendo a mí? –Nicole intentaba refrenar su sorpresa, sin lograrlo del todo.

-Estoy cansado. Tengo demasiada sangre en las manos. Quiero que termine y necesito tu ayuda.

-No veo de qué modo podría ayudarte…

-Magenta no es un Club de Campo en el que pagás tu última cuota, entregás el carnet y te vas. Es probable que incluso no logre salir bien librado de esto. Necesito un reaseguro.

Nicole iba entendiendo. La primera vez que se habían encontrado, ella había recurrido a ese ardid para sentirse segura. Lo había visto en muchas películas de acción “…si yo no me comunico, todos se van a enterar de lo que pasa aquí…” Era algo infantil, habida cuenta que los indicios con que ella contaba eran simples conjeturas inconsistentes. De hecho a Karlo no se le había movido un pelo en aquella ocasión. Pero en el tono del hombre se percibía que en este caso era diferente: El estaba dentro. Lo había estado desde el principio. Conocía nombres, lugares, datos precisos…Paradójicamente, la misma información que podía salvarlo era la que lo ponía en riesgo letal. No. No lo dejarían irse caminando tranquilamente con todos esos datos en su cabeza. No era prudente. No era seguro.

-Creo entender. Me vas a dar información que deberé hacer pública si te pasa algo.

-No precisamente. Eso sería ponerte en riesgo, y no es mi intención. Nunca pasé por una situación como esta y no sé a quién recurrir. No puedo explicar por qué, pero confío en vos. Tu trabajo será sencillo, en caso de que haga falta.

Ella se emocionó al escuchar las palabras de Karlo. Decididamente había una conexión entre ellos a un nivel muy íntimo. Una empatía absoluta sólo atribuible a cuestiones químicas o intuitivas. Eran dos personas que discurrían en mundos paralelos, sin puntos de contacto posibles. En todo caso Magenta era su único nexo. Y ese no era un dato auspicioso ni alentador. Karlo prosiguió con su discurso, que aparentemente había sido minuciosamente estudiado, como dando por sentado que la chica accedería a su solicitud.

-Sólo será cuestión de entregar una carta. El destinatario sabrá qué hacer.

-Sigo escuchando…

-Es simple. Una vez por semana vos vas a saber de mí. Yo me voy a encargar de que me veas. Sólo será un guiño, un saludo tal vez, a la distancia. Un llamado telefónico. Lo necesario para que sepas que estoy vivo, aunque esté alejado de Magenta. Si no tenés novedades durante una semana completa, necesito que entregues esta carta. La dirección está en el sobre.

Extendió un sobre blanco, común, con algunas letras garabateadas en tinta azul de birome. Ella lo tomó con aire solemne y leyó lo que decía. Sólo una dirección: La dirección del orfanato. Nicole no había olvidado su encuentro con Giuliano y la excelente impresión que le había provocado el sacerdote, más allá de su reticencia a hablar sobre Karlo. A fin de cuentas lo estaba protegiendo. Finalmente Karlo no estaba tan solo en el mundo como suponía.

-¿Y qué más?

-Nada más. ¿Podrás hacerlo? Sé que no fui muy amable con vos y no te culpo si estás molesta. También comprendo que lo que te pido es un compromiso enorme que no tenés obligación de asumir. Pero te ofrezco algo a cambio.

-¿Qué cosa? –Ahora preguntaba sólo por curiosidad. Ya había decidido que lo ayudaría, aún cuando implicara mucho más de lo que le estaba pidiendo.

-Te voy a contar mi historia, preservando los detalles que no necesitás para comprender el contexto. Te garantizo que más allá de esa reserva, tus ansias de conocer serán satisfechas con creces.

-Trato hecho. Contá conmigo. Creo que las cosas terminarán bien después de todo…

No. No sería así.
De ninguna manera.

lunes 1 de junio de 2009

60- Camposanto


Nicole salió de su casa, un departamento tipo PH que alquilaba en el sur de la ciudad. Pasillo al fondo. Ultima puerta a la derecha. Vivía sola y se mantenía con sus trabajos free-lance como periodista y algunas clases particulares de castellano a estudiantes de primaria. Vivía una vida bastante plana, pero ella encontraba verdadero placer en esa simpleza. No se quejaba.

Caminó las dos cuadras que la separaban de la parada del colectivo y se quedó parada al borde del cordón, la nariz roja de frío y los cabellos al viento de un día destemplado. En ese momento, un auto que estaba estacionado en la acera opuesta varios metros más allá de su posición, emprendió una lenta marcha y se aproximó a ella.

Nicole no tardó en reconocer el Falcon de Karlo y su rostro reflejó un miedo tan instantáneo como intenso. Pensó en correr, comprendiendo al instante que sería inútil: El hombre que días antes había estado a punto de matarla dentro de ese mismo auto y de manera caprichosa e inexplicable había cambiado de idea, ya estaba casi a su lado. Optó por dejarse llevar y encomendarse a Dios.

Karlo detuvo el auto sin apagar el motor y le habló a través de la ventanilla con tono pausado. Casi cordial.

- Suba. Tenemos que hablar.

- Escuche, ya entendí el mensaje. No voy a hacer más preguntas. El material de mi investigación del que le hablé son sólo notas inconexas. No debe preocuparse por ello. Por favor, no me haga daño.

- Suba. No me haga repetírselo.

Ese hombre tenía algo en su voz, en su semblante, que lo hacía irresistible. No se sentía capaz de decir “No”. No se trataba de una cuestión de temor o recelo, sentimientos que de hecho estaban implícitos en la situación planteada. Era una cuestión de magnetismo animal. Karlo transmitía “algo”. Y ese algo estaba recortado a su medida. Si aquel hombre le pedía que cruzara la avenida con los ojos cerrados, ella simplemente comenzaría a caminar sin hacer preguntas. Intentó convencerse de lo contrario. Recordar que podía tratarse de un asesino sin escrúpulos, un mercenario sin principios que rompería su cuello como un junco sin pestañear.

No pensó más y sin decir palabra rodeó el auto por delante y subió, cerrando la pesada puerta del Falcon con energía.

Karlo arrancó en silencio y una sensación de deja vu asaltó a Nicole ¿No había vivido ya esa escena en ese mismo auto y con ese mismo hombre? No. Esta vez era distinto. No podía explicar los motivos con palabras –de hecho, Karlo la había conminado a subir al Falcon dando a entender que no aceptaría una negativa-, pero en esta ocasión no tenía miedo. A pesar de que todas las luces rojas de su cabeza estaban encendidas entre el fragor de insistentes sirenas de “peligro”, ella no temía.

Karlo condujo en silencio por un rato y ella se dejó llevar, tranquila como si disfrutara de un paseo de domingo a la mañana. Finalmente, más por curiosidad que por preocupación, hizo la pregunta más obvia…

-¿A dónde vamos?

-A un lugar tranquilo, donde podamos hablar.

Todas las veces que un hombre le había dicho esas palabras, habían terminado en un telo. Pero con Karlo era diferente. Detrás de esa fachada de piedra, se adivinaba el espíritu de un hombre torturado, sin paz. Había un abismo detrás de aquel personaje. Un hueco negro y sin fondo que clamaba por ser iluminado, por transformarse en un lugar apacible después de tanto caos vertiginoso. Nicole sintió que, a su manera, Karlo estaba pidiendo ayuda. Que alguien lo salve de aquella oscuridad, de su pasado, de sí mismo…

Bajaron por Warnes y cruzaron las vías del San Martín hacia la derecha. El auto comenzó a bordear el cementerio de la Chacarita, traqueteando por el empedrado de aquella calle atestada de florerías. En un momento dado, Karlo giró a la izquierda y entró en el cementerio.

-¿Este es el lugar tranquilo al que te referías?

Karlo dio un respingo al notar que ella lo tuteaba con naturalidad y Nicole lo advirtió divertida, aunque no hizo comentarios. El la miró de reojo, sin desviar la vista de la angosta calle interna del cementerio, que se extendía serpenteante entre un mar de cruces.

-¿Conocés otro lugar más tranquilo que este? Yo vengo aquí cada vez que necesito pensar. Me transmite paz…

Ella sonrió y levantó sus cejas, dando a entender que lo que él decía era algo bastante raro. Karlo también había comenzado a tutearla, e insistió con su hipótesis del cementerio.

-¿Qué pasa? ¡Es cierto! Sólo se escucha el canto de los pájaros, cada tanto. Es un silencio espeso, difícil de encontrar en la ciudad…

Karlo estacionó en una callejuela recóndita y se bajó del auto.

-Vení. Seguime.

Nicole apuró el paso y emparejó a Karlo, que se había adelantado unos metros en pos de una escalera descendente. Comenzaron a bajar. Eran tres pisos bajo nivel de pasillos extensos, cuyas paredes eran un tapiz ininterrumpido de nichos cuadrados. Un laberinto interminable de ellos, cada cual con un nombre, una fecha y mil recuerdos de una vida que ya no era. De pronto Karlo se detuvo y se acuclilló frente a uno de los nichos. Uno entre tantos, sin flores ni adornos. Sólo un crucifijo y una chapita que decía poco y lo decía todo. Era innegable el carácter igualador de la muerte. Si la parca votara, seguramente lo haría por algún candidato comunista.

-Es mi mamá.-musitó Karlo.

Su voz no transmitía emociones. Era un sonido distante, tanto en el espacio como en el tiempo. Una voz de una época indefinida, pero que sin dudas no era esta. Nicole se agachó a su lado y adoptó un tono bajo, acorde a ese momento tan intenso como inesperado para ella.

-Hace mucho…? –Preguntó una obviedad (la fecha estaba en la chapita de bronce), pero fue su esfuerzo para lidiar con una situación que la desbordaba emocionalmente. Se sentía cerca de aquel hombre de un modo extraño. El lograba sin proponérselo hacerle sentir lo que él sentía. Una gran angustia se apoderó de su semblante. Notó un nudo firme y apretado en su garganta.

-Mucho. Demasiado. Pero parece que fue ayer. Ese es mi papá –señaló con su índice derecho el nicho contiguo-. Parece mentira que no pudieron estar juntos cuando vivían y ahora descansan a centímetros uno del otro…Los extraño.

Nicole apoyó una mano indecisa en la espalda de Karlo. Sólo un gesto tímido que sin embargo fue para aquel hombre invulnerable como un abrazo estrecho y cálido.

Karlo agachó la cabeza y hundió su mirada en el mármol impertérrito de la galería.
Y comenzó a llorar.

miércoles 27 de mayo de 2009

59-Magenta


Karlo tenía 27 años cuando Nicole lo abordó en aquel bar del Centro formalizando el poco convencional primer encuentro entre ellos. Diez años habían pasado desde que amparado por la oscuridad de una noche llena de preguntas, abandonara el Orfanato para emprender un camino difícil, como todos los que Karlo había recorrido a lo largo de su vida. Desde su experiencia iniciática en aquel paraje olvidado en algún lado de la nada, Magenta había sido todo para él. Recibió una preparación dura y exigente, con instructores extranjeros. Fuerzas especiales de países centrales, mercenarios tercermundistas, guerrilleros centroamericanos…Al parecer los padres de la iniciativa, cuyas identidades se guardaban bajo siete llaves, no habían reparado en gastos. El proyecto implicaba crear verdaderas máquinas de combate, preparadas por los mejores exponentes que el dinero negro de alguna caja reservada del Estado pudiera pagar. Armas blancas, tiro de combate, snipering, lucha cuerpo a cuerpo, combate urbano y rural, complementando ese entrenamiento con un adoctrinamiento académico-ideológico intenso. Karlo había superado las expectativas. Desde sus primeras misiones, su aplomo y versatilidad sorprendía a propios y extraños. Era rápido, limpio y extraordinariamente eficaz. Había entendido de qué iba la cosa. Entrar, matar, salir. Esfumarse como fantasmas.

La inteligencia de Karlo era de una naturaleza práctica y funcional. Entendía que la distancia más corta entre dos puntos era la línea recta. No dudaba. No interponía dilemas éticos. Su ideología era tan básica como lógica: Mantenerse vivo. Proteger a su equipo. Matar a los malos para cuidar a los buenos. ¿Cómo sabía quienes eran los buenos y quienes los malos? No lo sabía. Su jefe se lo decía y él confiaba. En ese ámbito, confiar en quien debe protegerte es esencial. Y estaba su instinto. Siempre estaba.

Magenta operaba de diversas maneras. Karlo dio sus primeros pasos como integrante de una unidad de cinco miembros. Al cabo de no más de diez misiones ya lideraba a su grupo. Sabía manejar la presión cuando aún los más expertos flaqueaban. Tomaba siempre la mejor decisión ante cada encrucijada. Cuando parecía no haber opciones, Karlo proponía algo simple y eficaz. Algo que una vez implementado lucía como la mejor –si no la única- solución posible. Como si hubiese estado todo el tiempo allí y él hubiera sido el único capaz de verlo.
No tardó demasiado en especializarse: Comenzó a trabajar solo. Los trabajos que le encomendaban eran seleccionados, de esos que son primera plana según los criterios cualquier escuela de periodismo. “…Narcotraficante colombiano aparece muerto en descampado. Las hipótesis apuntan a un ajuste de cuentas…”, “…Líder de una red de tráfico de personas cae de un décimo piso ¿Accidente o suicidio?...”, “…Misteriosa muerte de un violador de niños en los mismísimos pasillos del Palacio de Tribunales…”

Aún así, Magenta fue perdiendo fuerza con el paso del tiempo. Al operar en el más absoluto secreto, los fondos que demandaba su funcionamiento siempre debían salir de partidas poco claras y difíciles de blanquear. Tampoco los resultados de su accionar podían esgrimirse como decisivos. Por cada objetivo eliminado, otros tres surgían de la nada. En todo caso, Magenta era siempre funcional a alguno de ellos: Simplemente les eliminaba la competencia. Eran tiempos difíciles y lo que había sido una jugada política sumamente riesgosa, se iba apagando como una vela a la intemperie, tendiendo a desaparecer sin penas ni gloria tan misteriosamente como había nacido.

Los cambios políticos desnaturalizaron la esencia de Magenta. El proyecto no era algo que pudiera ser heredado como un edificio oficial o un plan de viviendas, y de ese modo pasó a operar en la “faz privada”. Los servicios tomaron el control absoluto del proyecto y sus misiones se diversificaron: Ya no se trataba solamente de eliminar delincuentes. Políticos, sindicalistas, militantes barriales, empresarios estratégicamente seleccionados. Lo que en un principio había sido una solución drástica y polémica contra una amenaza que ponía en riesgo el estilo de vida de la sociedad, se había transformado en un peligroso rejunte de mercenarios sin mística, sin motivaciones ni objetivos claros y sin una conducción a la altura.

No más de una treintena de hombres habían llegado a integrar Magenta. Aproximadamente la mitad de ellos había muerto en acción, sus cuerpos limpiamente ocultados de modo que nadie hiciera preguntas sin respuestas posibles. De los restantes, dos equipos completos de cinco hombres fueron disgregados y ubicados en el exterior utilizando influencias en las más altas esferas. Los cuarteles de invierno fueron en su mayoría embajadas de países conflictivos o remotos. Operaban valiéndose de la pantalla de un empleo de baja calificación en la sede diplomática y bajo cuerdas hacían algunos trabajos específicos: Espionaje, básicamente. La premisa era clara. Si eran descubiertos, la embajada negaría todo contacto o relación con ellos. Estaban por su cuenta.

Sólo permanecieron en el país los elementos que trabajaban solos. Fáciles de manejar, entrenados a la perfección y extremadamente disciplinados. Casi diez años después del reclutamiento de Karlo, Magenta estaba oficialmente desarticulada. Sus integrantes eran ahora peligrosos sicarios cuyo lugar en el mundo había confundido sus límites, conviertiéndolos en auténticas bombas de tiempo.

jueves 21 de mayo de 2009

58- Paralelismo

Karlo llegó a su departamento dispuesto a darle a Melanie la buena nueva de su mudanza al Orfanato. Debía medir y elegir bien sus palabras. La chica había generado un vínculo casi filial con él y era probable que tomara los planes de Karlo como un abandono. Una manera de sacarse un problema de encima. Nada más lejos de la realidad. En Karlo también se había gestado alguna clase de sentimiento intenso para con ella. Algo en Melanie le hacía recordar a Nicole. Quizás sus ojos, su voz. Ese aura de vulnerabilidad aniñada, como si Dios la hubiera puesto sobre la tierra para ser protegida, preservada. La vida se había ensañado con ella, tal vez a partir de esa flagrante indefensión. Una presa fácil. El destino se había propuesto matarla lentamente y casi lo había logrado. Pero un día llegó Karlo. El la cuidaría. Y se tomaría su tiempo para hallar la respuesta a por qué Dios la había puesto en su camino.

Inmerso en sus pensamientos, llegó al 5to. piso y bajó del ascensor. Fue mayúscula su sorpresa cuando vio un policía uniformado frente a su puerta. Su primera reacción instintiva fue apartarlo de su camino de un golpe e ir en busca de Melanie, pero afortunadamente lo pensó dos veces y guardó la compostura. Se acercó al policía.

-¿Qué pasó? –Preguntó frunciendo el ceño.

-¿Usted vive aquí? –el uniformado ponía la conversación en su lugar: Siempre es el policía quien hace las preguntas.

-Si.- Por el momento sólo “Si” era más que suficiente.

-Parece que entraron ladrones. Una vecina hizo la denuncia. Firme este papel y de ese modo le hago entrega del departamento y puede llamar a un carpintero: Le destrozaron la puerta. Después fíjese qué le robaron y vaya a la comisaría a declarar. ¿Usted vive solo?

-Si. –Otra vez “Si”. Y técnicamente era verdad. Era un hecho que se habían llevado a Melanie. La policía no tenía que saberlo. Sólo complicaría las cosas.

-Bueno, mejor. Estos robos violentos son muy traumáticos. Fueron dos tipos disfrazados como operarios de Metrogas. Uno muy grandote y uno bajito. Se deben haber llevado varias cosas. La vecina que llamó habló de una gran bolsa de lona. Con decirle que estaba convencida de que se llevaban a una persona adentro. Cosas de vieja paranoica…

Karlo firmó en silencio y extendió el papel al policía casi sin mirarlo. Sin siquiera despedirse entró al departamento, mientras el uniformado desaparecía con el ruido de fondo de la puerta tijera del ascensor. Ni se preocupó por revisar la puerta, que había sido literalmente arrancada de sus goznes. El departamento estaba intacto. Karlo sabía que no había sido un robo. Si faltaba algo, probablemente era porque lo habían tomado los propios policías. Era una práctica frecuente.

La certeza de que habían sido los hombres de Mónaco acudió a su mente ni bien escuchó la somera descripción que había hecho el policía: “Uno muy grandote y uno bajito”. Paco y Alexis. El círculo que había comenzado a trazarse cuando descubrió a Paco vigilándolo desde su auto, se cerraba de la peor manera.

Mónaco lo había descubierto. Ahora sabía que Karlo le había mentido y había hecho su jugada: Un mensaje que decía “A mi nadie me traiciona”. Ahora era el turno de mover las piezas para Karlo en un juego que había jugado muchas veces y en el que perder era el final de todos los caminos. Un estado de sorda desesperación corría por las venas de Karlo contaminando su sangre como un veneno rápido y letal. La imagen de Melanie se alojó en su cerebro. Melanie de pie, indefensa, frente a Mónaco y los suyos. La humillarían. La castigarían. Y él no podría hacer nada para impedirlo. Su desazón mutaba lentamente. Ahora el sentimiento que dominaba su semblante era un enojo intenso. El odio y la furia aguardaban ahí nomás para hacer su ingreso. Karlo respiró y se presionó los ojos con las palmas de las manos, buscando tras la oscuridad de sus párpados cerrados ese ansiado lugar fuera del mundo donde la reflexión era la norma. Tenía que pensar con claridad y evitar actuar por impulso.

Cuando por fin logró borrar aquella imagen vulnerable de Melanie, esa mujer-niña por quien Karlo lo había arriesgado todo sin poder explicar los motivos y ahora, por su exceso de confianza, había caído de la sartén al fuego, otro rostro acudió puntual a la cita con su autocompasión.

Esta vez Nicole, con su piel lacerada y poblada de horribles llagas, con su pelo chamuscado y adherido al cráneo, con su mano de uñas ennegrecidas extendida hacia él en gesto de súplica postrera.

“…No me cuidaste. Juraste que ibas a hacerlo, pero no me cuidaste…”

Aquel reproche que nunca había sido proferido, pero que Karlo hizo suyo para no olvidar. Hay ocasiones en que olvidar es bueno, pero ese es un lujo que algunas personas no se permiten. No. Para Karlo no habría olvido.

Ni perdón…

miércoles 20 de mayo de 2009

57- Palo y a la bolsa


Los ojos de Alexis habían cambiado. Minutos antes reflejaban un desinterés rayano en la abulia, como si lo que estaba haciendo le aburriera horrores pero igualmente debía llevarlo a cabo porque era la tarea que le habían encomendado. Ojos inexpresivos, sin el brillo vivaz de la inteligencia. La historia del mundo había dado sobradas muestras de que mucho músculo y poco cerebro constituían una combinación peligrosa.

Ahora estaba allí, hincado al lado del cuerpo inerte de Melanie, con una media sonrisa que no mostraba los dientes y una mirada que decía muchas cosas. El tipo de cosas que la gente oculta, calla o esconde por decoro. Con toda la suavidad de que fue capaz, estiró sus manos y las apoyó sobre los pechos de la joven desmayada. La remera de algodón, sin corpiño, permitió que las formas de la chica emergieran con claridad llenando las palmas de Alexis, que emitía una especie de gruñido sordo y sostenido, en el que se adivinaba satisfacción mientras masajeaba aquellas tetas dulces.

-Mmmmm…-era grotesco. Gozaba con el contacto como un gato que se frota contra las piernas de su amo.

-No, Alexis. No hay tiempo para eso. Tenemos que irnos. –Paco intentó modular con firmeza, pero no lo logró del todo. Su tono se pareció más a un “por favor” que a una orden tajante. Llevaban un tiempo considerable trabajando juntos y Paco sabía que a veces Alexis se salía de control. En esos casos era mejor no interponerse en su camino. Las contadas ocasiones en que se le soltaba la cadena coincidían con borracheras memorables o con situaciones en que el componente sexual estaba involucrado. Claramente, este era el segundo caso. Y Paco no quería enojar a su compañero.

Sin retirar las manos de los pechos de la chica, Alexis se volvió y dedicó a Paco una mirada iracunda. Cuando habló, sin embargo, sonó como un niño que pide otra vuelta en la calesita…
-Uno rapidito. Te prometo que ni se va a despertar…

-Alexis, los vecinos deben haber escuchado el ruido de la puerta. Van a llamar a la policía si es que no lo hicieron todavía. Tenemos que irnos ya. Si vamos presos y la cagamos, más vale que no salgamos porque si lo hacemos Mónaco nos mata en el acto.

-Uh! Está bien –aceptó a regañadientes ese Alexis de 8 años.

Paco llevaba un valijín con herramientas, complemento indispensable para aquel disfraz de operarios que les sentaba de maravillas. Lo apoyó en el suelo y lo abrió separando el fuelle superior. El valijín abrió su boca mostrando sus entrañas: En efecto, había algunas herramientas. Entre ellas asomaba la culata de una pistola 9 mm., al fin y al cabo una herramienta más, aunque con utilidades bien diferentes. Cubriendo aquel conjunto desordenado de llaves y tenazas, había una bolsa de lona color arena prolijamente doblada para que cupiese en el maletín.

Paco extrajo la bolsa y la desplegó en el suelo. Separó los pliegues de uno de los extremos e instó con gestos ampulosos a Alexis a que introdujera a la chica en el envoltorio de lona. En segundos el cuerpo enjuto de Melanie estaba “embalado” y pendiendo del hombro de Alexis. Ambos hombres descendieron por las escaleras con sigilo. Llegaron al pallier de entrada, satisfechos por culminar su faena con prolijidad y sin complicaciones. De pronto, la vieja de la Planta Baja a) salió de su departamento y se interpuso entre ellos y la puerta del edificio.

-Y muchachos? Está todo bien? No hay pérdidas?

Paco improvisó. Era imaginativo y locuaz. Si lo dejaban hablar, era capaz de convencer a un pez de que podría respirar fuera del agua.

-Parte de la cañería está colapsada. Hicimos unos empalmes y quedó todo funcionando de manera eficiente y sin riesgos. No van a tener complicaciones. Nos llevamos algunos tramos que por cuestiones de seguridad hubo que desinstalar. Señora, el gas es un tema delicado. En una semana más o menos vendrá una cuadrilla a realizar la instalación definitiva.

-Qué tranquilidad! Menos mal que vinieron!. Quieren tomar algo fresco? O un cafecito?

-No, Señora. Muy amable. Tenemos que estar en el Centro en media hora. Lo que le vamos a pedir es que nos abra, puede ser?

-Si, joven! Cómo no?

La mujer entró a su departamento y volvió a salir luego de unos eternos quince segundos, portando el consabido manojo de llaves seguida del infaltable gato siamés que caminaba lentamente con aire ausente. Al tercer intento dio con la llave correcta y ambos hombres salieron a la calle.

-Adiós, Señora. Gracias.

-De nada…-ahora la vieja podía ver con claridad la bolsa de lona que colgaba sobre el omóplato de Alexis. Definitivamente no parecían caños viejos. Los contornos de la bolsa no eran duros y angulosos, sino blandos y redondeados. Parecía un cuerpo humano…pero eso era imposible.

Un miedo intenso asaltó a la señora del gato siamés, que se metió en su departamento cerrando con llaves y pasador interior. La verdad iluminó su cerebro gastado con intensidad cegadora. Se sentó en su sillón, frente a la TV, sin reparar en su reflejo azulado ni en los balbuceos del presentador de turno.

Unos minutos después, tomó el coraje suficiente para caminar hasta la mesita del teléfono y discar el 911.

sábado 16 de mayo de 2009

55- Trabajadores

Cuando Karlo salió de su departamento con la firme intención de concurrir donde Giuliano, dos pares de ojos siguieron con atención su desplazamiento y lo tomaron como esa señal que estaban esperando desde hacía ya largo rato, sentados en el asiento delantero de un utilitario pintado con los colores de una empresa de gas.

Paco y Alexis habían recurrido a ese ardid, que no por viejo dejaba de ser efectivo: El gas era algo delicado. La gente volaba por el aire cuando las cosas no estaban bien controladas. Si. El gas era más convincente que la luz o el teléfono, que sólo servían para viejitas que vivían solas pero no era suficiente para esos porteros que se sienten perros guardianes y obran como tales.

Si la diferencia de contextura entre los dos hombres de Giuliano era graciosa de por sí, el verlos con mamelucos de operario idénticos multiplicaba ese aspecto hilarante. Era hasta simpático en un punto: El grandote y el chiquito se veían casi como padre e hijo. Llegaron hasta la entrada del edificio de Karlo y Paco tomó la iniciativa en forma espontánea. El rol de funciones estaba claro entre ellos. Y cuando había que usar la cabeza, era Paco el que lo hacía, excepto que hubiera que utilizarla para derribar puertas, cosa que Alexis podía hacer sin dificultad.

Paco tocó el botón del portero eléctrico que indicaba “portería”. No hubo respuesta. Repitió la operación con idéntico resultado. Mejor. No le gustaban los porteros. Puso en marcha el plan B y tocó el timbre de la Planta Baja A), el más cercano a la puerta de entrada del edificio.

-Hola? -Bingo. Era la voz de una vieja.

-Si, señora, buenos días. Somos de Metrogas y tenemos que revisar el medidor ya que se denunció un escape que podría ser muy peligroso.

Se produjo un breve silencio del otro lado. Al final la mujer contestó.

-Le tocaron el timbre al encargado?

-Si. Pero no responde. Sólo necesitamos que nos abra la puerta, pero si prefiere volveremos en otro momento. Confiemos en que no pasará nada –adoptó al decir esto el tono de quien quiere convencerse de algo sin estar seguro en lo más mínimo. Dio resultado de inmediato.

-No, está bien, espere. Ya le abro. No sea cosa que explote el edificio, Dios nos libre y guarde.

Paco miró a Alexis con una sonrisa y le guiñó un ojo.

-Gracias, señora.

Una mujer de unos 60 años salió del primer departamento vestida con un batón de franela y unas pantuflas con caras de animalitos. Unos tigres, según pudo vislumbrar Paco. La señora luchó unos segundos con el manojo de llaves hasta dar con la correcta, ante la atenta mirada de un gato siamés que caminaba con curioso recelo detrás de ella. Les dirigió a los hombres una mirada amable, aunque en el fondo de sus ojos parecía brillar la chispa de la desconfianza.

-Pasen. Creo que los medidores están en el sótano. Si llega a estar con llave no puedo ayudarlos. Las tiene el portero.

-No se preocupe, señora. Nosotros nos arreglaremos. Por dónde vamos al sótano?

-Por allí -Señaló una escalera caracol descendente-. Trabajen tranquilos.

-Gracias, fue Usted muy amable.

La mujer asintió con una media sonrisa y volvió a entrar a su departamento, con la infaltable escolta de su gato.

Paco y Alexis caminaron hasta el pie de la escalera y descendieron un piso. Desembocaron en un vestíbulo oscuro. Paco, luego de buscar a tientas en la pared, halló la perilla accionó la luz e iluminó el recinto. Un pequeño pasillo de tres metros de largo, con una puerta de madera sobre la pared opuesta a la escalera. Paco accionó el picaporte y la hoja cedió. Ingresaron al sector de calderas. Los medidores de gas y electricidad estaban sobre una pared lateral, al lado de un tendido de cables que no resistiría la más permisiva de las inspecciones del Gobierno de la Ciudad. Ambos hombres volvieron a cerrar la puerta y salieron de la vieja sala de máquinas. Claramente su objetivo no estaba en ese sector.

Discretamente y en silencio comenzaron a subir las escaleras en dirección al 5to. piso.

Finalmente accedieron al pallier indicado y se encaminaron al departamento “A”, el que contaba con balcón a la calle y a través de cuyo ventanal la oportuna vigilia de Paco había cosechado el fruto esperado. Llegaron hasta la puerta. Paco hizo el gesto característico de silencio, con su índice apoyado verticalmente sobre sus labios. Tocó el timbre. Una presión corta, suficiente para alertar sobre su presencia a los moradores e imperceptible como para llamar la atención de alguien más…

De pronto la línea de luz horizontal que se dibujaba bajo la puerta se vio interrumpida por dos pequeñas manchas grises y redondeadas. Alguien estaba detrás de la hoja, seguramente mirando por la mirilla sólo la oscuridad del pasillo: Paco y Alexis en ningún momento habían encendido la luz.
Paco volvió a tocar el timbre. Esta vez el sonido fue un poco más largo. Más insistente.
Los pies seguían tras la puerta, pero la persona no acusaba recibo. Melanie había aprendido la lección y seguía al pie de la letra las indicaciones de Karlo. No debía revelar su presencia a nadie. La chica respiraba con intensidad. Estaba asustada, pero se sentía segura detrás de la sólida puerta.

Luego de los dos timbrazos breves, sólo silencio. No había luz en el pasillo. No se escuchaban voces, murmullos o pasos. Melanie pensó en el encargado trayendo correspondencia, o tal vez el fumigador. Seguramente se habían retirado al no obtener respuesta. Acercó su oído a la puerta con precavida lentitud. Cuando sintió el contacto de la madera fría contra su mejilla, sucedió lo inesperado. Un sonido corto, seco, firme, seguido por el inconfundible ruido membranoso de la madera al astillarse. La puerta cedió hacia adentro golpeando a Melanie en su sien izquierda. Cayó atontada y de espaldas al suelo, sus ojos desmesuradamente abiertos al ver que el enorme Alexis avanzaba hacia ella con su overol de trabajo. Quiso gritar, pero el estado de conmoción en que se hallaba sólo le permitió emitir un gemido sordo. Casi una queja remolona. Alexis se puso en cuclillas a su lado y la miró con una sonrisa espeluznante: Había algo siniestro en el rostro de aquel gigante con nariz chata de boxeador. Ella podía percibirlo con claridad, a pesar de estar semi inconsciente. Entonces Alexis cerró su puño derecho e hizo un movimiento corto. El envión de su brazo trazó en el aire un recorrido de no más de veinte centímetros e impactó en la quijada de la chica, que pasó sin escalas de la penumbra borrosa a la oscuridad inapelable del desmayo.

Mientras tanto, Paco hacía inútiles esfuerzos para volver a poner la puerta en su marco y aparentar una situación de normalidad en caso de que alguien merodeara el pasillo o hubiera escuchado los ruidos no habituales. Alexis era una bestia. La puerta no servía más.

-Alexis, apurate que va a venir alguien. Hiciste un quilombo bárbaro.

El grandote estaba de espaldas a Paco, acuclillado aún. Siguió en la misma posición.
Como si no lo hubiera escuchado.

jueves 7 de mayo de 2009

54- Buscando ayuda


Karlo se encaminó a la cochera donde guardaba su Falcon, pero a mitad de camino se arrepintió y decidió caminar. El sitio a donde iba quedaba a unas quince cuadras y necesitaba pensar. Un poco del aire fresco de mayo en la cara no le iba a sentar nada mal. ¿En qué estaba pensando cuando se llevó consigo a Melanie del hotel de Indigo? Sólo faltaba un cartel luminoso parpadeante que indicara “problemas”, acompañado de una alarma chillona e intermitente. Incluso podía haberla sacado de allí y dejado en la puerta de un hospital. Ellos la hubieran atendido y tal vez hubiera sido mejor para ella. Pero no. Se la llevó a su departamento y ahora se encontraba en un atolladero sin resolución sencilla.

Nicole. El nombre de su esposa muerta sobrevolaba sus reflexiones cada vez que se cuestionaba su “acto heroico” de rescatar a Melanie. Una tendencia a resucitarla en cada mujer indefensa o en peligro. Una manera de reivindicarse. De llegar a tiempo cuando había que hacerlo. De hacer lo que no había podido hacer con ella, convirtiéndose eso en un tormento que lo acompañaría el resto de su vida.

Karlo caminaba y pensaba. Ya pisaba los 30 y el balance de su vida arrojaba un claro balance negativo y doloroso, sobre un tapiz de sangre y fuego. Una niñez feliz junto a sus padres, con un final trágico e impensado. Una adolescencia terrible en las calles. Luego Giuliano. Luego Magenta. Nicole y la mejor etapa de su vida. Y ahora este presente gris y anestesiado: se había convertido en un matón barato que realizaba encargos para un delincuente mediocre e ignorante. Sus pensamientos trascendieron determinada frontera y forjaron una verdad que había permanecido oculta a su perspectiva miope. Rescatar a Melanie había sido un gesto de altruismo conmovedor. Lo había arriesgado todo sin dudarlo, porque eso era lo que había que hacer. “…Tu verdadero trabajo aún no comenzó…”. Si. Giuliano lo aprobaría. Y se sentiría orgulloso.

Como telón de fondo para esta postal de Karlo caminando y recorriendo los recovecos de su cerebro torturado pero filoso como una daga, la iglesia de Giuliano se recortó a corta distancia con su presencia paternal y acogedora. Karlo se dirigía hacia allí. Estaba en dificultades y necesitaba el buen consejo de quien sabía que iba a recibirlo con calidez y predisposición.

Ingresó a la Iglesia, cuyas puertas estaban abiertas durante el día para quien quisiera visitarla para reconfortar su espíritu. Se santiguó apoyando una rodilla en el suelo y agachando su cabeza frente al altar, en símbolo de sumisión. Luego caminó hasta la puerta lateral que comunicaba con las habitaciones de Giuliano. Golpeó dos veces con los nudillos de su mano derecha, con delicadeza.

-Adelante…-La voz de Giuliano surgió clara, aunque sin fuerzas. Karlo había aprendido a conocer bien a su benefactor. Algo no andaba bien.

Karlo ingresó al recinto, que en un primer término presentaba la oficina del cura. Austera. Sin lujos ni visos ostentosos. Giuliano estaba sentado en su silla. Lucía abatido. Extrañamente no se levantó a saludarlo, y si bien se mostró cálido y cordial, no mostraba el entusiasmo que Karlo esperaba en su fuero más íntimo.

-Hola, Karlo. Es bueno verte por aquí. Sentate…

Karlo tomó asiento sin dejar de mirar al sacerdote, estudiándolo con detenimiento. Buscando desentrañar cuál era el problema.

-Necesito su ayuda, Padre.

-Sabés que podés contar conmigo para lo que sea. Contame…

-Desde que me fui de aquí en circunstancias poco comunes y el momento en qué regresé a verlo, pasaron muchos años. Fueron años duros. Mi vida no fue fácil e hice cosas de las que no me siento orgulloso. Es cierto que Usted y yo mantuvimos correspondencia regularmente, pero hay cosas que no se cuentan en las cartas…

-No hace falta que me expliques nada, Karlo. Cuando yo te animé a aceptar la oferta de Miranda sabía que para salvarte de un mal, te exponía a otro que tal vez fuera peor. Pero aquí estás. Y puedo ver en tus ojos que sos el mismo de siempre.

Karlo bajó la vista avergonzado, y sin levantarla dijo:

-Voy a contarle para qué vine. No va a ser fácil para mí hacerlo, aunque sé que no me juzgará…

-Sólo Dios puede juzgarnos. Te enseñé eso hace muchos años. No lo olvides.

Karlo relató su aventura en el hotel de Indigo. El cuadro que había encontrado en aquella habitación viciada de humo de marihuana. El impulso de llevarse a Melanie de allí. La idea de llevarla a su departamento al sentirse sin otra opción. La situación actual. Omitió los detalles escabrosos de su operación en parte por considerar que no venían al caso, en parte por vergüenza. No quería que el concepto que el cura tenía de él se viera afectado. Aunque no era tonto y podría leer entre líneas, no era necesario contar que le había introducido a Indigo un cuchillo en la rodilla y había escarbado hasta destrozársela…”.
Giuliano lo escuchaba con atención, sin interrumpirlo.

-La chica corre peligro allí. Yo quisiera que Usted la aloje en el orfanato. Sé que hay otras chicas y ella se adaptará sin problemas. Incluso puede ser útil aquí, ayudándolo en los quehaceres de todos los días.

-¿Y ella qué dice? ¿Está de acuerdo con venir aquí?

-Todavía no se lo dije. Quería hablarlo primero con Usted.

-Ya veo…Karlo, la recibiremos con gusto. Veremos de qué manera la podemos ayudar.

-Gracias, Padre. No esperaba otra cosa. Estoy preocupado. Hace un par de días uno de los hombres de Mónaco estaba vigilando mi casa. Si él se entera de que la chica está allí y yo se lo oculté, las cosas podían ponerse feas…

El rostro de Giuliano se transfiguró, aflorando un rictus de odio que Karlo le había visto muy pocas veces. Se levantó de su silla con una vitalidad ausente hasta hacía pocos segundos, y levantó la voz al borde del grito.

-¿Mónaco? ¿El tiene que ver con esto?

-Si, Padre. No se lo mencioné, pero yo trabajo para él en forma independiente. El me llama, me encarga un trabajo y me paga. Eso sucede cada tanto, sin regularidad. En este caso yo debía tener una pequeña charla con Indigo, el proxeneta del que le hablé. La chica fue una complicación imprevista.

Karlo ignoraba los tratos que Giuliano mantenía con Mónaco. Y el cura estaba tan arrepentido de haber vendido su alma al diablo (los fines nobles no eran un justificativo válido. No ahora, con dos pibes muertos…) que creyó que no era un buen momento para sincerarse con su pupilo de otros tiempos.

-Eso no cambia nada para mí, la chica sigue siendo bienvenida. Pero si aceptás el consejo de un viejo que te quiere bien, alejate de ese hombre. Tiene la extraña capacidad de destruir todo lo que toca…

-¿Qué sabe Usted de Mónaco, Padre?

Giuliano había recuperado la compostura y se hallaba otra vez sentado en su silla. Su respiración era otra vez calma y reposada.

-Karlo, no seas ingenuo. Vivimos en este barrio desde hace años. Y aquí recibimos a chicos de la calle. La marginalidad está siempre a la vuelta de la esquina. Y si hablamos de marginalidad en esta parte de la ciudad, podés apostar que Mónaco está involucrado…

-Debo reconocer que tiene razón. Yo íntimamente lo desprecio tanto como Usted, pero tengo cuentas que pagar. En cuanto la cosa mejore en ese sentido, me voy a abrir de él. Se lo juro.

-Es lo que más te conviene, hijo. En serio. Ahora andá, traé rápido a esa chica. Sé que sabrás cómo hacerlo de manera segura y discreta.

-Descuide, Padre. Volveré con ella pronto. Encontraré el mejor momento para traerla. Tal vez en la noche, si Usted no tiene inconvenientes.

-Claro que no. Me parece lo más prudente. Estaremos listos para recibirla.

Karlo se levantó de su silla y Giuliano hizo lo propio inmediatamente. Se dieron el abrazo que no se habían dado a la llegada de Karlo. La presencia del muchacho parecía haber reconfortado al sacerdote, cuyo semblante era totalmente diferente luego de la charla.

La buena predisposición del cura para alojar a Melanie, si bien esperada en un punto, había resultado una sorpresa.

No sería la única sorpresa que el destino tenía preparada para Karlo en aquella tibia mañana otoñal.

miércoles 6 de mayo de 2009

53- Buscando una opción


Cuando Karlo entró a su departamento y vio a Melanie de pie frente al ventanal del balcón, mirando hacia la calle, no pudo dar crédito a sus ojos. Evidentemente la chica no comprendía lo peligroso de su situación actual, con la policía, su proxeneta y el propio Mónaco tras sus pasos. Cayó en la cuenta de que había cometido otro error: Dar por sentado que ella manejaría con criterio y sentido común las normas básicas que debe seguir una persona que huye. A fin de cuentas era una prostituta. Una parte importante de su trabajo era llamar la atención, algo que por otra parte no le resultaba difícil con ese rostro aniñado coronando un cuerpo por demás armónico. Estar sola en un dos ambientes hora tras hora debía ser insoportable para ella. Karlo tendría que buscar una alternativa o era probable que ambos terminaran mal.

En un par de pasos alcanzó la posición de Melanie, la corrió con brusquedad y cerró la cortina con gesto enérgico. Inmediatamente la miró con el ceño fruncido, como a un cachorro que acaba de orinarse en el parquet.

-¿Qué pasa? ¿Por qué tanto escándalo? –La chica lucía asustada y evidentemente no entendía la actitud de Karlo.

-¿Sos conciente de lo que nos puede pasar si te llega a ver la persona equivocada en esa ventana?

-Nadie sabe que estoy acá.

-No subestimes a la gente que te busca. Son uno más jodido que el otro. Si querés seguir viva, tenés que hacerme caso. Otra idiotez como esa de asomarte a la ventana y te vas, entendiste?

Ella asintió con la cabeza y sus ojos se llenaron de lágrimas silenciosas. Karlo se preguntó si tal vez había sido demasiado duro. En tal caso, era mejor para ella. Se le ocurrió una idea para descomprimir un poco este estado de cosas opresivo que lucía como un callejón sin salida oscuro y húmedo, digno del más trillado policial negro.

-Voy a salir un par de horas. Tal vez encuentre una solución conveniente para todos…

-¿Qué vas a hacer? Tengo miedo.

-Confiá en mí. No voy a dejar que te pase nada.

Al terminar de pronunciar estas palabras, un recuerdo golpeó a Karlo en el centro de la frente como una maza de cinco kilogramos. El recuerdo de Nicole. Alguna vez le había dicho lo mismo y no había cumplido. No había estado a la altura.

Intentó borrar esos pensamientos de su cabeza y ensayó una despedida imprecisa y aséptica.

-Vuelvo en un par de horas. No hagas tonterías…

Karlo salió y Melanie volvió a quedarse sola en el departamento, sin sospechar que su seguridad pendía de un hilo de telaraña.

martes 5 de mayo de 2009

52- Cuestión de principios


Paco no se anduvo con rodeos. En pocos minutos enhebró el relato de su paciente seguimiento de Karlo, vanagloriándose torpemente de su astucia por hallar el punto de observación privilegiado que le permitió advertir la presencia de la chica en el ventanal del edificio de enfrente. Omitió, en parte por vergüenza y en parte por miedo al enojo de Mónaco, mencionar que Karlo se había percatado de su presencia en segundos, haciéndole pasar un mal momento. Ese detalle quizás tuviera en el mediano plazo más importancia de la que Paco le atribuía. Aún así, eligió callar.

Mónaco escuchó con atención arrellanado en su enorme y rojo sillón de escritorio con orejeras, sin interrumpir. A medida que escuchaba a Paco, la maquinaria de su cabeza aceleraba su funcionamiento con el combustible de alto octanaje que representaba su sangre caliente. Se hallaba ante una situación imprevista y no deseada. Respetaba y temía a Karlo. Poco sabía de su pasado, pero indudablemente el hombre había caminado por el infierno y había salido fresco y sin quemaduras. Un hueso duro de roer. Ignoraba que lo que intuía no se acercaba ni un ápice a la realidad desnuda: Karlo era un jugador de ligas mayores. Un guerrero en un mundo donde las guerras habían cambiado drásticamente. Karlo se quedó un día sin lugar. Simplemente no encajaba. Había llegado hasta Mónaco casi casualmente. Y generaron una sociedad de códigos extraños, particulares. Los sentimientos anestesiados de un Karlo maduro, de vuelta de casi todo, derrotado, fueron funcionales para un mafioso de poca monta como él. Mano de obra de elite barata y eficiente. El trato también le cerraba a Karlo. Pocas palabras. Paga razonable por trabajos sencillos. Nada de dilemas éticos, preguntas molestas o cuestionamientos. Los engranajes estaban aceitados. Todo iba bien, hasta ahora…

Si Karlo era Karlo, con todo lo que ello implicaba, él era Mónaco: El Jefe. El amo y señor de su pequeño feudo. Y no podía permitirse el lujo de mostrar debilidad. De ser desafiado de manera abierta e impune. Sabía que ir hasta el hueso con Karlo podía volverse en su contra. Pero después de todo, no era más que un hombre. El tenía un pequeño ejército a disposición. Realmente deseaba que Karlo se presentara espontáneamente y le dijera “…Jefe, me equivoqué. Me llevé a la chica en un momento de debilidad. No lo pensé bien. Aquí se la traigo. Usted dirá qué hacer…”

Pero no. Karlo era inescrutable, pero no era difícil adivinar que detrás de ese rostro curtido anidaba un orgullo duro y frío como un invierno siberiano. Cortante.

Las cosas no podían quedar así. Era un hecho. Aunque debiera empezar una pelea que quién sabe si podría terminar…

Se dirigió a Paco, con el tono calmado de quien expone un proyecto complejo y se asegura de que será comprendido correctamente. De que no quedarán dudas.

-Vamos a hacer lo siguiente: -hizo una pausa y siguió- Te vas a ir con Alexis a ese departamento y se van a asegurar que Karlo no está. Entonces van a entrar, van a agarrar a esa chica y la van a traer acá. Quiero que lo hagan de manera discreta y prolija. Sin violencia innecesaria. ¿Podrán hacerlo bien?

-Si, Señor. No vamos a fallar…

Paco ansiaba ganar puntos en la consideración de Mónaco, convertirse en su mano derecha, y aquella parecía ser una excelente oportunidad que estaba dispuesto a capitalizar. Y como valor agregado, pondría una piedra en el zapato de Karlo. Una bien grande. Y todo por el mismo precio.

El hombrecito sentía que su suerte había cambiado.

No podía estar más equivocado.




lunes 4 de mayo de 2009

51- Novedades


Paco llegó jadeante donde Mónaco. Estacionó su auto en forma defectuosa, inclinado respecto de la línea del cordón, y al bajarse comenzó a caminar deprisa rumbo a la casa de su jefe. Antes de hacer quince metros, ya estaba trotando. Estaba ansioso. Los custodios le franquearon el acceso con sequedad. No tenían una buena relación. Paco estaba de algún modo en su misma pirámide jerárquica, sólo que más encumbrado, en tanto hombre de confianza del Jefe. Eso implicaba más dinero, más privilegios…otro estilo de vida. El resentimiento aflora indefectiblemente en escenarios como ese. Un hombre fornido encaró a Paco cuando intentaba dejar atrás el vestíbulo de la mansión kitsch de Mónaco:

-¿A dónde vas?

-Necesito ver al Jefe. Es urgente.

-Está ocupado. Dijo que no lo moleste nadie. Vos sabés bien que ese “nadie” te incluye.

-Creeme que él va a querer escuchar lo que vengo a decirle…

-Como sea. Dijo “nadie” y para mí es “nadie” hasta que Mónaco ordene otra cosa. Lo lamento.

Paco no esperaba esta situación y la ansiedad lo iba devorando por dentro. Decidió intentar pasar por la fuerza, pero el custodio era de una envergadura superior y su alma sonrió al ver que aquel engreído le estaba dando la chance de “sacudirlo” un poco impunemente, sólo por cumplir su trabajo con eficacia.

Cuando Paco intentó esquivarlo, el grandote lo tomó del cuello con una mano derecha grande y fuerte. Sin soltarlo, lo empujó contra una pared cercana. La espalda de paco se pegó a la pared con un ruido apagado. En su trayecto provocó la caída de una pequeña mesa, sobre la que reposaba un florero con claveles de plástico (otro indicio del dudoso gusto que regía en la decoración de aquella casa), estallando en el suelo con el sonido característico de los vidrios rotos, magnificado por el eco de un recinto con poco mobiliario.

-Sol-ta-me…-dijo Paco, respirando con dificultad.

-Yo te voy a enseñar un par de cosas…-el custodio no paraba de sonreír. Lo estaba disfrutando.

De pronto se abrió una puerta lateral y Mónaco asomó, despeinado y con su omnipresente bata de raso, descalzo. Un vendaje blanco y aparatoso cubría su mano derecha. Un pequeño recuerdo de la última visita de Giuliano…

-¿Qué carajo pasa acá?

Los dos hombres volvieron la cabeza hacia el sitio del que provenía esa voz conocida y temida en igual proporción. Resultaban graciosas sus expresiones de sorpresa, mientras mantenían la misma posición: Uno contra la pared intentando recuperar el aliento. El otro con la mano en el cuello del primero, sin aflojar la presión a pesar de la irrupción de Mónaco. Era la segunda vez en poco tiempo que Paco comprobaba que cuando primaban los códigos de los bravucones, él llevaba las de perder…

-Paco pretendía pasar sin anunciarse. Le dije que no podía hacerlo de manera cordial, pero quiso pasar de guapo…

-Te-tengo…al-algo impp-importante que de-cirle...Jefe…

-¡No puedo creerlo! Yo les pago para cuidarme y Ustedes se pelean entre sí. Son unos idiotas! Vos –Mónaco se dirigió al custodio fornido-, soltalo de una vez. Y vos –ahora le hablaba a Paco, con indisimulable desprecio-, pasá a mi despacho. Y mejor que lo que tengas que decirme valga la pena…

Paco, una vez liberado de la manaza que lo oprimía contra la pared, acomodó sus ropas y se perdió de vista dentro del despacho de Mónaco, que antes de seguirlo miró al custodio y sin sonreir, le guiñó un ojo...

-Muy bien. Eso espero de Ustedes. Lo del cura no puede repetirse…

El guardia, sorprendido, sólo atinó a un tímido agradecimiento.

-Claro, Jefe. Cuente con eso. Quédese tranquilo.

Mónaco abrió y cerró su mano derecha un par de veces, tal vez por el escozor de una lenta cicatrización. Se quedó pensativo un par de segundos y sin decir más, se aprestó a ponerse al tanto de las buenas nuevas que el obsecuente Paco se moría por transmitirle.

domingo 3 de mayo de 2009

50- Algunas respuestas.

Karlo fue escoltado por el soldadote moreno fuera del tinglado sin ventanas, iluminado con blanca luz fluorescente. Caminaron unos 20 metros, rumbo a la casa premoldeada pintada íntegramente de blanco, con techo de chapa gris, a dos aguas. Los maizales seguían siendo una barrera natural que los separaba del entorno mediato. El lugar geográfico donde se hallaban seguía siendo una incógnita para Karlo, aunque dadas las circunstancias eso lo tenía sin cuidado. Tenía asuntos más urgentes que atender, como el encuentro con el Líder que iba a mantener en segundos. Tendría por fin algunas respuestas, para bien o para mal.

Ingresaron a la casa y Karlo pudo advertir que allí funcionaba una especie de central administrativa. Un par de oficinas de mobiliario austero eran separadas por un corredor, a través del cual su escolta lo guiaba. Pudo ver a algunos hombres (no más de tres o cuatro), abstraídos con alguna clase de trabajo de escritorio. Nunca había visitado un cuartel, pero de haberlo hecho seguramente encontraría similitudes notorias con el medio ambiente en que se hallaba. Finalmente se detuvieron frente a una puerta cerrada. El moreno golpeó discretamente con sus nudillos y desde el interior surgió la inconfundible voz del Líder…

-Adelante…!

El moreno abrió la puerta y cedió el paso a Karlo. Una vez que éste estuvo dentro, el soldado se retiró cerrando la puerta al hacerlo.

-Siéntese…-ordenó el Líder. Karlo obedeció.

El Líder encendió un cigarro e inmediatamente un olor acre pobló el aire del recinto. Una oficina algo más amplia que las anteriores, con ínfulas de despacho pero sin lujos de ninguna especie. El hombre comenzó lo que amenazaba ser uno de sus monólogos. Error. Su alocución comenzó con una pregunta…

-¿Qué le parece que es esto? ¿Quiere preguntar? Tal vez sea más sencillo responder preguntas que intentar un relato extenso que será inconsistente por todo lo que no le puedo decir. Pregunte sin miedo, aunque sepa que sólo tengo unas pocas respuestas para Usted. Creo de todos modos que serán más que suficientes…

Karlo aceptó las reglas del juego propuesto por el Líder y no perdió su tiempo. Comenzó a preguntar…

-¿Qué pasó en el claro? ¿Los otros cuatro muchachos estaban en mi misma situación? ¿Yo podría estar muerto ahora?

-Eh! Son muchas preguntas juntas. No importa. Era de esperar luego de lo que vivió. Voy a conservar los apodos que propuse allí para que le resulte más claro. Inglaterra, Sión y Suiza eran delincuentes reincidentes, juzgados como irrecuperables. Una lacra. Un peso para la sociedad. Usted es diferente. Ha demostrado valores. Aquel cura hizo un buen trabajo. Digamos que ese grupo fue seleccionado para probar que Usted estaba listo…

-¿Listo para qué?

-Listo para Magenta…

Se hizo un breve silencio, durante el cual ambos se miraron intensamente, sin pestañear siquiera. Uno, todo curiosidad. El otro, buscando la manera de hablar sin decir más de lo necesario…

-¿Magenta? ¿Qué es eso? –preguntó Karlo por fin.

-Magenta somos nosotros. Una fuerza paramilitar que combate a la delincuencia organizada a espaldas del sistema judicial y policial. No existimos. Somos fantasmas letales que operamos de una manera profesional y organizada. Matamos. Y también morimos. Por eso Usted fue sometido a esa presión extrema en aquel claro. El concepto “vida o muerte” va a ser algo cotidiano en su vida a partir de hoy.

-Quiere decir que si mis oponentes me hubieran matado…

-Si. Hubiera sido una lástima. Pero confiábamos en sus capacidades. De todos modos, ellos estaban condenados. No iban a salir vivos de allí. Como le dije: ese es nuestro trabajo. Ya pasamos la etapa de los cuestionamientos éticos. Esos quedaron más allá de los maizales. Aquí pensamos en términos de ellos o nosotros.

-¿Y si yo no estuviera interesado en participar del proyecto?

-Simplemente volvería a su situación anterior: La cárcel, seguramente. Nos aseguraríamos de que no recuerde nada de lo que pasó aquí. Es increíble las maravillas que la química puede hacer en ese sentido con una sola inyección.

-¿Y cómo se aseguran de que no matan inocentes? ¿Cómo garantizan que no haya errores?

El Líder dio una calada profunda a su cigarro y expulsó el espeso humo blanco hacia arriba. Claramente estaba tomándose el tiempo para elegir las palabras adecuadas.

-Hay gente poderosa detrás de Magenta. Políticos, grupos económicos…La flor y nata de los servicios de Inteligencia son nuestra fuente. Todo se chequea hasta extremos obsesivos. Sólo limpiamos la basura. La limpiamos de modo que nadie nos vea. La gente ama comer carne, pero nadie quiera ver cuando matan a la vaca. Esa analogía es perfecta para describir nuestro trabajo.

-¿Y Bolivia? ¿Qué hay de él?

El Líder sonrió mostrando todos los dientes. Oprimió las teclas de un viejo intercomunicador que había en su escritorio y llamó a alguien. En segundos golpearon la puerta de la oficina, y alguien entró. Era Bolivia. Su brazo derecho estaba enyesado en ángulo recto y colgaba sobre un pañuelo atado en cabestrillo. Estaba vestido igual que Karlo y los otros soldados, de impecable negro. Permaneció de pie, con gesto cómplice…

-Le presento al Sr. Mamani. O Bolivia, si prefiere. Yo soy el Sr. Molina. Los hombres que lo han acompañado durante su breve estadía en el campo son los Sr. Alvarez y Fernández. No debo aclararle que no son nuestros auténticos apellidos, sino nuestros nombres de combate. Usted será el Sr. Karlo, si lo desea…

Karlo sonrió por primera vez en mucho tiempo. Y dijo algo que era toda una declaración de principios. El primer atisbo de una decisión tomada.

-Me parece bien.

Bolivia intervino en la charla por primera vez.

-Te agradezco el gesto que tuviste allá afuera. Soy conciente de que volví a nacer. No lo voy a olvidar. Nosotros te pusimos en esa situación, lo esperable era que me mataras.

-Supe desde el principio que vos eras distinto…aunque debo admitir que no me gusta que me engañen. Acepto tu agradecimiento, pero yo tampoco me olvido. De nada.

Una marea fugaz de tensión inundó el ambiente. Bolivia sonrió y minimizó la cuestión.

-Vio, Señor? Tiene personalidad!

-Si. La tiene. Y pronto va a tener chances de demostrarla. Durante los próximos meses va a ser entrenado en uso de armas, técnicas y tácticas de combate urbano, acondicionamiento físico y algo de teoría académica…Magenta es un cuerpo de elite. Por ende no es masivo, sino minuciosamente selecto. El Sr. Mamani nos va a hacer la gentileza de llevarlo a la enfermería a curarle las heridas que él mismo le ocasionó. Luego descansará y alguno de los hombres le hará conocer las reglas de conducta del predio. Pueden retirarse.

Karlo y el Sr. Mamani asintieron con la cabeza y salieron de la oficina. Karlo había tenido sus respuestas.

Para bien o para mal…




jueves 30 de abril de 2009

49- El Sr. Molina

-Hagan atender a ese hombre- gritó a sus soldados.

El fornido moreno emprendió un trote ligero y desapareció por uno de los senderos que constituían la salida del claro. Se perdió entre la vegetación y a los pocos segundos se escuchó un ruido de motor, el primero que Karlo escuchaba en varios días. Una ambulancia penetró en el claro con andar vacilante, por culpa de las irregularidades de aquel terreno áspero. Dos hombres íntegramente de blanco se bajaron y comenzaron a atender a Bolivia, quien se quejaba con voz queda del terrible dolor de su codo fracturado. El Líder, a una distancia considerable, se dirigió a él:

-Parece que esta vez se le complicó, no? – En su voz había algo de burla. Un tono divertido.
-El pibe es bueno de verdad. Me venció y lo haría de nuevo. Es especial…Ah! – Interrumpió sus palabras cuando el médico tocó su brazo para estudiar la gravedad de su lesión.
-No entiendo nada. Qué está pasando acá? –Karlo estaba perplejo por el grado de familiaridad del Líder con Bolivia, la irrupción de la ambulancia, la indiferencia ante su negativa de matar a su oponente…
-Creo que llegó la hora de las explicaciones. Pero no aquí. Mis hombres lo llevarán a un lugar más apropiado y allí hablaremos.

Dicho esto, le dio la espalda y subió a la ambulancia, en la cual ya habían cargado a Bolivia y los médicos habían tomado su posición. El vehículo se retiró a marcha lenta.
Los dos soldados se acercaron a Karlo, ya sin hostilidad en sus formas. El más corpulento de ellos habló:

-Venga. Síganos…

Los dos hombres comenzaron a caminar hacia el corredor de salida. Karlo los seguía de cerca. Aún sangraba su costado, pero era superficial. La incisión en su antebrazo latía dolorosamente, pero era una herida de menos de un centímetro, aunque profunda. Cicatrizaría pronto. El trío caminó unos dos kilómetros hasta desembocar en un claro de conformación similar al que habían dejado atrás, aunque inmensamente más grande. Dos tinglados de buen tamaño, de chapa plateada y sin pintar, dominaban la escena. A un lado, una casa premoldeada, y en un extremo del terreno, una hilera de vehículos de diversa índole: Automóviles, camionetas, motos…Todos de brillante color negro y con patente idéntica. Más allá de ellos, un círculo con reflectores dispuestos en su perímetro obraba como improvisado helipuerto. Karlo estaba cada vez más confundido, pero intuía que ya no volvería a la caballeriza o a aquel maldito claro. Y eso ya era suficiente para sentirse en paz.

Los hombres que lo escoltaban ingresaron a uno de los galpones. Lo que Karlo vio allí lo sorprendió, aunque comenzaba a percibir de qué se trataba todo leyendo entre líneas. Dos hileras de camas individuales, con un pasillo central que las separaba. Entre las cabeceras, cuerpos de taquillas con sus respectivos candados. Todo muy austero, colores apagados, sobriedad militar. El soldado que se había erigido en su interlocutor dedicándole no más de una docena de palabras desde su salida del claro, le señaló una cama.

-Al final del pasillo están las duchas. Higienícese. Sobre la cama tiene ropa limpia. En diez minutos vendremos por Usted para llevarlo con el Sr. Molina.

“El Sr. Molina…”, el Líder tenía nombre, aunque en el cerebro de Karlo la imagen de aquel hombre siempre estaría asociada con el apelativo que le había asignado: El Líder. La persona que tuvo su vida en un puño durante una cantidad indefinida de días. Que lo había obligado a comer una gallina cruda. Que había propiciado que debiera arrancarle los ojos a otro hombre con sus propias manos…Iba a ser necesario mucho más que humanizarlo con un apellido corriente para que Karlo olvidara el resentimiento que había acuñado para con aquel individuo enigmático y cruel.

Karlo tomó un baño corto en un recinto de duchas colectivas que se le antojó eterno e increíblemente placentero. Revisó sus heridas. Era probable que ni siquiera precisara atención médica, aunque un par de puntos de sutura en su costado no le vendrían mal. Luego de la ducha caminó hasta la cama y revisó la indumentaria que le habían asignado: Pantalón de combate, remera y borceguíes. Todo de un negro azabache y sin inscripciones. Cinturón de correa de nylon, con hebilla de acero. También negro. Se vistió y se sintió extraño: Estaba vestido como los soldados del Líder. Su vida se había convertido en una montaña rusa de giros y pendientes marcadas, sólo apta para estómagos resistentes.

martes 28 de abril de 2009

48- Filosos


No fue fácil para Karlo recuperarse de aquello. Una vez más ese sentimiento que anidaba en las profundidades de su ser, más digno de un animal de presa que de un hombre racional, se había adueñado de su voluntad y había hecho lo necesario para mantenerlo vivo…a un costo elevado, por cierto: Le había arrancado los ojos con sus manos a otra persona y luego la había asfixiado introduciendo los dedos en su garganta. ¿Qué clase de bestia haría eso? Una muy peligrosa. Y por momentos, Karlo lo era.

La adrenalina había bajado sus niveles y Karlo volvía a ser un joven de aspecto bondadoso y mirada limpia. Calculó que llevaba unos cinco días en aquella situación límite a la que se había prestado voluntariamente para evitar el Vía Crucis que implicaba ser carne del sistema carcelario, pero comenzaba a preguntarse si no había saltado de la sartén al fuego: ¿Acaso sería la muerte una buena opción? ¿En su último suspiro, habrían estado Inglaterra, Suiza y Sión conformes con su elección? ¿El “reclutamiento” de aquellos, habría sido igual al de él? ¿En caso de vencer a Bolivia, qué vendría después? Muchos interrogantes sin respuestas y una sola certeza: Aún permanecía con vida, y estaba dispuesto a continuar de ese modo.

A lo largo de las interminables horas dentro de aquel cubículo, le fueron arrojadas sólo algunas piezas de fruta medio podridas y una botella grande de agua. Su cuerpo comenzaba a mostrar síntomas de debilidad, además de los intensos dolores secuela de la lucha salvaje a la que había sido empujado por el Líder.

Pensó mucho durante su cautiverio. Pensó en su pasado, con balance siempre negativo: Parecía predestinado a los malos finales. Hollywood nunca se interesaría en una película sobre su vida. Pensó en su presente, limitado a esas cuatro paredes húmedas y malolientes, al combate demente, a las preguntas perpetuas. El futuro era tan incierto que su cerebro ni siquiera pudo dibujar un bosquejo. El porvenir tenía la forma de un rectángulo de luz, aquel que revelaba la puerta de su caballeriza al abrirse y que le marcaba un camino con dos destinos posibles: Sangre manchándole las manos (aún tenía las costras resecas desde su última pelea) o el cielo azul como imagen póstuma para sus ojos moribundos. Luego de eso, sólo oscuridad.

“…Tu verdadero trabajo todavía no empezó. Tenés que mantenerte con vida…”

Aquel extraño sueño fue para Karlo una señal divina. Un cable firme que lo mantenía ligado a la cordura. Que lo instaba a no entregarse. No defraudaría a Giuliano. Ni ahora ni nunca.

Finalmente, unos dos días después de su combate con Sión, llegó la hora de la verdad. La estación donde terminan todos los trenes. La puerta pivoteó sobre sus goznes y el rectángulo de luz creció ante Karlo del modo exacto en que lo había imaginado. La intensa claridad hirió sus ojos, pero de a poco se fue habituando a ella hasta sentirla agradable.

Salió caminando lentamente y vio una escena a la que comenzaba a acostumbrarse. El líder en medio del claro. Sus dos hombres más atrás, con sus fusiles cruzados en la espalda. La vegetación que rodeaba el claro e impedía ver más allá de él, estallaba en verdor merced a un verano propicio para ello. Unos metros más lejos, el círculo que ya había devorado la vida de tres jóvenes sin rumbo y que aquella mañana comería de nuevo. Bolivia se hallaba de pie. Incólume. Si estaba herido, ningún factor lo revelaba. Lucía listo para enfrentar su destino a suerte y verdad. Una combinación de mala fortuna y peores decisiones los había llevado hasta allí. Ahora la ruleta estaba rodando: Rojo o Negro. Dios sería el crupier de sonrisa irónica que gritaría el implacable veredicto regodeándose en su condición de Juez y parte.


- Es el último combate. El ganador se lleva el premio mayor: Su vida. Eso es lo único que debe importarles. Enfóquense en ello como si no hubiera nada más allá. Han demostrado valor. Dignidad.

El Líder interrumpió su discurso sólo para tomar un envoltorio de tela que reposaba en el suelo, a sus pies. Lo desplegó con lentitud. Dos grandes cuchillos vieron el sol. Cromados. Flamantes. De un lado de la hoja, un filo electrizante. Del otro, una hilera de dientes agudos como púas, destinados a desgarrar sin prolijidad. Ambos bordes de unían en una punta de flecha puntual, ariete de una muerte segura. El Líder siguió hablando:

-Ambos saben qué hacer con esto. Tendrán la chance de lucirse.

Arrojó los dos cuchillos a los pies de los jóvenes. Bolivia tomó uno de ellos y ensayó dos cortes cruzados en el aire. Se movía con suficiencia. Karlo agarró el restante y sin aspavientos lo introdujo en la parte de atrás de su pantalón de jean, entre la tela y el cuerpo, al estilo gauchesco.

-Acabó el tiempo de las palabras. Diez minutos. A partir de ahora…

Extrañamente ambos jóvenes no corrieron. Simplemente caminaron hasta el círculo y entraron en él. Tomaron posición uno frente al otro, Bolivia con el cuchillo en una mano. Karlo empuñó el suyo. Sintió su peso agradable, casi familiar. Bolivia habló:

-No es personal. Tenés huevos. Respeto eso…
-Lo mismo digo…-respondió Karlo y se acercó confiado, con su mano libre, extendida.

Ambos estrecharon sus manos en un saludo honorable, y casi de inmediato volvieron a asumir una posición combativa. Los aceros no tardaron en entrechocarse en un alarde de chispas. Ambos mostraban una pericia extraña en el manejo de las armas blancas, poco ortodoxa pero efectiva. Era evidente que se manejaban en forma intuitiva. Algo de genética y coordinación. Mucho de instinto de supervivencia. Ninguno prevaleció sobre el otro durante los primeros, eternos, minutos. Imprevistamente una estocada de Bolivia hendió el antebrazo derecho de Karlo, quien tal vez por un estímulo nervioso soltó su cuchillo. Karlo quiso recuperarlo, pero Bolivia lo pateó fuera del círculo: Se había acabado la cortesía. Era tiempo de decisiones, y Bolivia las estaba tomando. Sin desviar la vista de su oponente, Karlo se incorporó y esperó a pie firme su embate. Bolivia dio un paso al frente con su pie derecho con su cuchillo prolongando su humanidad como una punta de lanza, y otro más, con la actitud de un hábil esgrimista. El joven Karlo se hizo a un lado provocando que la estocada frontal pasara entre su brazo derecho y su parrilla costal, desgarrando su remera y cortando superficialmente su costado. La sangre brotó tibia y espesa. Sin darle tiempo a su rival, juntó su brazo al cuerpo aprisionando el brazo de Bolivia. Luego giró con todo el peso de su cuerpo sobre su eje, sin aflojar la presión, de modo que el codo de su agresor se dobló de manera anti anatómica reventando con un sonido de rama seca. Karlo se arrojó al suelo dando un rodillo hacia adelante. Al incorporarse, el cuchillo que instantes antes buscaba su pecho, refulgía en su mano como una bestia sudorosa y domada.

Bolivia estaba aún postrado, tomándose el brazo que pendía balanceándose describiendo un ángulo grotesco. Karlo se acercó a él y se paró a su lado. El muchacho se veía indefenso, en un escenario impensado poco antes. Karlo guardó su cuchillo en la cintura –dispuesto a que sólo muerto lo despojarían de él- y salió del círculo. Se paró a un par de metros del Líder y habló sin inhibiciones…

-No lo voy a matar. Hasta acá llegué…

Y el Líder, inesperadamente, sonrió.

viernes 24 de abril de 2009

47- Sólo sale uno

-Sión!

La voz del líder, grave y enérgica, retumbó en los oídos de quienes una vez más poblaban el claro como el día anterior, recreando aquella escena con estudiada exactitud. Sólo faltaba Bolivia, quien maltrecho luego de su arduo combate tal vez había sido llevado a un hospital o más probablemente estaría desfalleciendo entre horribles dolores en el suelo de su caballeriza, recuperándose o muriendo, según los designios de una moneda arrojada al aire.

De los cinco jóvenes, sólo quedaban tres. Karlo estaba de pie en el extremo izquierdo de la corta fila que integraba junto a Sión y Suiza. Sus sentimientos estaban apagados: Algo dentro de sí había bajado el switch correspondiente. No era momento para estar nostálgico, asustado o nervioso. Era el tiempo de aguzar los sentidos. Tensar los músculos y arremeter sin pensar. A matar o morir. Algo tan drástico para cualquier joven de diecisiete años era casi natural para alguien que había sobrevivido su más temprana adolescencia peleando por dinero en las calles, con los cadáveres de sus padres aún tibios en sus tumbas. El Líder prosiguió:

-Desde hace años integra los más altos estamentos de una organización que comercializa drogas en la Capital Federal, con una red de “punteros” que se especializa en introducirla en escuelas y barrios pobres. Cocaína para los que pueden pagar, paco para el resto. Sión comanda el brazo armado de este grupejo y tiene debilidad por los uniformes. Informes de inteligencia confirman que mató no menos de cinco policías a sangre fría.

-Se quedaron cortos…-Sión habló en voz baja.

El Líder levantó la vista de su papel, miró a Sión y continuó con los ojos fijos en él.

-Nunca fue condenado. El sistema hizo una excepción con él y no pasó por la burocracia de los tribunales. Gracias a ello hoy está animando nuestra reunión. Espero que nos sorprenda y esté a la altura de la fama que lo precede. Si no es así, voy a disfrutar viendo cómo los perros juegan con su cadáver antes de que aparezca flotando en el Riachuelo. En los diarios va a decir “ajuste de cuentas…” Las cosas son así de simples por aquí…

Sión no sonrió ante el sarcasmo del Líder. Giró lentamente la cabeza y escupió a un costado. Luego irguió el cuello y permaneció inmóvil con la vista al frente, sin agregar nada más.

-Suiza…

El joven, de pie entre los otros dos, dio un respingo como si la alusión a su apodo lo hubiera sacado de una ensoñación.

-Estafador de poca monta. Cuentos del tío. Toco-mocho. Fraudes a jubiladas desprevenidas…hasta allí, nada especial. Una rata más de ciudad. Pero un día la cosa se le complicó. Una vieja empezó a gritar y matarla a golpes le pareció a Suiza la mejor opción. Le destrozó la cabeza con un velador de bronce. La encontró su nieta de doce años casi tres días después, al ir a visitar a su abuela después del colegio. Estaba hinchada y ya tenía gusanos en los ojos. Es a simple vista el más débil de los cinco, quizás por ello jugarse esta carta: No está hecho para la vida en Marcos Paz. Tal vez eligió aceptar nuestra oferta por pura desesperación. Veremos qué sale…

Karlo no volvió la cabeza, pero pudo escuchar los sollozos del muchacho parado a su lado. De todos modos confiarse no era una buena idea. En ocasiones el miedo y la desesperanza hacen aflorar en los hombres atributos que ni siquiera saben que poseen. El heroísmo y el valor son a veces fruto de una irónica coincidencia.

Si las reglas del juego se mantenían como el día anterior, el combate ya estaba diagramado. Sería un juego de niños para Sión despachar a Suiza al más allá y éste posiblemente se entregaría dócilmente para acabar con su suplicio. No iba a ser una pelea justa. Eso dejaba a Karlo frente a la opción de enfrentar a Bolivia. Un tipo aguerrido, que había demostrado un valor poco común. Le caía bien a pesar de no haber intercambiado ni una palabra con él. Esos eran los códigos de interacción social a los cuales estaba sometido al participar en esta experiencia demente. Blancos o negros, y siempre de manera intuitiva. Animal. Igualmente Bolivia estaba herido. Quizás esa fuera su posible carta de triunfo, pero el terreno de las certezas le estaba vedado. Todo era pura conjetura y la sorpresa era la norma en vez de la excepción. Karlo jugaba ese juego con la actitud de quien no tiene nada que perder y lo (no tan) inesperado no tardaría en llegar.

-Nepal!

Una atmósfera de sorpresa se instaló en el claro. Incluso los soldados del Líder abrieron los ojos perceptiblemente y se miraron entre sí. Todos se sorprendieron, menos Karlo, que permanecía impasible.

-Huérfano en forma prematura y de manera traumática, quedó solo en el mundo. Vivió en las calles y se hizo famoso en el submundo de las peleas clandestinas. No perdió nunca a pesar de no haber cumplido los quince años. Una fortaleza física casi sobrenatural y el temperamento de un hombre de cuarenta años, a pesar de su corta edad. Fue acogido en un orfanato y reinsertado con éxito en un escenario más acorde a su posición relativa. Pero el mundo no es un lugar justo. Cierto día cinco delincuentes irrumpieron un día y él los venció con un cuchillo de cocina y sus manos. Mató a uno de ellos. Lástima. De allí a esta pequeña e íntima reunión, sólo un paso formal…

Ya estaban todos presentados. Ya todos sabían quién era quién. La mesa estaba servida, sólo faltaba saber cuál sería el menú. O para ser más gráficos aún, qué cabeza se presentaría en una bandeja al final del festín.

-Las reglas básicamente serán las mismas: Un círculo en la tierra. Diez minutos. Sólo uno sale. Esta vez no va a haber armas enterradas, sino que van a tener que utilizar sus propias manos. Vamos a ver de qué están hechos. Señores, todos a la arena. El tiempo corre para Ustedes.

Los tres jóvenes se quedaron en su lugar, mirándose entre ellos de manera franca por primera vez. ¿Todos a la arena? ¿Qué se suponía que debían hacer?

-Ya pasaron cinco segundos. No sé por qué dudan. Entran tres. Sale uno. ¿Qué parte de eso no entienden? Si no hay ningún vencedor en diez minutos, mueren los tres. ¡Amo las matemáticas cuando revelan su perfecta simpleza!...

El entendimiento actuó en sus cerebros como una corriente eléctrica intensa y simultánea, impulsando a los tres flamantes contendientes a correr en dirección al círculo, de modo que en un instante traspusieron aquella desprolija línea de cal hacia un terreno sin retorno. Nada sería igual para ellos después de eso, independientemente del resultado de la pelea.

Cómo era previsible, Sión tomó la iniciativa de inmediato. Tampoco era difícil suponer que su primer objetivo fuera Suiza. Velozmente logró tomar posición detrás de éste y comenzó a presionar con su antebrazo sobre el cuello, en una suerte de candado, enlazando a la vez sus piernas en torno a las de su oponente. Suiza se debatía en su impotencia y ensayó una maniobra desesperada: Cerró su puño en torno a los testículos de Sión y oprimió tan fuerte como pudo. Se generó una prueba de resistencia entre ambos, de modo que el primero en ceder estaría aceptando su suerte mansamente.

Mientras esta escena transcurría, Karlo permanecía a poca distancia, esperando. Desistió de sacar ventaja de su posición preferencial. Eligió aguardar y medir fuerzas con el vencedor. No obstante, el reloj seguía avanzando. Era probable que en instantes debiera rever su posición, si tenía expectativas de salir vivo de aquel improvisado ring.

De pronto la extrema tensión que involucraba los cuerpos de Sión y Suiza pareció ceder levemente. Las piernas de Suiza dejaron de sacudirse con fiereza y sólo comenzaron a intentar patadas espasmódicas al aire. Luego eso también cesó. Los ojos del desdichado se pusieron en blanco y su pecho, que un segundo antes bullía como un fuelle, se fue aquietando hasta detenerse totalmente. Finalmente el tormento de aquel desdichado había acabado.

Sión se tomó unos segundos para recuperarse del intenso dolor en los testículos, que le latían como un corazón de formas caprichosas. Con dificultad se puso de pie. Karlo seguía inmóvil, observándolo con una tranquilidad que asustaba.

- Quedamos vos y yo… -dijo Sión.
- Así parece.
- No tenés chance. Sos consciente de eso, no?

Karlo ensayó una media sonrisa despectiva y haciendo un gesto inequívoco con sus manos invitó a su oponente a acercarse…

- Vení. El tiempo es oro…

Sión gritó y arremetió contra Karlo, clavando su hombro contra el pecho del joven y provocando la caída de ambos por la fuerza del empellón. Con una habilidad prodigiosa, Sión logró repetir la posición que instantes antes había derivado en la muerte de Suiza. Era el cuello de Karlo el que ahora sufría el abrazo enérgico de Sión. Este usaba una técnica perfecta y era realmente fuerte. Karlo comenzó a desfallecer y su vista empezó a nublarse, desdibujando los contornos de su perspectiva. Misteriosamente, fragmentos de aquel sueño extraño de la noche anterior acudieron a su mente, embebiéndola como a una esponja:

- “…Tu verdadero trabajo todavía no empezó. Tenés que mantenerte con vida…” –había dicho Giuliano en aquel sueño (¿pesadilla?)

El codo derecho de Karlo salió disparado hacia atrás como un émbolo y con renovada energía, estalló contra el hígado de Sión, que acusó recibo del impacto pero no aflojó la presión. Hubo un segundo codazo. Y un tercero. Finalmente Sión emitió un grito ahogado y rodó hacia un costado aquejado por un dolor eléctrico. Karlo se incorporó y de un salto estuvo sobre su rival. “Tenés que mantenerte con vida”…las palabras de Giuliano resonaban en su cabeza con un eco sordo. “…Con vida. Tu verdadero trabajo…” apoyó sus pulgares sobre los ojos de Sión “…todavía no empezó…” Y Karlo presionó con todo el peso de su cuerpo.

Sión gritaba y se sacudía como un poseso. De pronto sobrevino un sonido viscoso y los globos oculares fueron expulsados de sus órbitas. Las cuencas vacías eran dos huecos rojizos en un rostro congelado por el espanto. Karlo miró casi en trance lo que tenía en sus manos: Dos ojos celestes con sus nervaduras arrancadas. Los arrojó con indiferencia a un costado, se puso de pie y dejando a sus espaldas el cuerpo agonizante de Sión, se dispuso a salir del círculo. De pronto advirtió que el ojo negro del cañón de una pistola lo observaba desde su profundidad amenazante. Era uno de los hombres del Líder, que habló desde una distancia que se le antojó kilométrica…

- El enemigo todavía vive. Vuelva y termine su faena. Le queda poco más de un minuto…

Karlo entrecerró los ojos y no se inmutó. La estación del sentido común había quedado atrás hacía mucho tiempo en aquella travesía sobre el tren de la demencia. Un tren conducido por el Líder y sus esbirros. Dio media vuelta y recuperó su posición dominante sobre la humanidad de Sión, que seguía gritando como un gato en una fogata. Karlo extendió su mano hacia adelante e introdujo tres de sus dedos en la boca del moribundo, de modo que dos de ellos bloquearon su garganta. Los gritos se transformaron en un quejido apagado, e instintivamente Sión mordió la mano de su verdugo. Los dientes comenzaron a dibujar un semicírculo rojo en el dorso de la mano de Karlo, mientras finos hilos de sangre comenzaban a gotear de modo cansino. Las arcadas pronto acudieron a la cita, culminando en un vómito violento, aguado y verdoso, por parte de aquel joven sin ojos. La asfixia llegó rápido y significó el punto final para aquella escena terrible. Nuevamente Karlo se puso de pie y se dispuso a salir del círculo. Esta vez sus pasos no fueron interrumpidos por nadie.

- Nueve minutos cincuenta y cinco…Nada mal.- sentenció el líder.

El joven pasó frente a él y sus hombres sin detenerse ni mirarlos siquiera. Se metió en su caballeriza y cerró la puerta tras de sí. Estaba en shock…

Pero estaba vivo.





miércoles 22 de abril de 2009

46-Onírico

El dramático espectáculo que habían ofrecido Bolivia e Inglaterra bajo la lluvia espesa, provocó en Karlo una sensación de vigilia permanente que ya no se iría de su cuerpo y su mente: Era un hecho. Tendría que pelear por su vida. Ya lo había hecho antes y volvería a hacerlo, asumiendo que estaba predestinado de algún modo a esos ciclos que incluían la violencia como forma de resolver cada situación límite que se presentaba en su vida.

En la oscuridad de la caballeriza degustó como si de un manjar se tratara las vísceras crudas de la gallina que un siglo atrás, aquellos hombres misteriosos habían arrojado desdeñosamente a sus pies. Mientras las devoraba presa de un hambre feroz, observaba como dos grandes ratas peleaban entre chillidos para hacerse de los restos desplumados del ave, que ya comenzaba a oler bastante mal. Cuando finalizó su banquete, Karlo apuró el resto del agua tibia que aún quedaba en la sucia botella de plástico y se secó los labios con el faldón de la remera negra que vestía, aún húmeda luego de su larga permanencia bajo la lluvia en aquel claro que se había convertido para él en la arena donde habría de dirimir su suerte.

Las sombras de la noche lo habían cubierto todo y el calor aplastante fue vencido por una brisa fresca que trajo alivio. El muchacho acostó boca arriba sobre el suelo de tierra apisonada, el cual extrañamente permanecía aceptablemente seco, y se dispuso a dormir. Qué tendría pensado para él el Líder? Otros dos jóvenes habían sido espectadores del combate de la tarde anterior. Sólo había podido dedicarles alguna mirada furtiva, habida cuenta de la disposición casi militar de la formación en línea a la que los habían conminado entre amenazas y gritos. Recordaba no obstante los apodos que el Líder les había asignado: Sión, al joven de rasgos semitas, y Suiza, al otro, aparentemente un tipo sin señas particulares llamativas. Uno u otro seguramente serían en poco tiempo jueces de todo aquello que importaba. Entre la bruma inquietante de sus pensamientos, los recuerdos que comenzaban a desdibujarse y la actividad creciente de aquel gen aletargado que lo convertía en una amenaza letal, Karlo se durmió…

De pronto estaba de pie en una playa desierta. El ruido regular del oleaje sonaba como un eco en su cabeza y le ocasionaba una molestia cercana al dolor, que crecía con cada embate del agua espumosa. Karlo estaba desorientado. A su alrededor, sólo arena inexpresiva. Un inmenso desierto. Un horizonte amarillo cortado como una cicatriz al fundirse con el azul diáfano y tórrido de un cielo confuso. Frente a él, el mar. La situación implicaba una encrucijada difícil de resolver: Caminar y morir o no hacerlo y morir de todos modos. No obstante, Karlo percibía que algo iba a ocurrir muy pronto. Era inevitable. Aquel escenario no preveía el largo plazo como una opción. Alguien o algo lo había depositado allí arbitrariamente, como el peón de un siniestro juego de ajedrez. Como respuesta a sus reflexiones, Karlo divisó un punto negro en el agua a unos 20 metros de la playa. Progresivamente iba agrandándose, hasta dejar bien en claro que se trataba de una figura humana que brotaba del mar y avanzaba hacia la orilla. Era un hombre corpulento, sus ropas raídas y su cabello cubierto de algas. El color grisáceo de su piel le confería una opacidad sin vida, enmarcando unos ojos vidriosos de pupilas muy dilatadas.
Karlo entrecerró los ojos para burlar el reflejo del sol en el agua y hacer foco en aquel rostro que de una manera imprecisa le parecía familiar. Fue un extraño detalle el que echó luces sobre sombras en el entendimiento del joven Karlo: El cuchillo tramontina, cuyo mango de madera rústica con dos pequeños remaches dorados se erguía surgiendo desde el cuello de aquel hombre, mientras que la hoja dentada se ocultaba entre músculos, cartílagos y arterias. Era el Indio, un siglo después. No era posible, pero era él. Había vuelto de la muerte para ajustar cuentas, para vengarse, para no pecar de confiado una vez más. En esta ocasión sería diferente. Karlo no lo sorprendería ni le haría daño. No se puede matar a un muerto.
El Indio (o lo que quedaba de él) caminó por la playa dejando profundas huellas en la arena con unos pies sin uñas, devoradas por los peces durante su estadía inexplicable en una profundidad insondable y llena de preguntas.
Se detuvo a pocos centímetros de Karlo, quien estupefacto, sólo atinó a mirarlo sin sonreir ni pestañear siquiera.
El Indio tomó con parsimonia la empuñadura de aquel cuchillo que brotaba de su cuerpo en forma grotesca y comenzó a sacarlo lentamente. La hoja cedió con un ruido viscoso, impregnada de una sustancia negruzca que alguna vez pudo haber sido sangre. La criatura que segundos antes había salido del mar ante sus ojos miraba el cuchillo, y sin dejar de hacerlo comenzó a hablar. Su voz no era humana. En los silencios de sus frases, un gorgoteo húmedo.

- Me la hiciste bien, pendejo. Me descuidé. Ahora es distinto. Vengo a llevarte conmigo a un lugar especial. Hagámoslo rápido, no hagamos esperar a toda esta gente que la eternidad no es tan larga como todos suponen…

Karlo dio vuelta la cabeza hacia el sitio que el Indio había señalado y pudo ver a sus padres, de pie en la arena, con sus cuerpos descompuestos y sus miradas vacías. Comenzó a dar crédito a la hipótesis de la locura: definitivamente estaba perdiendo la razón. Unos metros más allá, sentada en el suelo, una mujer jugaba en la arena como si fuera una niña. Cavaba un pozo, hacía montículos, armaba figuras…prácticamente todo su cuerpo se hallaba quemado. De pronto volvió su cabeza hacia Karlo y cuando los ojos de los dos se encontraron, él sintió que conocía a aquella mujer de un modo familiar, extremadamente cercano, pero no pudo descifrar el enigma de su identidad.

- No me cuidaste. Juraste que ibas a hacerlo, pero no me cuidaste. Ojalá te pudras en el infierno.

Karlo comenzó a llorar. Primero en silencio, luego perdiendo toda compostura y manifestando una desesperación conmovedora.

- Karlo…-una voz a sus espaldas.

El muchacho se volvió y pudo ver a Giuliano, que lo observaba con el gesto indulgente de siempre. Sintió que revivía, que la cordura volvía a su cuerpo: Un ancla que lo mantenía unido a la realidad. Acaso eso no había sido siempre Giuliano en su vida?

- Karlo, el Señor obra de modos misteriosos. Hacé lo que tengas que hacer. Escuchá a tus instintos. Tu verdadero trabajo todavía no empezó. Tenés que mantenerte con vida. Sé que vas a estar a la altura. Siempre estuviste.
- Padre, quién es esa mujer?
- Este es un lugar sin tiempo. No intentes entender todo de un modo racional. Confiá sólo en vos mismo…y en Dios.

Dicho esto, giró sobre sus talones y comenzó a alejarse de Karlo, quien lo siguió con la mirada hasta que el Padre se perdió de vista en ese océano de arena amarilla. Sin dejar de pensar en las palabras de Giuliano, Karlo se volvió con el tiempo mínimo indispensable para advertir como el Indio daba una estocada frontal con el cuchillo a la altura de su tráquea. Lo sorprendió una sensación de cartílago desgarrado. Intentó gritar, pero no pudo. Ya la sangre brotaba hacia afuera y hacia adentro con idéntica abundancia. La sintió resbalar hacia su esófago como un torrente tibio. El indio lo observaba desangrarse con paciente fascinación, hasta que luego de unos segundos eternos, dijo:

- Vamos, pendejo…ya es hora…

Y Karlo despertó en la oscuridad de aquella caballeriza austera y derruida, con los primeros rayos de sol que se filtraban por los orificios del techo de chapa acanalada.
Fuera del cubículo se intuían los aprestos de alguna actividad. Una que seguramente lo tendría como protagonista.

Efectivamente.

Ya era hora.

domingo 11 de enero de 2009

45- Uno menos

Las pocas decenas de metros que separaban a ambos jóvenes del círculo que representaría la vida o la muerte para ellos, parecían una distancia maratónica a causa de la adrenalina que inundaba sus venas convirtiendo ese par de corazones en sendas baterías de rock pesado.

Cuando estuvo a un metro de la línea de cal, Bolivia saltó hacia delante como si se zambullese en una pileta. Si bien el terreno estaba sembrado, la cantidad de agua caída se había acumulado de tal manera que todo era ahora un lodazal con importantes charcos. Bolivia cayó torpemente y levantó una ola al caer. El cuadro hubiera sido gracioso si no fuera porque en menos de diez minutos tal vez estaría muerto bajo esa misma lluvia que ahora lubricaba sus movimientos vivaces. Desesperadamente comenzó a cavar con sus uñas sobre un terreno originariamente duro, transformado ahora por efecto del agua en una sustancia chocolatosa y espesa.

Inglaterra llegó casi simultáneamente al círculo, pero a diferencia de Bolivia no se preocupó por hallar las armas enterradas a las que había aludido el Líder. Sus ideas eran otras: El consideraba que no necesitaba armas para matar.

Bolivia estaba en cuatro patas, cavando frenéticamente e ignorando a su oponente. Tal vez cederle la iniciativa unos segundos le permitiría hallar algo de lo que aquellos sádicos dementes habían enterrado: Un revólver? Un cuchillo? Cabía la posibilidad de que no hubiera nada y todo fuera una treta para desafiar su capacidad de improvisación?
Ya no había tiempo para dudar. Seguiría cavando.
De pronto sintió un golpe que le cortó la respiración. Inglaterra le había pateado las costillas desde un costado haciéndolo caer de lado primero y de espaldas después. Sintió la lluvia sobre su rostro. Fue agradable por una fracción de segundo, pero sobrevino un segundo golpe en el mismo sector de su parrilla costal, esta vez con la planta del pie. Y hubo un tercer golpe. Sus costillas crujieron. Seguramente un par estarían quebradas. Inglaterra soltó una carcajada y se tomó un instante para recobrar el aliento. La mano derecha de Bolivia, inmovilizado en el suelo por el dolor, había quedado bajo un gran charco de agua, que había aumentado su profundidad por la excavación breve que el muchacho había ensayado. Fue entonces cuando la yema de su dedo mayor dio con un elemento metálico. Sus dedos comenzaron a moverse lentamente, intentando tomarlo.

Mientras tanto Inglaterra ya estaba sobre el cuerpo de Bolivia. Se sentó a horcajadas sobre su pecho y como azuzara a un caballo, golpeó con su puño la zona de las costillas que segundos antes se había encargado de pulverizar a golpes. Bolivia gimió…

-Te duele, no?
-…
-No importa. Ya falta poco, negrito. Quedate tranquilo. –Inglaterra no paraba de sonreír con su espantosa dentadura amarillenta y despareja. Era evidente que lo estaba disfrutando.

De pronto la voz del Líder interrumpió la fascinación de un momento que tenía hipnotizados a todos los testigos. No volaba una mosca. Sólo se oía el repiqueteo de la lluvia sobre el techo de chapa de las caballerizas.

-Quedan cuatro minutos. O muere uno o mueren los dos. Las reglas son claras.

Inglaterra se puso serio y juntó sus manos en torno al cuello de Bolivia. Luego comenzó a presionar cargando el peso de su cuerpo sobre los brazos, para hundir la tráquea y acelerar el colapso.

-Me divertiría un poco más con vos…pero hay que hacerlo rápido, vos comprenderás Ja!

El rostro de Bolivia empezaba a tomar un tono azulado. Sus chances se reducían y era probable que estuviera transitando el último par de minutos de una vida ingrata.
De pronto su mano derecha surgió como una catapulta de entre el barro y algo se hundió en la mejilla de Inglaterra. Era una media tijera: Sólo una de las patas, con su ojo circular y su hoja puntiaguda. Una simple, vieja y oxidada tijera de sastre que ahora separaba ambos maxilares de Inglaterra, entrando por una mejilla y saliendo por la otra.

Sorprendido por el giro de los acontecimientos, Inglaterra comenzó a gritar con la media tijera presentada como una brochette extremadamente original.

Al límite de sus fuerzas, Bolivia se incorporó y no intentó ser creativo. Simplemente invirtió roles y se sentó en el pecho de su rival, momentáneamente fuera de combate más por la sorpresa que por la herida en sí. El nuevo dominador de la pelea tomó la media tijera por su mango y la sacó de un tirón, generando un sonido espeluznante al rozar el acero mellado contra los dientes del herido. Bolivia empuñó el trozo de metal devenido en arma mortal y habló por primera vez desde el principio de la contienda…

-No es personal…Pero podría serlo.

A continuación, sin quitarle la vista de los ojos, introdujo la hoja de la tijera bajo la axila izquierda de Inglaterra a la altura del corazón. Luego dio un giro brusco a su mano para permitir el paso del aire. Sobrevino un quejido sordo y el pecho de Inglaterra dejó de inflarse progresivamente, hasta quedar completamente inmóvil.

-Tiempo!! –Dijo el líder.

Bolivia salió del círculo lentamente y caminando con dificultad. Su torso desnudo revelaba una mancha violácea, indicio de la gravedad de la lesión en sus costillas. Con sumisión y en silencio volvió a tomar su lugar en la fila.

-De eso se trata –habló de nuevo el líder-. Espero que lo entiendan rápido. Debe quedar sólo uno. El mejor…Vuelvan a sus cuevas.

Suiza y Sión dieron media vuelta y regresaron al trote a sus caballerizas. Los hombres del Líder se desplazaron presurosos a asegurar las puertas. Bolivia se quedó quieto. Aún no se reponía del todo. Karlo giró su cabeza y avanzó hacia el muchacho con la intención de ayudarlo…

-Ni se te ocurra. Dije “a tu cueva”. No me hagas repetirlo…

El líder seguía inmóvil en su sitio, contemplando la retirada de los jóvenes mientras el cadáver de Inglaterra se seguía desangrando bajo la lluvia.

Karlo miró al Líder con ojos encendidos. Luego llevó sus ojos a Bolivia, que también lo estaba mirando. Hicieron contacto. El joven asintió con la cabeza con agradecimiento. Karlo también bajó la barbilla en un improvisado “de nada”.

Luego trotó a su caballeriza.

Faltaba poco…Cada vez menos.

domingo 28 de diciembre de 2008

44- Eliminatorias

La mañana siguiente ofreció a Karlo el respiro de la lluvia. Despertó a causa del repiqueteo persistente de las grandes gotas sobre el techo de chapa de la caballeriza, al tiempo que una buena cantidad de agua se filtraba al interior del recinto por los no pocos orificios fruto del tiempo y la herrumbre.
Sin perder tiempo Karlo se puso de pie y abrió la boca debajo del chorro más importante. El agua le supo de maravillas: sació su sed y al mismo tiempo le quitó el mal sabor de boca que le había dejado la gallina cruda, gran parte de la cual había ingerido obligándose a tragar cada bocado entre arcadas de repulsión.
Minutos después los goznes de la puerta chirriaron. El enorme soldado de color, enfundado en esta ocasión en un impermeable tan negro como su tez, lo conminó a salir con un grito seco. Karlo obedeció, y se dirigió al trote al centro del claro en el que había formado el día anterior junto a los otros 4 jóvenes, que al mismo tiempo dibujaban sus siluetas bajo la lluvia intensa. En instantes estaban los cinco en línea. El hombre es un animal que aprende rápido, aún en contra de las numerosas excepciones a esa regla.
El hombre sindicado por Karlo como “el líder” estaba de pie frente a ellos, flaqueado por el segundo de los soldados.
Para Karlo todo era una gran incógnita. De a poco el panorama se iría aclarando. Para bien o mal. Cuando los movimientos cesaron, el líder estudió la situación con la mirada y empezó a hablar:

-Yo sé todo sobre Ustedes. Sus historias. Sus vergüenzas. Sus miedos. Sus habilidades. En cambio Ustedes no saben nada el uno del otro. Se los digo para que no piensen en quien tienen al lado como un compañero de aventura, un camarada de armas o un posible amigo. Más temprano que tarde es probable que tengan que matar o morir. Sólo habrá lugar para uno. Para el mejor.

Hizo un gesto con la mano y el soldado blanco le alcanzó un par de folios plásticos con documentación en su interior, protegida de ese modo para poder ser leída aún bajo la lluvia.

-Bolivia!

El muchacho de tez trigueña que había sido bautizado con ese nombre el día anterior, se dio por aludido con un respingo.

-Instruido como Suboficial del ejército. Destacado en la instrucción de combate pero bastante limitado en la faz académica. Fue exonerado por participar en una de las rebeliones carapintada. Como mano de obra desocupada hizo trabajos sucios para empresarios. Aprietes. Extorsiones. Finalmente tomó un bocado demasiado grande para su boca: Secuestro extorsivo seguido de muerte.

-Fue un accidente…-masculló Bolivia con voz queda.

El líder levantó la vista y volvió a dirigirla al papel sin hacer comentarios. Prosiguió.

-Hábil en la lucha cuerpo a cuerpo. Excelente en el manejo de armas de fuego y aficionado a los explosivos. Cuando fue captado de enfrentaba a una condena a reclusión perpetua. Eligió el purgatorio. Hoy vamos a saber de qué estás hecho. Un paso al frente!!

Bolivia dio ese paso aún sin entender del todo la situación. Permaneció de pie, esperando que el líder terminara su perorata que en esta ocasión lo involucraba directamente.

-Inglaterra…

La mirada del muchacho de dentadura horrenda era diferente a la de Bolivia. Diferente en el mal sentido. Karlo supo que lo que el líder diría a continuación posiblemente cambiaría las cosas de una manera drástica.

-Hace tres años abusó y mató luego a una niña de 5 años. Cuando aún tenía su cuerpecito inerte entre las manos fue sorprendido por el padre de la nena. Calmado como agua de pozo resistió el embate de aquel hombre desesperado y lo mató clavándole un hierro del 8 en la aorta. Esperó a la policía cómodamente sentado entre los dos cadáveres. Reclusión perpetua…

Inglaterra levantó la vista…y sonrió. Karlo notó el gesto y un ramalazo de furia subió desde su estómago hasta su coronilla.

-En Marcos Paz mató a tres internos con una faca casera. Un asesino nato. Su instinto es su mayor habilidad. El director del Penal se mostró feliz cuando conoció nuestro interés de sumarlo al programa.

El líder había usado la palabra “programa”. Eso era nuevo. De eso se trataba. Un proyecto extremo, casi demente, del cual hasta el momento todos sabían poco más que nada. Habría que seguir, una vez en el baile…

-A su derecha pueden ver un gran círculo de cal en el suelo –en efecto, allí estaba-. Les voy a explicar cómo funciona. Enterradas a pocos centímetros hay varias armas. Inglaterra y Bolivia van a entrar en el círculo. Sólo uno va a salir de él vivo. Si alguno contraviene esta regla, va a recibir un tiro antes de que pueda pensar en qué mano usa el reloj. Si en diez minutos ninguno de los dos logró matar a su adversario, mis hombres los van a matar a los dos sin vacilar…

Se detuvo y miró a ambos jóvenes. Inglaterra ya no sonreía, pero su cuerpo se había tensado. Abría y cerraba los puños intermitentemente. Destilaba ansiedad, aunque no miedo. De un modo extraño se sentía a gusto. Bolivia se veía bastante más tranquilo, aunque tampoco lucía temeroso. Casi se sentía afortunado por tener la chance de darle su merecido a una lacra como la que en segundos tendría cara a cara.

-Entonces, Señores, si no tienen dudas, sus diez minutos empiezan a contar a partir de ahora…

Bolivia e Inglaterra corrieron bajo la lluvia casi sin sentir las piernas hasta el círculo.

Donde la verdadera acción comenzó…

sábado 27 de diciembre de 2008

43- Afilando las garras...

El joven Karlo despertó ya entrada la noche en el suelo de la sucia caballeriza que era su hogar desde hacía un par de días. Desorientación, hambre, sed y dolor fueron sus sensaciones inmediatas, sucediéndose en su cerebro como fotogramas cinematográficos.
Pronto cayó en la cuenta del sitio en que se hallaba y recordó de inmediato el discurso del líder, un pseudo dictador de baja estofa que disfrutaba su parcela de poder a costa de cinco muchachos que habían llegado hasta allí por una burla del destino. Se tocó la frente con la mano y notó una prominencia dolorosa. El golpe había sido lo suficientemente fuerte como para desmayarlo, aunque por fortuna las secuelas se limitaban a aquel chichón que latía de un modo sordo.

Intentó aclarar sus pensamientos y descubrió que en su cabeza las cosas estaban más caóticas de lo esperable. Debía establecer prioridades. Salir vivo de allí era la primera. Quién sabe qué mente enferma podía someter a un grupo de personas a semejantes vejámenes y con qué objeto. El estaría a la altura, y si moría no sería por rendirse. Lucharía. No importaba contra quién, con qué armas o relación de fuerzas. Querían que peleara? Había sido su numerito de “…a Karlo se le salió la cadena…” lo que lo había llevado hasta allí? Entonces probablemente sería lo que lo haría salir de ese lugar infernal…
El siguiente día definiría muchas cosas, y aunque Karlo aún no lo sabía se estaba preparando de la manera adecuada. De vida o muerte. A eso se resumiría todo.
Ya no más complacencia. Ya no más docilidad. Cuando acorralan a un animal contra un rincón, sólo puede salir hacia un sitio: Hacia delante. Y lo haría mordiendo y rasgando.

El reflejo de la luna llena se filtraba por las rendijas de la puerta y por los orificios del techo, lo suficiente como para que la oscuridad de la pequeña estancia no fuera absoluta. A unos 40 centímetros de sus pies, Karlo divisó dos sombras cuya forma reconoció de inmediato: La pequeña botella de agua turbia llena hasta la mitad y la gallina muerta que hacía un siglo habían arrojado dentro de su cubículo. Lentamente se arrastró hasta allí, tomó la botella y tragó un sorbo de agua, que se deslizó por su garganta brindándole una indescriptible sensación de alivio y placer, aunque estaba lejos de ser suficiente. Se sentía débil y eso no era bueno. Tenía que poner remedio a ese flanco vulnerable a como diese lugar. Si Giuliano hubiera estado con él en aquella caballeriza, se le hubiera erizado la piel al ver la expresión de los ojos de Karlo. El switch se había accionado. El fuego en las pupilas, la locura hostil que lo embriagaba conviertiéndolo en una máquina de matar comenzaba a aflorar como el sol por el este. Ya completamente decidido y dejando atrás todos sus pruritos, se sentó en el suelo con la espalda apoyada en una de las paredes, tomó el cuello de la gallina blanca con restos de sangre seca alrededor del pico y con lentitud y firmeza comenzó a desplumarla.
Sonriendo...

lunes 17 de noviembre de 2008

42- Acechando en las sombras

Paco había confirmado todas las sospechas que su entorno inmediato tenía acerca de su esencia: Era un pusilánime sin agallas, que al estar con Karlo frente a frente se había paralizado presa de un terror absoluto. Ahora se avergonzaba de sí mismo, y si bien defendería con su vida el secreto de lo que había sucedido segundos antes, él conocía la verdad y tendría que vivir con ella.
De pronto como si algo se hubiera activado en su interior, detuvo el auto con una frenada brusca que le valió un insulto a la distancia del conductor que circulaba detrás. Estacionó el auto y desandó el camino que había recorrido desde la casa de Karlo. Unas 5 cuadras de odio y rencor, clamando por una satisfacción que reparase la humillación sufrida. Avanzó con sigilo y caminó durante algunos minutos por la cuadra de Karlo, eligiendo la acera opuesta a la del edificio en cuestión. Finalmente logró lo que buscaba: Una vieja entretenida con su pequinés histérico sostenía la puerta del edificio situado diametralmente frente al de Karlo, mientras le hablaba al animal como si fuera un niño:

-Adentro, Sultán…Vamos! Caminá, querés?

-Buenos días –Paco entró en el edificio como si fuera un vecino más. La mujer casi ni le prestó atención. Una consecuencia de la atomización social de estos tiempos en que no se conoce a quien vive pared por medio.

Tomó el ascensor hasta el último piso, y luego subió un pequeño tramo de escalera hasta llegar a la terraza. Por suerte para él la puerta estaba abierta. Salió al exterior y sintió en la cara el cachetazo del viento del 6to. Piso. Era un edificio bajo; la fortuna lo seguía acompañando. Se orientó en un instante y buscó ubicación en el sector de la terraza que daba a la calle. Los autos se veían pequeños y algo más lentos. Tenía una buena perspectiva de la entrada del edificio. Había subestimado a Karlo: Debía haber hecho esto desde el principio. El piso de Karlo era el tercero. Había tres balcones en cada piso, pero no tenía idea si el departamento de Karlo daba a la calle o era interno. Se concentraría en la puerta, pero jugaría unos boletos a los ventanales. Tal vez la suerte fuera completa y obtendría resultados antes de lo esperado. Si el tipo con el que ahora tenía algo personal ocultaba algo, él lo iba a descubrir, aunque debiera pasar el resto de su vida sobre aquella terraza.

Pasaron lentos los minutos, las horas. El sol del mediodía había cedido ante el avance de un hermoso atardecer. Paco ya había meado tres veces en una rejilla, se había escondido dos veces tras una columna cuando unas vecinas subieron a tender la ropa y se había comido las dos barras de cereal que guardaba en el bolsillo del saco. El Falcon no se había movido y él ya tenía los ojos enrojecidos de tanto fijar la vista. Ya estaba pensando en diagramar un plan “B” para el día siguiente. Observar durante la noche no tenía sentido.

De pronto algo le llamó la atención: En el balcón del centro del tercer piso, una muchacha menuda pero indudablemente hermosa, miraba la calle con aire nostálgico.

-“A lo mejor se saca la ropa. Estaría bueno.” –Pensó Paco, y se le llenó la boca de saliva.

Fue ahí cuando el niño cantor develó el premio gordo de navidad. Por detrás de la mujer, la silueta inconfundible de Karlo hizo su aparición y sus ademanes indicaban que le estaba hablando con firmeza. Retándola. Si. Era eso. La estaba retando. La chica se apartó de la ventana y Karlo miró hacia fuera. A un lado y al otro. Hacia abajo…y hacia arriba. A Paco le corrió un escalofrío por la espalda hasta que se dio cuenta que la distancia y la diferencia de luz lo hacían invisible a los ojos de Karlo, que cerró las cortinas con un movimiento corto y veloz.

Era el momento de irse. Caminó hacia la salida y al acceder al pallier del ascensor, un hombre lo interceptó y lo interpeló con altivez:

-Quién es Usted? Qué hace acá? –Estaba vestido con ropas de trabajo. Era el encargado haciendo ni más ni menos que su trabajo, ese que había hecho mal al olvidar la terraza sin llave.

-Ya me voy. No se preocupe…

-Espere. Usted no va a ningún lado. Voy a llamar a la policía.

Paco recogió hacia atrás el faldón de su saco, exhibiendo la culata de una pistola 9 mm.

-Dije que ya me iba. Agarrá la manguerita y no te hagas el héroe, que no vale la pena.

El portero se hizo a un lado levantando las manos. Paco subió al ascensor sin dejar de mirarlo. La puerta de calle estaba abierta una vez más, mientras dos vecinas conversaban quejándose de la suba de las expensas. El día no terminaba tan mal después de todo.

-Buenas noches –dijo Paco al pasar.

-Buenas noches…-respondieron las mujeres a coro.

En pocos minutos Paco estaba sobre su auto avanzando raudamente hacia la casa de Mónaco.
Ansioso, como un adolescente que va a su primer baile.

viernes 14 de noviembre de 2008

41- Como si fueras su sombra

Cuando Melanie recuperó el sentido luego del golpe en la cabeza, se hallaba una vez más tendida en la cama de Karlo. Una y otra vez los vericuetos del destino la llevaban hacia allí. Y a decir verdad, cada vez se sentía más mullida y confortable. En su semi conciencia aún obnubilada, se sentía a gusto. Karlo estaba sentado a su lado, acomodando una bolsa de hielo debajo de su nuca. La sensación de frío le causó un rechazo instintivo, seguido de un innegable alivio a aquel palpitar hinchado y doloroso.

-A dónde ibas? Te dije que no salieras si no era una emergencia.-su tono era firme, pero indulgente a la vez.

-Me sentía ahogada. De pronto sentí que necesitaba salir…

-Me parece que no tenés una real dimensión de tu situación. Acabo de determinar que la policía te está buscando, y es más probable aún que Indigo quiera encontrarte como sea. A vos y a mí. Hay un tipo estacionado enfrente que me está siguiendo, posiblemente mandado por mi jefe, que es más peligroso que la policía e Indigo juntos…Vas entendiendo?

-Si. Disculpame si te puse en peligro…

-No me pusiste en peligro a mí. Creéme que sé cómo cuidarme. La que está corriendo un gran riesgo sos vos, si te llegan a encontrar.

-No va a volver a pasar. No voy a salir hasta que vos me lo digas…

Karlo asintió con la cabeza y la dejó sola en el dormitorio. Se había comprado un problema enorme al llevar a la chica a su departamento, pero lo hecho, hecho estaba. Ahora debería encarrilar las cosas lo mejor posible. Al salir de la casa de Mónaco y luego de recorrer unas pocas cuadras en su Falcon, había notado que alguien lo seguía. No tardó mucho en descubrir que era Paco. Su sigilo era el mismo que el de un enfermo de Parkinson con un traje de cascabeles. Faltaba que en el parabrisas de su auto llevara un cartel que dijera “te estoy siguiendo” con letras invertidas para ser leídas por el espejo retrovisor. Ni se molestó en tratar de evadirlo. El tipo no le inspiraba ningún temor. No lo consideraba una amenaza, y si era Mónaco el que lo había enviado (Karlo había podido ver la desconfianza en los ojos de su jefe), el tratar de despistar a su perseguidor sólo despertaría sospechas.

Al llegar al departamento, estacionó el Falcon en la puerta y se quedó observando desde un lugar discreto del pallier. El Renault 19 de Paco se detuvo enfrente, a unos 20 metros de la entrada. El conductor detuvo el motor y se quedó allí. Aparentemente tenía órdenes de seguirlo a sol y a sombra. Mientras subía a su departamento del tercer piso sopesó los riesgos de que Paco viera a Melanie allí. Sería grave y lo pondría en una situación sin retorno, ya que quedaría en evidencia su mentira a Mónaco. Y a Mónaco no se le miente y se vive para contarlo…

Al salir del ascensor, la oscuridad del pasillo fue invadida por la claridad que salía de uno de los departamentos cuya puerta se abría como una gran boca rectangular. Su departamento. Y la silueta de Melanie dibujada como una mancha gris oscuro a causa del contraste de luminosidad. Karlo dio dos grandes pasos e intentó bloquear con su cuerpo el avance de la muchacha, que víctima de un susto de muerte resbaló hacia atrás y cayó golpeando su cabeza contra la puerta. Otra vez desmayada. Con resignación de Santo Karlo la había levantado y trasladado en brazos hasta su propia cama. Luego pensó en la bolsa de hielo para tratar el chichón de la nuca, que ya se apreciaba a simple vista. Había hablado con Melanie y ella pareció entender. La dejó descansando y se retiró. De momento tenía otros asuntos que requerían su atención.

Al llegar Paco a la casa de Karlo, detuvo su auto y se estacionó paralelo al cordón intentando ser invisible. Allí se quedaría hasta que fuera necesario. Mónaco le había encomendado un trabajo tedioso, pero era la oportunidad por la que había estado bregando desde hacía tiempo. Ese Karlo era un fraude. Había creado un mito en torno a si mismo con su aura misteriosa y su gesto hosco. El no se tragaba ese personaje, detrás del cual tal vez hubiera un hombre corriente con miedos y debilidades como cualquier otro. Karlo se había hecho fama de animal salvaje con instinto asesino. Pero los animales salvajes también sangran. Paco se llenaba la boca diciendo a quien quisiera escucharlo que no temía a Karlo. Que llegaría el momento de medir fuerzas y él se encargaría de demostrarle al mundo que aquel hombre al que todos esquivaban la mirada era un fantoche que sólo sabía venderse bien.

Vio a Karlo ingresar al edificio y asumió que su estadía sería larga a fin de cuentas. Se acomodó en la butaca buscando una posición confortable y se limitó a esperar. Fijó la vista en la entrada del edificio dispuesto a no despegarla de allí. Era desgastante. Y el hecho de no tener claro cuánto demandaría la tarea (quizás Karlo estaría durmiendo con dos Rivotril encima por 12 horas) y la espera podría convertirse poco menos que en un tormento.

El tiempo fue pasando y el cansancio comenzó a hacer mella en la energía de Paco. Sus párpados empezaban a pesarle y sus ojos se enrojecieron de tanto fijar la vista en un mismo punto, sobresaltándose ante cada falsa alarma cada vez que alguna persona entraba o salía del inmueble.

Finalmente cerró los ojos y descansó la vista unos segundos, frotándose la cara con ambas manos. Cuando sus párpados volvieron a abrirse, Karlo estaba de cuclillas fuera del auto, con su rostro a centímetros del suyo. A causa del lógico sobresalto hizo un movimiento brusco y Karlo introdujo su enorme mano izquierda por la ventanilla, tomando a Paco del cuello y ejerciendo una presión que le permitía respirar, aunque no sin esfuerzo.

-Vos querés meterte conmigo?

-N-No…

-Por qué me seguís? Te mandó Mónaco?

-No…Estás equivocado…No te estoy siguiendo…

La mano de Karlo incrementó su presión. Paco emitió un quejido ahogado.

-Me estoy enojando…

-Pará…pará…Dejame explicarte…

-Te escucho. No te equivoques. No me mientas…-La presión de Karlo no aflojaba.

-Mónaco me mandó a…cuidarte…por si Indigo…te encuentra…

-Voy a suponer que es verdad lo que me decís. Si yo dependiera de que vos me cuides, creo que preferiría pegarme un tiro yo mismo. Decile a Mónaco que su confianza es importante para mí. Que no hace falta que me mande seguir. Y decile que si te veo a vos o a algún otro en una situación similar, le voy mandar tus bolas en un frasquito con salmuera…Y de paso, vos date por enterado…entendiste?

Paco asintió con la cabeza varias veces en un movimiento nervioso. Karlo lo soltó y el hombrecito respiró hondo para recobrar el aliento.

-Ahora andate.

Paco lo miró con los ojos desmesuradamente abiertos. Estaba aterrado. Puso en marcha el vehículo sin decir palabra y la caja de cambios chirrió cuando intentó poner primera sin presionar el embrague. Finalmente arrancó y se alejó velozmente, mientras Karlo seguía con la mirada el desplazamiento del auto.

No era una declaración de guerra para con Mónaco. Era sólo una demostración de fuerza.

Un metamensaje que decía claramente “No te tengo miedo”.




miércoles 12 de noviembre de 2008

40- El líder

-No valen nada…

El hombre adoptó un tono despectivo al pronunciar esa frase y luego hizo un silencio prolongado sin dejar de mirar a los jóvenes de uno en uno, girando la cabeza lentamente y sonriendo con aparente desgano. Al cabo de unos segundos, prosiguió…

-Sus talentos no valen nada, las expectativas que pusieron sobre ustedes no valen nada…Sus vidas no valen nada.

Karlo estaba aturdido y desorientado, en medio de un manicomio pesadillesco. Definitivamente, la cárcel no hubiese podido ser peor que esto.

-Serán puestos a prueba a cada momento. Yo les voy a dar un infierno que no olvidarán mientras vivan…y eso tal vez sea poco tiempo. En lo que a Ustedes concierne, yo soy lo más parecido a Dios en este lugar: Su versión del mundo real durante un tiempo del que perderán noción muy pronto. No debo rendir cuentas a nadie –acaso Dios lo hace?-. Los voy a presionar hasta que me plazca. Voy a divertirme viendo de qué son capaces lo cual creo, señores, que no será demasiado…

El hombre se adelantó hasta la línea formada por los cinco muchachos, deteniéndose a unos 30 centímetros de ellos.

-Vamos a tener que ponerles nombre, ya que hoy están naciendo de nuevo. Tomen esta charla como un alumbramiento poco ortodoxo. Sus partidas de nacimiento, sus legajos en el Renaper, sus historiales escolares…todo fue cuidadosamente eliminado. Si alguno piensa en escapar, tal vez nos ahorre tiempo: Están previstos los medios para que estén muertos antes de hacer 100 metros después de la línea de los maizales. Si alguno es curioso, lo invito a probar suerte. Ustedes oficialmente, ya no existen. Es como si nunca hubieran pisado la faz de la tierra. Desaparecidos…30.005 es un buen número, no? –ahora usaba la ironía, con dudoso gusto.

Se paró frente al primero de los jóvenes. Un muchacho de tez trigueña, ojos achinados y cabello negro e hirsuto. Lo miró a los ojos unos instantes. El chico le sostuvo la mirada, en una muestra de entereza.

-A Ustedes les voy a poner nombres de países. Si. Me parece una buena idea. Y vos tenés cara de Bolivia. Ya está: Bolivia. Bienvenido al purgatorio. Acá no hay cocaína, ajo ni corpiños en la calle, pero te vas a terminar acostumbrando.

Bolivia hizo silencio. Una buena decisión.

El líder se desplazó hacia su derecha y se enfrentó con un muchacho alto y espigado. Su cabello era rubio, aunque la transpiración y la suciedad provocaba que se adhiriera en mechones oscurecidos a los lados de su cabeza. Ojos claros y dentadura despareja, con el maxilar superior ligeramente adelantado, lo que provocaba que su boca quedara entreabierta al respirar.

-Qué lindos dientes, Inglaterra! No te confíes. Esto no es Malvinas…

El tercero de los muchachos tenía nariz aguileña, pecas y cabello rojizo. Para sus adentros debió maldecir a la genética: Sus rasgos eran decididamente semitas. Y había una posibilidad en un millón de que aquel hombre admirara el espíritu del pueblo judío, hecho que se evidenció casi de inmediato.

-Es raro. Aquí no hay bancos, comercios, ni cuevas de usura. Parece que este judío se perdió de su rebaño. Israel es difícil de pronunciar. Vos vas a ser Sion. Es mejor, según lo veo. Y recordá que yo soy Dios…Tus antepasados no reconocieron al Mesías cuando vino a la tierra. Mejor que conmigo no repitas ese error.

Karlo pensó “este pibe la va a pasar mal”, sin sospechar que al momento de repartir tempestades el líder no iba a discriminar a pesar de su esencia.

El cuarto de los muchachos no tenía rasgos estereotípicos. Iba a ser difícil para este loco de atar repleto de prejuicios encontrar un nombre que lo conformara. Era el momento de saber si era tan ingenioso como hijo de puta. Y al parecer, debería esmerarse.

-Vos sos un híbrido. No sos un negro de mierda, no sos gordo, flaco, pelado, chueco. No sos lindo ni feo. Sos un híbrido. No tenés personalidad. No tomás posiciones. No decís nada! Suiza!! Cómo no lo pensé antes…jajaja

Aún riéndose de su ocurrencia llegó frente a Karlo y enseguida percibió en él algo distinto. La expresión de su rostro se ensombreció, expulsando cualquier vestigio de diversión.

-Vos sos jodido. Tenés algo en los ojos. No sé qué es, pero creéme que te lo voy a sacar. No sé qué esperar de vos. Sólo vi esa mirada una vez, en la cara de un Gurja. Sabés qué son los gurjas?

Karlo no contestó…

-Son guerreros de Nepal, mercenarios pagados por Gran Bretaña para hacer su trabajo sucio. Máquinas de pelear que van al frente como si no hubiera un mañana. Estuvieron en Malvinas, pero vos sos un pendejo de mierda. No tenés ni idea. Igual te voy a dar crédito: Vas a ser Nepal para mí…

Se volvió dando la espalda al joven y se dispuso a regresar al sitio en que su monólogo había comenzado, cuando una voz de extraña firmeza lo hizo detenerse en seco…

-Me llamo Karlo…

El rostro del líder tomó una coloración rojiza con extraña rapidez. Volvió sobre sus pasos.

-Qué dijiste?

-Dije que mi nombre es Karlo. Y no hace falta ser irrespetuoso para ejercer autoridad…

El líder no respondió. Sólo dirigió una mirada al hombre de color que junto al corpulento de rostro tiznado había sido espectador de la escena desde su comienzo. El moreno avanzó a paso vivo y con agilidad manipuló el fusil que portaba cruzado en la espalda, un FAL convencional. No había pasado un segundo cuando la culata se estrellaba contra la frente de Karlo con un sonido que dolía de sólo escucharlo. Karlo se desplomó desvanecido.

-Temed a la ira de Dios! -dijo el líder dirigiéndose a los otros cuatro- Ahora cada uno a su suite. Hay mucho trabajo por delante.

Los chicos –todos se hallaban en un rango de unos cinco años respecto de la edad de Karlo- trotaron a sus caballerizas. Los dos hombres, prestos, aseguraron las puertas. Luego arrastraron a Karlo hasta su reducto y lo arrojaron pesadamente al suelo, cerrando también su puerta a cal y canto.
Mientras los dos hombres se dirigían hacia el sendero que era camino obligado para abandonar el claro, entablaron un breve intercambio.

-Yo apuesto a que va a ser Bolivia –dijo el de rostro tiznado.

-No. Nepal. Ese chico es especial.

-El no lo va a permitir. Cómo dijo que se llamaba el pibe?

-Karlo.
Así.

Sin “S”



miércoles 5 de noviembre de 2008

39- Descorriendo el velo...

El tiempo siguió pasando. El calor y el encierro estaban desesperando a Karlo, quien comenzaba a dudar si haber optado por el ofrecimiento de Miranda había sido la opción más conveniente. Por lo menos la cárcel convencional tenía reglas claras. Esto era distinto. La incertidumbre era casi tan insoportable como el hambre, la sed y los casi 50 grados que abrasaban aquel cuartucho maloliente.

Tomó la botella plástica que el hombre de negro había arrojado dentro de la caballeriza (determinó en un segundo que por el momento no estaba lo suficientemente desesperado como para comerse una gallina cruda). Destapó el envase y permitió que un generoso trago de agua tibia resbalara por su garganta. Se sentía terrosa y con partículas sólidas, pero le supo como agua fresca de manantial en las circunstancias en que se hallaba. Tomó la precaución de racionar media botella para más tarde, y volvió a sentarse en el suelo, abatido por el desaliento.

A los pocos minutos, la puerta rechinó una vez más y el hombre de negro volvió a aparecer.

-Afuera. Ya. –dijo lacónico.

Karlo salió a la luz y a pesar del intenso calor su cuerpo pareció revivir. Sacó una rápida fotografía del entorno. La construcción que había visto la noche anterior cobraba ahora nitidez con la luz de la tarde, y su estado ruinoso revelaba sin inhibiciones todos sus detalles en forma de grietas, huecos en la mampostería y sus dientes de madera podrida.
Cuando sus ojos se acostumbraron al sol intenso, vio que no estaba solo. Cuatro jóvenes más, en condiciones tan deplorables como las suyas, también reconocían el escenario con recelo y curiosidad. A unos metros, un hombre de calva brillante, musculatura respetable y uniforme de combate verde los contemplaba en silencio detrás de unos herméticos lentes de sol. El grandote vestido de negro y rostro tiznado que le había servido su "almuerzo" organizaba al grupo de desarrapados que varias de las caballerizas habían vomitado al terreno, en tanto que un tercer hombre vestido de manera idéntica estaba de pie detrás y a la derecha del calvo. Era completamente negro e igualmente corpulento (parecían hechos en serie en una fábrica a prueba de esmirriados) y su piel transpirada refulgía al sol como un cristal espejado. Se veían intimidantes. Los tres.

El sector tenía la particularidad de no exhibir horizontes. La construcción se hallaba rodeada de un espacio casi circular, con un radio de unos 50 metros de césped prolijamente cortado. Más allá del claro, maizales apretados, ciegos. Maizales por donde se mirase, una línea clara sólo interrumpida por un par de senderos con espacio como para que pase una persona y dos huellas paralelas, signos inconfundibles de una vía de acceso para vehículos.

El primero de los hombres de negro, a viva voz, instó a los 5 jóvenes a formar una fila y permanecer inmóviles. Todos estaban jadeantes, sucios y transpirados. Famélicos y sedientos. Pero el sentido común los hizo permanecer en silencio y obedecer con docilidad las indicaciones (órdenes) que les eran impartidas.

Cuando la agitación del momento se asentó naturalmente en una pausa tensa, el hombre calvo de verde se adelantó con aire soberbio.

Y empezó a hablar…

miércoles 29 de octubre de 2008

38- Almuerzo

El joven Karlo despertó bañado en sudor y con dolores por todo el cuerpo. Luego de permanecer largo rato despierto en la oscuridad de aquella caballeriza abandonada, el cansancio lo había vencido y se había dormido hecho un ovillo sobre la tierra desnuda. Ahora el sol de la mañana calentaba las chapas del techo y la temperatura comenzaba a hacer su trabajo. El calor era insoportable.

Karlo se incorporó e intentó mirar hacia fuera. La puerta era completamente ciega, pero estaba fabricada con tablas unidas entre sí, por lo que unas rendijas mínimas permitían pasar hilos de luz hacia adentro y algo de aire, aunque lejos de resultar suficiente. También era posible mirar hacia fuera, aunque con una perspectiva tan recortada que era necesario adivinar la mayor parte de la escena. Pegó su rostro a una de esas líneas blancas y sólo pudo ver campo llano, más allá del cual se extendía lo que parecía ser un sembradío. Maíz. O tal vez girasol. Imposible determinarlo con una visión tan acotada.

De pronto se escucharon lo que inconfundiblemente eran disparos. Primero uno, luego otro. Y otro más. Los intervalos eran regulares y sin urgencia: Quien o quienes los hacían se tomaban su tiempo para apuntar. Luego disparos en ráfaga. Se repitieron varias veces durante la mañana. Si. Era de mañana. El sol en el este. Karlo debería aguzar sus sentidos y no dar nada por sentado, según las reglas del juego que comenzaba a intuir aunque sin certeza alguna. Empezaba a sentir hambre, y una sed desesperante.

-Hola!! Hay alguien ahí?? Quisiera un poco de agua, por favor!!

Al igual que la noche anterior no hubo respuesta. Karlo no insistió, al darse cuenta de que no valía la pena…

No pasó demasiado tiempo desde su llamado hasta que la puerta de su improvisada habitación-celda cedió con un sonido metálico. Por la abertura de la puerta penetró un torrente de luz que dejó a Karlo literalmente ciego por unos segundos. Un hombre de contextura grande ingresó al cubículo. Pantalón de combate, remera y borceguíes negros, al igual que una boina ladeada sobre su cabeza con corte cuatro-cero. La cara tiznada de modo que el blanco de sus ojos parecía refulgir. Llevaba un FAL cruzado en la espalda. No parecía buena idea medir fuerzas con aquel sujeto, al menos de momento.
Sorpresivamente arrojó dentro de la estancia, a los pies de Karlo, una gallina muerta y una botella plástica con agua turbia.

-Disculpe…Qué van a hacer conmigo? Para qué estoy aquí?

El hombre le dirigió una mirada hostil, seguida de una media sonrisa con mucho de sarcasmo. Y volvió a salir sin decir palabra, dejando a Karlo en aquella oscuridad voraz con la que estaba empezando a familiarizarse.

lunes 27 de octubre de 2008

37- Como dos duelistas...

Mónaco tomó con llamativa parsimonia un pañuelo de papel del dispensador que tenía sobre el escritorio y se limpió el rostro cuidadosamente. Hizo un bollo con el papel y lo tiró al suelo con gesto enérgico. La situación parecía acercarse con lentitud dramática y hacia el borde de un abismo sin retorno. Al fin Mónaco habló:

-Veo que ser razonable no me ha dado resultado con Usted, Padre. Por lo tanto voy a explicarle el estado de las cosas como yo lo veo y voy a ser brutalmente honesto. Me importan un carajo esos dos negros de mierda, gotas de estiércol destiladas por algún pueblo perdido del interior: Carne de villa miseria…Me sigue?

Los ojos de Giuliano amenazaban con salirse de sus órbitas, pero permitió a Giuliano seguir con su monólogo.

-Tengo un negocio y lo manejo como mejor me conviene. Le pago a Usted todos los meses para que de vez en cuando me preste alguno de sus bastardos de pelo duro para hacer algún mandado. Nunca había pasado nada, pero esta vez se murieron. Mala suerte. Los enterramos y la vida sigue. Eso no le da derecho a Usted ni a nadie a irrumpir en mi casa e insultarme de la manera en que lo hizo. Créame que debería agradecer a su investidura de sacerdote el salir vivo de aquí. Ahora váyase.

Giuliano asintió con la cabeza con gesto de aparente resignación, pero las palabras que salieron de su boca evidenciaron que aquella disputa estaba lejos de terminarse.

-Está bien. Me voy. Pero de aquí me voy a la policía a decirle un par de cosas que seguramente van a interesarle. Pero no voy a conformarme con eso. No me olvido que Usted tiene comprados a varios peces gordos de la fuerza: Voy a ir también a Tribunales y a los medios. Un cocktail que incluye drogas, muerte y corrupción es buen material para cualquier noticiero. Ahora claro, siempre está la posibilidad de que fracase, de que usted sea más hábil que yo y neutralice mis denuncias. En ese caso le aconsejo que se entregue a la Justicia por decisión propia, de lo contrario voy a volver aquí, solo o con un ejército, y lo voy a matar. Me entendió?

-Hijo de puta insolente…-masculló.

Su mano derecha se dirigió como un resorte hacia la gaveta lateral del escritorio, donde guardaba su juguete dilecto: Una glock 9 mm., pero antes de llegar a destino, sus dedos estallaron en un festín de tendones y piel reventada. Giuliano miraba la escena con extraña calma. El revólver 38 había dicho presente y los gritos de Mónaco llenaron el ambiente. Para ese entonces, la boca del cañón del revólver de Giuliano apuntaba al rostro gimoteante de aquel mafioso de poca monta.

-Ya me escuchó. Pude matarlo y no lo hice, al menos por hoy. Pero sepa que tiene dos opciones: La cárcel o la muerte.

En ese momento tres hombres de Mónaco irrumpieron en el despacho con sus armas desenfundadas, pero Giuliano fue más rápido y desapareció por una puerta lateral. Los guardias se concentraron en atender a su jefe, cuya mano había sido virtualmente despedazada por el disparo a corta distancia del sacerdote.

-Déjenlo. Llévenme al sanatorio, rápido…Ya nos ocuparemos de él…

Cuando Giuliano hubo ganado la calle, arrojó el revólver a una boca de tormenta y se encaminó a paso vivo a la iglesia. Sabía que sus acciones desencadenarían una pequeña guerra en la que tenía grandes posibilidades de perder. Debería pensar. Pensar y prepararse para lo peor…

domingo 26 de octubre de 2008

36-Una charla tensa

Una vez en el despacho, Mónaco, con su bata de siempre, comenzó a servirse un whisky de una barra situada al lado de su escritorio. Ofreció un vaso a Giuliano, quien lo rechazó con gesto indiferente. Se sentó frente al cura, emitió un largo suspiro y comenzó a hablar:

-Es realmente una desgracia lo que pasó con esos chicos- dijo, y al hacerlo estudió de inmediato el semblante de Giuliano, quien seguía mirándolo con gesto hosco y pupilas llameantes. Prosiguió.

-Nadie planeó que la cosa terminara así. De todos modos le garantizo que el Orfanato no va a tener problemas. Yo me voy a ocupar de ello recurriendo a los contactos adecuados. Además a estos chicos no los va a reclamar nadie. Asumo que si estaban en el orfanato, no tenían familia. Eso es realmente conveniente y por otra parte es uno de los motivos por el que usamos a este tipo de chicos para las entregas…

Giuliano continuaba en silencio, sus puños apretados de tal modo que sus nudillos estaban blancos. Las enseñanzas de Dios en cuanto a no sentir odio y amar a sus enemigos, resbalaban en ese momento de su espíritu como un gordo en el palo enjabonado.

-Además, quiero compensarlo.-Sacó su chequera y una lapicera Mont Blanc de un cegador color dorado…-Elija Usted la cifra. Deseo ser generoso y solucionar los problemas de su Institución por un largo tiempo. Estoy apesadumbrado.

Mónaco era una persona de modales toscos y poco tacto, pero al hablar con Giuliano, a causa de su condición de sacerdote imprimía a sus palabras un tono exagerado de solemnidad que sonaba ridículo para quien lo escuchara.

-No sea tímido, padre. Sé que será razonable…

Giuliano había bajado la vista, tal vez buscando en algún rincón perdido el consejo divino, el llamado a la sensatez. Levantó la cabeza lentamente y clavó sus ojos profundamente celestes, y ahora húmedos e hinchados en el rostro de Mónaco, quien fue víctima de un escalofrío repentino.

-Así que piensa que esto se soluciona con dinero? Que las vidas de estos chicos tienen un precio? Sus sueños perdidos, sus ilusiones?

Se incorporó de su silla y apoyando las palmas de sus manos en el gran escritorio de Mónaco se acercó cuanto pudo y lo escupió en la cara. Mónaco sintió como un grumo de saliva se deslizaba por su mejilla izquierda dejando un surco húmedo junto a su nariz…
La atmósfera estaba cargada de tensión, y la cosa iba a empeorar.

jueves 23 de octubre de 2008

35- Buscando respuestas

Giuliano llegó hasta la casa de Mónaco masticando su furia como una hierba amarga. Aún no sabía qué resultaría de aquella visita, pero si conocía Mónaco como creía hacerlo, era probable que uno de los dos muriera en aquel encuentro. No podía sacarse de la cabeza la imagen de los dos muchachos tirados en la calle, cubiertos con papel de diario. No era justo. Ni siquiera era digno. Giuliano era un hombre de Dios, pero siempre decía que los hombres de Dios en más de una ocasión habían enarbolado una espada en defensa de su fe. Imploraba en sus pensamientos que Mónaco lo recibiera llorando, intentando una disculpa sincera aunque inaceptable, consciente del daño irreparable que había ocasionado. Rogaba que le dijera que todo había sido un error, que la policía había confundido a sus muchachos, que no era droga lo que había en esos paquetes. Esperaba que fuera esa la actitud de Mónaco pero en el fondo sabía que ese deseo era poco menos que una utopía: Mónaco era un hombre malo. Y los hombres malos hacen cosas malas, como propiciar la muerte de dos muchachos inocentes enviándolos directamente a la boca del lobo.

Cuando estuvo frente a la puerta de la mansión la golpeó con firmeza, haciéndolo en una segunda oportunidad aún cuando no había transcurrido desde la primera el tiempo suficiente para que alguien se acercara a abrir. Al cabo de unos segundos la puerta cedió hacia adentro y un hombre corpulento vestido de traje cubrió prácticamente el espacio de la puerta con su portentosa humanidad. Debía medir casi dos metros y pesaría unos 120 kilos. Llevaba unos anteojos oscuros que no permitían ver el color de sus ojos, ni su expresión.

-Si? –Preguntó lacónico.

-Vengo a ver a Mónaco. Mi nombre es Giuliano.

-Aguarde…

Se retiró hacia el interior de la construcción y cerró la puerta en las narices del cura, quien pasados unos cinco minutos comenzó a impacientarse. A punto estuvo de golpear la puerta una vez más, cuando el gigante volvió.

-El Sr. Mónaco está en una reunión. No lo va a poder atender.

-Insisto. Dígale que es importante. –Giuliano no sabía cómo mantener a raya su ira, pero perder el control en ese momento no serviría de nada.

-Me parece que no me escuchó. Le dije que…

El gigante no pudo terminar de hablar, ya que el puño derecho de Giuliano se estrelló contra los cristales de sus anteojos haciéndolos estallar, al tiempo que pequeños fragmentos de vidrio se clavaban en los ojos de su desprevenido interlocutor, quien comenzó a gritar como una ballena moribunda cubriéndose la cara con las manos.

Giuliano vio de repente la culata del revólver calibre 38 que portaba el hombre en su cintura. El tipo se revolcaba en el piso de un lado al otro, ajeno a lo que pasaba a su alrededor. El padre se agachó con parsimonia y tomó el arma, asegurándola con cuidado en su propia cintura. Detrás y a la altura del riñón derecho. Ni más ni menos que una póliza de seguros. Parecía saber lo que hacía y extrañamente el revólver le sentaba bien. Como si lo hubiera portado toda la vida. Su mano derecha sangraba profusamente. Se había lastimado bastante con los cristales de los anteojos del infortunado custodio, pero a Giuliano parecía tenerlo sin cuidado. Nadie en este mundo hubiera adivinado que se trataba de un sacerdote de haberlo visto en ese momento, lugar y situación. El Señor obra de maneras misteriosas.

El alboroto ocasionado provocó que otros dos hombres se acercaran al amplio vestíbulo donde se desarrollaba la acción. Los recién llegados estaban armados también. Sus pistolas a la luz. Los cañones apuntando a su pecho. Giuliano extrajo el revólver con un movimiento rápido y extendió su brazo apuntado a cada uno de los hombres a intervalos cortos.

-Vine a hablar con Mónaco y no me voy a ir sin hacerlo. No me importaría un carajo morir aquí y ahora. Pero créanme que ustedes dos se vienen conmigo…

Los dos guardias se miraron entre ellos sin comprender cómo hasta hacía un minuto hablaban de mujeres en la habitación contigua y ahora estaban frente a una situación límite, en la que tranquilamente podrían morir en manos de un loco mientras su compañero giraba en el suelo como un trompo ensangrentado.

-Eso no va a ser necesario. Nadie va a morir aquí. Ustedes dos, lleven a este inútil al hospital. Giuliano, lamento las circunstancias de este encuentro. Vamos a hablar a mi despacho.

La aparición de Mónaco no podía haber sido más oportuna. Se había expresado con educación y pesadumbre, lo cual había tranquilizado en parte a Giuliano, aunque la imagen de los muchachos muertos seguía omnipresente tatuada en sus retinas.

Bajó el arma, aunque volvió a acomodarla en su cintura. Mónaco no pasó por alto ese detalle, pero decidió no decir nada y se encaminó a su despacho.

Giuliano lo siguió a paso lento.

martes 21 de octubre de 2008

34- La pista toma forma

-Cuando él llegó al Orfanato yo tenía 5 años. El fue importante desde el principio. Era especial. Tenía “algo”, como un magnetismo. No sé cómo explicarlo.

El joven tendría unos 17 años y el cabello oscuro cortado al ras. Encuadraba con el estereotipo de los chicos del Orfanato: vestimenta humilde, tez trigueña, ojos tristes.
Hablaba de Karlo con un respeto y un cariño rayanos en la fascinación.
El y Nicole se habían sentado en un banco de la plaza Solís, distante no más de doscientos metros de la Iglesia. Allí el muchacho había comenzado a hablar no sin cierta inhibición, pero se fue soltando con el transcurrir de los minutos. Nicole lo escuchaba en silencio, asintiendo con la cabeza o intercalando algún monosílabo. El chico parecía tener la necesidad de descargarse.

-Nos hablaba a los más chicos. Nos ayudaba. Era una especie de líder. Sufrimos mucho cuando se fue. El Orfanato fue un mejor lugar mientras él estuvo.

-Qué pasó aquella mañana?

-Si algo le faltaba a Karlo para ser nuestro héroe, ese día lo hizo. Vaya si lo hizo…

El joven describió la situación con lujo de detalles: La irrupción del Indio y los suyos, las amenazas a Giuliano y el hielo en los ojos de Karlo. La maniobra de los cuchillos.

-Yo no podía dejar de mirarlo. Se movía con la velocidad de un gato, pero a la vez transmitía una tranquilidad increíble a pesar de estar jugándose la vida…Creo que si no hubiera intervenido Giuliano hubiera muerto y tal vez alguien más.

-Y después?

-Desapareció. A los pocos días desapareció. Una mañana no estaba para el desayuno. El siempre nos recibía en el comedor, bromeaba con nosotros. Pero esa mañana no. Cuando le preguntamos a Giuliano dijo que se había ido. Que lo había hecho de noche para evitar el dolor de la despedida. Nos queríamos morir. Sentimos que nos había abandonado. La sensación fue una mezcla de tristeza, enojo, impotencia y preocupación. El algún punto sospechábamos que había algo más acerca de su partida. Algo que Giuliano no nos quería decir…

-Y por qué te decidiste a contarme todo esto?

-Nunca dejé de extrañarlo…y la otra noche pasó algo raro. Yo estaba barriendo el salón después de la cena, y abrí la puerta para barrer la tierra hacia la calle. En ese momento vi un auto estacionado a unos 30 metros, en la vereda de enfrente. Era un Falcon verde oliva. Y sentado en el capot, fumando en medio de una noche silenciosa, había un hombre. No estaba haciendo nada. Sólo estaba allí, como si estuviera pensando o esperando a alguien. Lo miré y me miró. Me saludó inclinando la cabeza y yo hice lo mismo. Entonces subió al auto y se perdió de vista antes de que yo atinara a reaccionar.

-Por qué sería especial la presencia de ese hombre? –era una entrevistadora hábil. Lograba que el chico se sintiera cómodo. Que la información fluyera.

-No estoy seguro en un ciento por ciento. Yo tenía siete años cuando se fue…Pero creo que era Karlo. Este lugar era su casa. Fue como si nunca se hubiera ido del todo…

-Sigo sin entender por qué pensás que yo tendría que conocer esta historia…

-Usted es periodista. Tiene contactos. Si él está bien y puede encontrarlo dígale que venga, que no estamos enojados con él. Que quisiéramos abrazarlo, que nos cuente cómo fue su vida en estos años. Que Giuliano lo nombra muy a menudo. Que nunca lo olvidaremos…

-Pero…cómo podría yo encontrarlo? No conozco ni su cara.

El chico sacó un papel del bolsillo y se lo entregó. Era una foto de un joven de ojos profundos y corpulencia llamativa. En la imagen abrazaba a un niño por los hombros. Un niño que diez años después estaba conversando con ella en el banco de una plaza.

-La foto es vieja. Pero si el hombre que vi es Karlo su aspecto no ha cambiado demasiado. Estoy seguro que su visita del otro día no fue una excepción. El sigue cerca de nosotros. Como un arcángel enviado para protegernos. Usted cree en los ángeles, señorita?

-No, sinceramente.

-Debería. Créame que debería.

Tomó con delicadeza la mano de la chica, que tenía la foto entre sus dedos.

-Encuéntrelo. Aunque más no sea para saber que está bien. Para decirle lo importante que fue para nosotros. Y aún lo es…

No dijo más. Dio media vuelta y emprendió un trote ágil en dirección a la iglesia. Como una premonición ella supo que iba a encontrar a Karlo más temprano que tarde. El misterio de aquel personaje, el mito que iba creciendo a medida que escuchaba de él, había logrado que Magenta perdiera terreno en su consideración. Se preguntaba si estaba haciendo lo correcto. Pronto su razón, su valor y su fe habrían de ser puestos a prueba.

sábado 18 de octubre de 2008

33- Nicole investiga

Habían pasado varios meses desde que Nicole había confrontado a Karlo en aquel bar. Llegar a él había sido una tarea más que compleja. Un rompecabezas del que tenía algunas piezas, imaginaba otras y se resignaba a aquellas que consideraba simplemente inexistentes. Pero había llegado.

Algunos datos aislados habían sido clave. La misteriosa muerte de Miranda, un operador político aparentemente de segunda línea, pero mucho más influyente de lo que se suponía. Colgado de una viga del techo en un country de Pilar. Un suicidio sin motivos, sin cartas. Se lo asoció a un caso de corrupción en una privatización. Uno de tantos. Esta gente no se suicidaba por esos motivos. Para tener cargos de conciencia había que tener una. Magenta había tenido que ver. Los cabos sueltos suelen ser un fastidio cuando la discreción debe ser una virtud cardinal.

Miranda había sido uno de los ideólogos de Magenta. Su padre espiritual, por así decirlo. Tenía bases para suponer que incluso él había reclutado personalmente a varios de los integrantes de la misteriosa organización. El perfil buscado era bastante heterogéneo: policías o militares separados de la fuerza, matones, pandilleros, jóvenes skinheads, luchadores callejeros, mercenarios, ex combatientes de Malvinas…Los denominadores comunes era el espíritu combativo y las habilidades para el combate, estimuladas o no mediante entrenamiento militar. Había otra coincidencia no menor: Eran parias. Dejados de lado por el sistema y la sociedad. Sin familia. Sin trabajo.Gente que nadie extrañaría si de un momento a otro desapareciera de la faz de la tierra.

Con este mapa y la presunción firme en cuanto al momento temporal en que se llevó a cabo el reclutamiento de Magenta, llegó al Orfanato. Las paredes oyen y hablan si se presionan los resortes adecuados. Y muchos en el barrio recordaban la hazaña de un joven que había vencido a cinco hombres armados una década atrás. Un joven que había desaparecido misteriosamente sin que se supiera más de él. Algo le decía a Nicole que esa era su pista. La que la colocaría en la senda correcta.

Finalmente llegó hasta las puertas del Orfanato. Uno de los chicos la atendió y ella se presentó como periodista, exhibiendo su carnet del diario en el que trabajaba. El niño se retiró y a los pocos segundos Giuliano estaba frente a frente con Nicole:

-Buenos días. Qué se le ofrece?

-Cómo está? Me llamo Nicole Rossi y soy periodista. Hace unos años sucedió aquí un hecho que involucró a un muchacho de 17 años, de quien nadie supo más nada. Me parece una historia interesantísima y quisiera publicarla…-nada dijo de Magenta, de Miranda o del reclutamiento. Supuso que el tono ingenuo sería lo más redituable a nivel informativo, aunque estaba claro que Giuliano no era un idiota. Seguiría su instinto.

-Pasó hace mucho tiempo. Hubo una pelea entre barras enemistadas y desgraciadamente eligieron la iglesia como escenario. El chico del que habla era uno más de los tantos que pasan por aquí. Eligió irse. Fin de la historia. No hay nada como para enhebrar un artículo interesante. Lo lamento.

-Los vecinos me contaron otra cosa: Una banda ingresó con armas aquí y el joven los venció en un segundo con dos cuchillos de cocina y sus puños. Dicen que incluso él le salvó la vida a Usted…
-Señorita, ya le dije como ocurrieron las cosas. Si Usted elige no creerme, no hay nada que yo pueda hacer…-para ser cura, Giuliano mentía con una facilidad sorprendente.

-Está bien, no quise molestarlo. Gracias por su tiempo, padre.

Se despidió cordialmente y se retiró. El padre cerró la puerta, que crujió sobre su viejo marco.
Nicole comenzó a caminar y antes de que hiciera sus primeros cien metros, un joven se acercó por detrás a la carrera…

-Señorita, espere…

-Si?

-Usted quiere saber lo que pasó aquella mañana?-Claramente el muchacho había escuchado parte de la conversación con Giuliano.

-Si. Me encantaría…

-El se llamaba Karlo…

Y el chico comenzó a contar su historia…

jueves 16 de octubre de 2008

32- Viaje a lo inesperado

El joven Karlo estaba solo en la parte posterior de la combi. No tenía comunicación con el conductor y el revestimiento de las ventanillas no permitía ver hacia fuera. A pesar de su juventud, Karlo poseía un aplomo poco común y ni siquiera estaba nervioso. A fin de cuentas había sido su coraje el que lo había puesto frente a este estado de situación. Paradójicamente su valentía le había permitido salir airoso de los desafíos que la providencia había puesto en su camino, pero en algunos casos no había hecho más que saltar de la sartén al fuego.
Se sentó en el asiento posterior de la camioneta, apoyó su bolso a un costado y estiró las piernas, cruzándolas sobre el asiento enfrentado al suyo. El vehículo rodó varias horas. En más de una ocasión el andar de la camioneta reveló que el camino estaba en malas condiciones: Ya no eran rutas, sino probablemente el ripio de algún camino rural. La curiosidad de Karlo crecía geométricamente, al igual que su sensación de desamparo. Las palabras de Giuliano habían sonado con aire terminante. Tal vez definitivo. No sabía qué era lo que le esperaba y sus certezas se limitaban a que la decisión tomada cambiaría su vida y eliminaría de su futuro (al menos de momento) la posibilidad de ir a la cárcel.

Finalmente y una vez que Karlo perdió la noción del tiempo, el vehículo se detuvo. De repente sonaron dos o tres golpes en la carrocería de la camioneta y gritos de no menos de tres hombres.

-Abajo. A la carrera. No tenemos toda la noche.

El portón de la camioneta se desplazó sobre sus rieles permitiendo el ingreso de una voraz porción de noche cerrada. Karlo, sorprendido, comenzó a bajar lentamente. Pero varias manos lo tomaron de sus ropas y lo arrojaron al suelo. Tres hombres. Integramente de negro y encapuchados. Seguían hostigándolo.

-A la carrera. Hacia la construcción. Vamos…

Karlo intentó correr, pero uno de ellos le puso el pie haciéndolo caer nuevamente. Los otros dos comenzaron a patearlo en las costillas con sus borceguíes. Karlo no reaccionó. Se había propuesto no hacerlo hasta conocer un poco más la situación.

Levantó la vista y divisó lo que parecía ser una barraca destinada a caballerizas. Puertas de una sola hoja dividida transversalmente por el centro. Una cada tres metros. La edificación se veía bastante derruida. A pesar de contar sólo con la luz de la luna y los faros de la combi, pudo advertir que todas las puertas se hallaban cerradas. Todas menos una. Dedujo que los hombres de negro querían que fuera hacia allí, y decidió que seguirles la corriente era lo que más le convenía. Corrió hacia la caballeriza abierta e ingresó sin dudar. Casi de inmediato, la puerta se cerró a sus espaldas. Karlo escuchó el ruido inconfundible de un candado al cerrarse.
Sumido en la más ciega oscuridad, respiró profundamente para reponerse de la inesperada carrera. Al tanteo examinó el sitio en que se hallaba. Dos metros por uno. Cemento desnudo en el piso y las cuatro paredes y un techo de chapa en el que se adivinaban algunos agujeros. Sintió frío y recordó que llevaba algo de ropa en su bolso, que había quedado olvidado a bordo de la combi. Se acercó a la puerta y gritó al tiempo que golpeaba la madera con un puño:

-Ehhhh! Me escuchan?

Nada.

Repitió el llamado varias veces con idéntico resultado.

De a poco se iban delineando las reglas del juego y no le eran favorables.
Resignado a su suerte se sentó en un rincón e intentó dormir. Parecía prudente que guardara sus energías: Las iba a necesitar.

Y no se imaginaba cuánto.

miércoles 15 de octubre de 2008

31- Encierro opresivo

El departamento de Karlo se le antojaba opresivo. No tenía que ver con sus dimensiones, sino con lo que representaba: Un punto de llegada inesperado. El final de un camino que se había vuelto auspicioso para ella y que luego de recalar en un pequeño infierno había culminado allí, en la morada de su salvador casual. Un personaje misterioso, enigmático y sin duda peligroso. Lo que había hecho al rescatarla era la más clara evidencia de ello.

Melanie comenzó a recorrer el departamento con curiosidad femenina. Era un dos ambientes de medidas elementales: Un living de mobiliario básico (mesa, dos sillas, un sillón y un mueble para la TV), baño, cocina y un dormitorio, en el cual sólo resaltaba como una isla huérfana la cama de dos plazas en la que había dormido hasta hacía pocas horas.

Aún sin saberlo pudo adivinar que se trataba de un departamento alquilado y que los muebles estaban incluidos en el contrato. Demasiado impersonal. Aún para un tipo gris como “Nadie”. El ni siquiera le había dicho su nombre. Podría al menos haber exprimido su imaginación para inventar uno. Pero no. Un paranoico total Una especie de loco violento antisocial. Pero Melanie había visto algo debajo de esa corteza dura e insensible. Algo que latía con ternura, esperando el momento indicado para aflorar, para mostrarse. Le intrigaba ese hombre y ella estaba definitivamente en deuda con él. Valdría la pena esforzarse para llegar a ver más allá de aquel velo que ocultaba una historia de vida misteriosa y posiblemente triste. Como la de ella. Y tal vez allí no acabaran las coincidencias. Ambos solían caminar por la cornisa. Y habían caído más de una vez. Estaba segura que esa caja negra y opaca que representaba su salvador guardaba un sinnúmero de sorpresas. Y ella se proponía descubrirlas.

No obstante su mayor preocupación era el futuro inmediato. Indigo posiblemente ya no fuera un problema. Pero su gente buscaría venganza. Podía contar con ello. Además estaba Marcelo, el hombre que la había sacado de las calles y que había terminado grave en un hospital a causa de ello. Rogaba que él estuviera bien. Seguro la policía le había hecho preguntas y era probable que de alguna manera pudieran vincularlo con Indigo. Y ella era el común denominador entre ambos.

No podría volver a su departamento por un tiempo prolongado, ya que si no lo estaba vigilando la gente de su antiguo proxeneta, sería la policía la que lo estaría haciendo. Técnicamente ella no tenía cuentas pendientes con la ley, pero la experiencia le había enseñado que nada bueno podía resultar de enredarte con ella…

Fueron pasando las horas y “Nadie” no llegaba. El zapping furioso había terminado por hastiarla y las heridas de su pecho le ardían como una brasa caliente. El departamento tenía un par de ventanas que daban al oscuro pulmón del edificio. Sintió necesidad de fumar, de hablar con alguien o aunque sea de escuchar alguna bocina. La asaltó un pensamiento vago “…yo no podría vivir en el campo…”

“Nadie” le había dado precisas instrucciones de no salir del departamento, y para asegurarse había cerrado la puerta con llave. Estaba literalmente encerrada. Y no le gustó aquella sensación que chocaba de frente y mortalmente contra su espíritu rebelde.

Cuando una incipiente claustrofobia comenzaba a apoderarse de ella, vio la nota de Nadie “…las llaves están junto al televisor…”. No le importó el resto, y tomó el manojo de tres llaves con gesto nervioso.

Decidió probarlas. No iba a salir, ya que era conciente del peligro, pero saber la puerta abierta contribuiría a aliviar esa sensación de opresión que la torturaba. Tomó la primera llave y se dio cuenta de que era muy pequeña. Maldijo entre dientes y pasó a la segunda, que se introdujo con dificultad en la cerradura, casi a presión…y no se movió. Finalmente la tercera penetró con justeza poética. La hizo girar con lentitud quirúrgica, devolviendo la cerradura el inconfundible chasquido de su funcionamiento correcto: La puerta estaba abierta.
Quitó la llave de la cerradura y volvió a apoyar el manojo a un lado de la TV. Luego se dirigió al sillón y se sentó abrazando un almohadón contra el pecho. Encendió el televisor y a medida que pasaban los minutos, su mirada se dirigía con progresiva recurrencia a la puerta del departamento.

Pasó una hora hasta que se decidió a salir. Sólo sería un corto paseo. No compraría cigarrillos, ya que no tenía dinero luego de ser rescatada desnuda del sitio donde la habían torturado como nunca antes, pero tal vez pediría alguno a algún pibe con buena onda. Nada del otro mundo.

Había conseguido en el placard de “Nadie” un jean que le calzaba bastante bien y una remera deportiva algo holgada. Tomó coraje y se encaminó a la puerta. Accionó el picaporte y se internó en la oscuridad de pallier, en busca del botón luminoso que encendía las luces. Fue en ese momento que una gran mano tapó su boca y con violencia inusitada la impulsó nuevamente hacia el interior del departamento. Con una mezcla de miedo y sorpresa intentó retroceder, pero sus piernas la traicionaron y cayó pesadamente hacia atrás, golpeando la nuca contra la pesada hoja de la puerta blindada del departamento.
Lo último que vio antes de desvanecerse fue la enorme silueta de un hombre que se aproximaba hacia ella.

lunes 13 de octubre de 2008

30- La partida

Cuando la mayoría de los chicos se había retirado a descansar y las luces del Orfanato se redujeron a un mínimo indispensable, el padre Giuliano se acercó al joven Karlo, que se hallaba ordenando los últimos enseres utilizados durante la cena. El muchacho lo vio aproximarse y antes de que abriera la boca ya sabía que algo no andaba bien.

-Vení, Karlo. Tenemos que hablar.

Karlo asintió en silencio y juntos emprendieron un lento paseo entre las penumbras del predio, como lo habían hecho cada vez que tenían que dialogar sobre temas importantes. La torre de la iglesia recortaba su figura en una noche sin luna, mudo testigo de aquel cónclave decisivo para ambos.

-Qué pasa, padre? Algún problema? –Preguntó Karlo con un tono ingenuo incompatible con el torbellino de furia aletargado en su interior, ese que al liberarse se transformaba en algo parecido a un azote bíblico.

-Me temo que si. Las cosas se complicaron y pueden terminar mal. Trascendió lo que pasó aquí en los ámbitos incorrectos: Te enfrentás a la posibilidad de lo que podría ser una larga condena. Un infierno.

-Yo solamente quise proteger a mi gente. No entiendo…

-A veces las cosas escapan a nuestro control y es el momento de confiar en el arbitrio del Señor. De todos modos vengo a transmitirte un ofrecimiento que me hicieron. Una especie de trato. Creo firmemente en que tendrías que contemplar esta alternativa. Insisto en ello, aunque la decisión final será tuya.

El desaliento de Karlo se volvió curiosidad. Quiso saber más.

-Lo escucho, padre. Sabe que confío en Usted…

Giuliano le relató su encuentro con Miranda, su ofrecimiento (ultimátum?) y la inminencia exigida para tomar una decisión.
Karlo escuchó atentamente y cuando Giuliano terminó de hablar se quedó pensativo y algo desconcertado.

-Padre, esta es mi lugar. Yo no me quiero ir…

-Hijo, ya tenés 17 años y de todos modos se acerca el momento de tomar decisiones importantes para tu futuro. Este hombre te ofrece una opción a la cárcel. Nada puede ser peor que eso. Está claro que el Señor ha elegido para vos pruebas muy duras, pero a la vez te ha dado las armas necesarias para superarlas. Vaya si te las dio!

-Usted me aconseja aceptar el ofrecimiento?

-Nada me causaría más dolor que verte salir de acá esposado rumbo a uno de los infiernos más temidos por el hombre: la pérdida de su libertad.

-Giuliano –era extraño que Karlo llamara al cura por su nombre, pero lo hizo con tanto respeto y devoción que la sola mención de la palabra llenó al religioso de una profunda congoja- Usted me enseñó a vivir. Confío en su consejo. Yo no dudaría en curzar a ciegas un mar de lava si Usted me pidiera que lo haga. Sabe que en más de un sentido me salvó la vida.

El sacerdote a esta altura no podía contener sus lágrimas. Haciendo esfuerzos para mantener la firmeza de su voz, le respondió con tono solemne.

-Yo aprendí de vos más de lo que podría enseñarte nunca. Te vamos a extrañar terriblemente por aquí, pero sé que vas a volver tarde o temprano con una sonrisa en la cara y en el alma. Espero estar vivo para entonces, para poder estrecharte en un abrazo y recordar este trance como una anécdota más.

Se dieron la mano, pero ese contacto no conformó a ninguno de los dos, fundiéndose en un abrazo firme donde no faltaron las lágrimas.

Pocas horas después, Karlo estaba parado en la calle, frente a la iglesia, sin más equipaje que un bolso de mano. Casi de inmediato una combi VW de trompa plana, de modelo antiguo se detuvo a su lado con suavidad. El vehículo no llamaba la atención. Los cristales no estaban polarizados, sino que se hallaban cubiertos por dentro con papel contact de colores: un estampado floreado de dudoso gusto.

La combi no tocó bocina ni hizo señales de luces. Simplemente se detuvo y esperó con el motor en marcha. Karlo, luego de unos instantes de vacilación, accionó la puerta lateral y se introdujo en la camioneta cerrando tras de sí con un chasquido metálico que apuñaló el silencio de la noche.

La combi arrancó y se perdió entre las calles oscuras con un ronroneo de motor casi imperceptible.

Desde una de las ventanas de la iglesia, Giuliano observó la secuencia con aire melancólico. Una vez que la combi se perdió de vista, murmuró para sí:

-Adiós, Karlo. No temas a nada mientras Dios esté en tu corazón.

Pero a pesar de su devoción, no se percibía convicción en sus palabras perdidas en un laberinto de tristeza sin fin…

sábado 11 de octubre de 2008

29-Furia y desconsuelo

El policía se apartó y continuó con sus tareas, al tiempo que una camioneta de la morgue se hacía presente para disponer de ambos cuerpos.
La ira y el remordimiento eran un hierro candente en el espíritu del cura, que si bien sabía como todos en el barrio que Mónaco andaba en asuntos turbios, no creía que uno de ellos fuera el tráfico de drogas pesadas en volúmenes considerables. Esta vez Mónaco había ido demasiado lejos. No se trataba como en otras ocasiones de ir a buscar un sobre de un corredor de quiniela clandestina o de advertir a las putas de una cuadra determinada que la policía planeaba una razzia. Mónaco había mandado a los chicos a entregar un kilo de droga. Y les había dado armas…

Cerró los ojos y los rostros de Tata y José se recortaron en la oscuridad de sus párpados cerrados. Sonrientes. Felices, a pesar de sus complicadas historias de vida. Ambos tenían 17 años. Giuliano les había conseguido un trabajo como aprendices en un taller de carpintería de la zona. Trabajaban allí por la tarde y por la noche volvían al orfanato. Ambos habían dejado atrás un pasado de Poxiran y noches heladas en zaguanes anónimos. Eran buenos pibes.

Cuando Giuliano los mandó a ver a Mónaco, les había dicho:

-Es un mandado, nada más. Vayan y háganme quedar bien. Véanme a la vuelta, les voy a dar unos pesos para que se compren lo que quieran.

Los pibes se miraron y sonrieron.

-No hace falta, padre. Las gauchadas no se cobran…

Y se fueron. Se fueron para no volver. Para convertirse en dos pilas de sueños truncados sobre una vereda rota entre excrementos de perro, bajo un manto de miradas morbosas que los juzgaban con semblante de “algo habrán hecho”…

Giuliano comenzó a desandar lentamente el camino por el que había venido. Sorteó el vallado policial y se juntó con Juancito, que lo esperaba con su expresión desgarradora de tristeza infantil. Miró al niño con los ojos rojos e hinchados…

-Juancito, volvé al Orfanato.

El chico vio algo en el rostro del cura que le infundió una preocupación cuyos motivos no sabría explicar, pero que percibía de una manera clara e intensa.

-Y Usted, padre? No viene?

Giuliano respondió con la energía de un juguete con las baterías a punto de expirar…

-Después. Ahora tengo algo que hacer…

Se alejó ante la mirada preocupada de Juancito.
No hacía falta ser un vidente para darse cuenta que cada uno de sus pasos lo conducía a la casa de Mónaco.

viernes 10 de octubre de 2008

28- Angeles caídos

Al llegar hasta aquella serpiente amarilla que no era otra cosa que la franja policial que limitaba la escena del crimen, pudo ver dos cuerpos en el suelo y sangre en abundancia. En un sector incluso había comenzado a formarse un charco color cereza que se coagulaba lentamente con el paso de los minutos. A un costado, un oficial de policía aporreaba con sus dos índices una vieja máquina de escribir Remington, en tanto que un poco más allá, prolijamente dispuestos sobre el asfalto, descansaban dos revólveres viejos, de bajo calibre y tan deteriorados que implicaban más riesgos para quien los empuñara que para quien eventualmente pudiese recibir los disparos. También se observaba una bolsita de supermercado (“Coto”, decía), y sobre ella un envoltorio del tamaño de un paquete de yerba, prolijamente embalado con cinta engomada transparente. Todo indicaba que era droga, y en buena cantidad.

Los dos cadáveres yacían en posición antinatural, cubiertos parcialmente con hojas de papel de diario, lo que si bien aportaba algo de decoro a la situación, conllevaba también una arista precaria y desgraciada. Un cartel que no estaba pero se leía claramente: “Así mueren los pobres”.

Giuliano atravesó sin dudarlo la cinta policial y corrió hacia los cuerpos, venciendo la débil resistencia de un joven oficial que intentó cerrarle el paso sin convicción. Se arrodilló junto a los cadáveres y levantó las hojas de diario sabiendo de antemano lo que iba a hallar: Los rostros de Tata y José, los muchachos que había enviado a solicitud de Mónaco, le devolvieron un gesto opaco que ya no cambiaría. Tata tenía los ojos abiertos en una mueca que mezclaba sorpresa y espanto. Giuliano se los cerró con la yema de los dedos y ensayó una breve oración para los chicos. Luego ya no pudo contener el llanto. Eran lágrimas de tristeza, pero también de odio, aunque Dios condenara ese sentimiento. Su dolor era inmenso y él hubiera jurado que en los ojos de Tata, ya secos e inertes, había algo parecido al reproche: “…Nos mandó directo a la muerte, padre. Nos sacó de la calle para permitir que nos mataran como perros…” Casi podía escuchar esas palabras y sabía que lo acompañarían hasta el fin de sus días.

-Los conoce, Padre?

La pregunta sonó a sus espaldas y provenía de los labios de un policía de civil, tal vez el comisario o algún otro oficial de jerarquía. Giuliano respondió con voz trémula.

-Si. Eran de mi hogar. Se habían ido hace unos días. No sabíamos dónde estaban.

La mentira agregó otra pesa a su corazón ya colmado de desdicha.

-Y dígame, Padre, Usted no denunció esta fuga?

-El régimen de nuestro hogar es abierto. Técnicamente es un comedor, pero los chicos que quieren quedarse son bienvenidos. El gobierno reconoce el servicio que brindamos y no interpone trabas burocráticas. De todos modos tenemos una norma: El que elige volver a la calle ha hecho uso de su libre albedrío. Habiendo tantos chicos que necesitan ayuda, pasan al final de la fila. Pueden venir a comer, pero no quedarse a vivir. Tal era el caso de estos chicos. “Vos los mataste. Vos los entregaste”-Su voz interior no dejaba de martirizarlo.

-O sea que Usted es su tutor legal.- Intentó entender el policía sin asimilar la figura única en su género que representaba el Orfanato, independiente del Estado y como tal, con reglas propias y algo peculiares.

-Técnicamente no, pero me pongo a disposición para lo que sea necesario.

-Es un buen gesto, Padre. Hablaremos más tranquilos en la comisaría.

-Oficial…Podría explicarme qué pasó?

-Teníamos implantada una vigilancia sobre esa casa –señaló la puerta frente a la que estaban los cuerpos-. De pronto llegaron los chicos y vimos un intercambio sospechoso. El personal dio la voz de alto, pero ellos sacaron los revólveres. El final de la historia lo puede ver con sus propios ojos. En ese paquete hay un kilo de cocaína de máxima pureza. Es mucha plata. Tiene idea de dónde la pueden haber sacado?

El nombre de Mónaco impactó en su mente como una perdigonada en el pato más confiado. No obstante, prefirió callar. Ya habría tiempo de aclarar las cosas.

-No, oficial. Ni la menor idea.

El comisario lo miró con desdén, como si no hubiese sido esa la respuesta que esperaba. Le extendió una tarjeta.

-Le pido que me tenga al tanto si se entera de algo. Ahora iremos a la comisaría para que nos dé una pequeña declaración. Rutina, Padre. Usted ya sabe.

Rutina.

Lo más cercano a la rutina para Giuliano desde ese día, sería consumirse minuto a minuto en el fuego del remordimiento.

jueves 9 de octubre de 2008

Karlo (by T-Cop)


miércoles 8 de octubre de 2008

27- La peor noticia

El chico atravesó corriendo la avenida principal y continuó su veloz carrera como si lo persiguiera el mismísimo demonio. Cruzó la plaza en diagonal, ignorando los carteles de “prohibido cortar el césped” y saltando los bancos de cemento como si se tratara de un corredor olímpico de cuatrocientos metros con vallas. Finalmente llegó hasta la iglesia y penetró a la nave principal gritando a voz en cuello…

-Padre Giuliano! Padre Giuliano!

El sacerdote, que en esos momentos se hallaba en su estudio inmerso en el papelerío del Orfanato, salió presuroso y se dirigió al sitio de donde provenían aquellos gritos. Varios de los chicos habían salido al encuentro del niño, que estaba desfalleciente y sumido en un conmovedor estado de desesperación. Tendría unos diez años y era frecuente verlo desayunar o almorzar en el orfanato, aunque prefería la calle antes que el confinamiento que suponían las paredes de la iglesia. Giuliano lo tranquilizó, esperó que recobrara el aliento y preguntó:

-Qué pasa Juancito? Tranquilo. Contame despacio…

-Padre Giuliano…Tiene que venir conmigo…los mataron…

-Pará. A quién mataron, Juancito? Qué pasó?

-Al Tata y a José. Los mató la policía, Padre. Tiene que venir…

Fue como si un rayo hubiera caído sobre Giuliano. Una palidez espectral invadió su semblante y por un instante no pudo reaccionar víctima de una involuntaria rigidez.
Luego, como si hubiera tomado conciencia de que la gravedad de lo sucedido requería de todo su aplomo, simplemente se dirigió al muchacho con voz queda:

-Llevame…

Salió junto al niño, ordenándole a los demás que no abandonaran el orfanato. Emprendieron un trote sostenido, todo lo veloz que lo permitían las articulaciones del cura y el cansancio de Juancito, quien instantes antes había recorrido como un relámpago un trayecto de más de quinientos metros.

El itinerario propuesto por Juancito no sorprendió a Giuliano: Se aproximaban al sector más alejado del vecindario, donde propios y extraños sabían dónde y quién vendía droga, robaba o violaba. Sabían y callaban. Códigos.
Zona de conventillos y casas tomadas, refugio de delincuentes donde la policía no entraba a menos que se tratara de un mega operativo con camiones, perros y pelotones de combate.

Sin disminuir el ritmo del trote a pesar del cansancio, Giuliano y el niño doblaron a la derecha por Rincón. Ni bien lo hicieron, el cura pudo divisar a unos cincuenta metros una aglomeración de personas (los curiosos de siempre, alimentando su morbo) dando marco a una postal de luces azuladas girando como trompos de fantasía. El cura aceleró el paso y se abrió camino a los empujones sin reparar en cuestiones de modales. El corazón se le salía del pecho ante la certeza del panorama que encontraría más allá de las bandas amarillas que delimitaban el escenario donde los uniformes azules y las camperas con letras amarillas ensayaban su puesta en escena de CSI suburbano.

Finalmente llegó hasta la cinta amarilla que oscilaba a merced del viento como si tuviese alma, sangre y pasión, consciente tal vez de la ingrata misión que le era propia: erigirse en frontera entre la vida y la muerte.

sábado 4 de octubre de 2008

26- En la boca del lobo

Todavía no había amanecido por completo cuando el teléfono sonó en el departamento de Karlo. El estaba durmiendo en el sofá del living y se apresuró a atender superando el sobresalto para evitar despertar a Melanie, que descansaba en el dormitorio. La voz de Mónaco, con la parquedad acostumbrada, retumbó con tono hueco del otro lado de la línea.

-Tenemos que hablar. Vení en cuanto puedas. Es Urgente…
Y colgó.

Karlo se estaba hartando de las formas de Mónaco. Que fuera un tipo influyente y poderoso no implicaba necesariamente que debiera ser grosero. Y Mónaco lo era por demás.

Salió del departamento y le dejó a Melanie una nota en la mesa del comedor: “Hay víveres en la cocina. Debajo del televisor hay una llave. No salgas del departamento excepto en caso de emergencia.” Karlo se preguntaba si podría confiar en la prudencia de la chica. Lamentablemente no tenía alternativa.

Llegó en minutos a la casa de Mónaco y cumplió maquinalmente con el ritual de atravesar los filtros de seguridad que pretendían, sin lograrlo, pasar desapercibidos. Mónaco lo estaba esperando en su despacho, un salón digno de un noble del siglo XVIII, pero con una decoración que era una oda al mal gusto. Convivían en la estancia muebles de estilo con adornos chinos dignos del peor “todo por 2 pesos”. Una alfombra anaranjada con hebras de diez centímetros creaba la ilusión de estar caminando sobre un colchón de zanahoria rallada.

Mónaco no asumía su falta de clase y se jactaba de haber elegido personalmente cada mueble y accesorio de aquel despacho. Una armadura original de la edad media soportaba el crecimiento desprolijo de un potus que colgaba de una maceta plástica a un lado y en su otro flanco, sobre la pared, un cuadro con varios perros fumando y jugando al billar.

A Karlo ya no lo sorprendían estos detalles luego de visitar a Mónaco en forma regular. Más bien lo divertían, preguntándose cuál sería la nueva adquisición payasesca de este millonario sin estilo.

Ingresó al despacho y vio a Mónaco sentado detrás de su escritorio. Sabía por experiencia que cada vez que utilizaba su despacho para recibir a alguien, era cuestión de esperar un ambiente hostil. Era su manera de poner distancia. Su semblante acompañaba esta suposición. Su rostro estaba tenso, crispado. Una máscara de expresión rígida. Al fin habló…

-No te voy a preguntar nada. Espero una buena explicación de tu parte…

Karlo comprendió de inmediato cuál era el origen del disgusto de Mónaco. Decidió jugar un juego peligroso y hacerse el desentendido.

-Tal vez fui un poco duro con Indigo, pero las circunstancias me obligaron. De todos modos creo que entendió el mensaje.

-Entendió el mensaje? –El tono de voz de Mónco se elevaba y su rostro enrojecía progresivamente- Dejaste un moribundo en un charco de sangre, en un “telo” arreglado con la comisaría. Una veintena de testigos te vieron salir con una mina medio muerta envuelta en una sábana. Tengo a todo Investigaciones encima mío y vos me decís “entendió el mensaje”?

Karlo intentó una justificación.

-Si dejaba a la chica allí, probablemente moriría.

-Y a mí qué carajo me importa? Quién te paga a vos? La puta esa o yo? Nunca pensé que vos podrías hacer un trabajo tan desprolijo. No justamente vos. Qué te está pasando? Otra vez estás idiotizado por el recuerdo de tu esposa?

La cara de Karlo se transformó. Un brillo cegador y peligroso asomó por detrás de sus pupilas. El gesto de Mónaco, por un segundo eterno, dejó trasuntar algo parecido al miedo a pesar de encontrarse en el corazón de su fortaleza de decoración kitsch.
Karlo, como nunca antes, se dirigió a su jefe en tono desafiante…

-Deje a mi esposa y su recuerdo fuera de esto…

Mónaco hizo una pausa y retomó su discurso como si el último cambio de palabras no hubiera existido nunca.

-El punto es que la policía me ofreció un trato. Quieren a la chica. De ese modo llegan a Indigo con una acusación concreta y todo cierra perfectamente: Indigo preso, luego de ser malherido en un ajuste de cuentas con algún otro proxeneta que no pudo ser identificado. Todos contentos y nos olvidamos de esto. Confío en que reconozcas tu error y no lo repitas…Ahora tenés que decirme dónde está la chica.

-La dejé en la puerta del Durand, en la vereda. Y me fui. No volví a saber de ella.-mintió Karlo con descaro.

Mónaco reflexionó sobre lo que acababa de escuchar, asintiendo en silencio con la cabeza…

-Ya veo.

Abrió un cajón y sacó un sobre. Sin abrirlo lo arrojó con desinterés sobre el escritorio.

-Tu paga. Ahora quiero que encuentres a la chica. Si me la traés, te pago tres veces lo que hay en ese sobre, y voy a olvidarme que es un problema que vos mismo generaste. Ya está. Estas cosas pasan. Confío en vos, Karlo. No me defraudes.

Karlo tomó el sobre. Lo guardó en un bolsillo sin abrirlo y ensayó una despedida elegante.

-Gracias, Sr. Mónaco. Le pido perdón por las molestias ocasionadas. Pronto sabrá de mí.

Y se retiró del despacho.

Una vez solo, Mónaco levantó el teléfono y a los pocos minutos Paco estaba parado frente a él.

-Señor?

-Vigilalo a Karlo. Creo que me oculta algo. Teneme al tanto.

Paco no lo apreciaba a Karlo. Le provocaba una mezcla de miedo, desconfianza y celos. Tal vez esta fuera la oportunidad de desplazarlo del primer lugar en la consideración del Sr. Mónaco.

-Con gusto, Señor. Cuente con ello.

Algo muy grave estaba a punto de ocurrir. Se respiraba en el aire como el olor a tierra húmeda que precede a la lluvia. Una lluvia inesperada, impredecible. Arrasadora.






miércoles 1 de octubre de 2008

25- Amor?

La situación había tomado a Karlo por sorpresa. El modo en que aquella periodista lo había confrontado, la precisión y exactitud de la información que manejaba…Los indicadores de alarma que se habían presentado aisladamente durante años, habían sido desactivados en sus ciernes con esfuerzo mínimo. Todas las hipótesis estaban previstas y había una solución estipulada para cada una de ellas.

En este caso todos los vectores convergían y se agolpaban frente a él en aquella mesa de bar en forma de una hermosa muchacha de ojos inquisidores y ceño fruncido. Era sin duda una situación complicada. Pero como no podía ser de otra manera, el manual también la contemplaba: la línea de acción era clara. Cómo llevarla a cabo era un desafío a la creatividad de Karlo. Pero había algo en esa chica. Algo difícil de definir, pero que sin duda haría su parte en la balanza llegado el caso.

Pensó rápido. Y decidió.

-Está bien. Usted gana. Le voy a contar lo que sé pero deberá prometerme discreción.

A ella se le iluminaron los ojos como si fuera una niña frente a la vidriera de una juguetería.

-Puede contar con eso.

-Ok. Acompáñeme.

-A dónde vamos?

-No pensará que vamos a hablar de esto en un lugar público, no? Venga conmigo.

-…

Karlo pagó su café, tomó a la mujer del brazo con cierta rudeza, y salieron juntos del bar. El Falcon de Karlo (siempre condujo Falcon. No le gustaba otro auto: parecían hechos el uno para el otro) estaba estacionado a metros de la entrada. Le abrió a la chica la puerta del acompañante y él rodeó el vehículo para sentarse al volante. Arrancó con suavidad, y permaneció en silencio…

-Bueno, lo escucho.

Karlo no respondía.

-Aquí podemos hablar. Estamos solos.

-Aún no es momento. Tendrá que esperar.

Ella colocó la vista al frente y aceptó con un bufido. A pesar de la situación, a Karlo se le antojó cómico su gesto. Era una chica tan astuta como inocente. Rara combinación.
Tomó por Vélez Sársfield hacia el Sur. Pasaron Barracas y llegaron al límite con La Boca. Zona de fábricas abandonadas y galpones.

Karlo detuvo el auto al lado del cordón. No había un alma en cuadras a la redonda. Se quedó unos instantes mirando al frente mientras los ojos de ella se clavaban inquisidores en su perfil pétreo y varonil.

El hombre se volvió hacia ella, todavía en silencio. Su mirada no reflejaba emociones.

Como si hubiera despertado de un sueño repentinamente, la chica pareció comprender todo en un instante:

-Me vas a matar, no? -Ella comenzó a tutearlo, como si la posibilidad de hallarse frente a su potencial asesino les hubiera conferido un extraño grado de confianza.

-…

-Pero…Por qué?

-No tengo alternativa. Así debe ser.

-Esperá…Hay algo que debés saber. Lógicamente este escenario era posible desde el principio. Y aunque yo confiaba en que no de diera así, tomé mis precauciones…

-Ah! Ahora si que tengo miedo…

-Todo lo que investigué. Nombres. Lugares. Fotos. Testimonios. Conjeturas. Absolutamente todo lo que existe sobre Magenta está en un archivo comprimido de computadora. Hay un timer en cuenta regresiva. Si yo no lo desactivo en tiempo y forma, toda esa información va a ser enviada por correo a las principales agencias de noticias del país y el exterior…Sin mencionar una copia de todo eso, guardada en una caja de seguridad que sólo conoce alguien de mi absoluta confianza.

-Conjeturas. Leyendas urbanas. Nadie lo creería.

-Todo cierra. Hay datos fidedignos. Comprobables. Siempre creí que iba por buen camino. Que Usted esté decidido a matarme a plena luz del día en plena Ciudad de Buenos Aires, es una respuesta más que elocuente. Se habla de Usted todo el tiempo en esos papeles. Miranda. Giuliano. El orfanato...Tarde o temprano llegarían a usted tocando los resortes adecuados. Y todos sabemos que cuando las papas quemen, le van a soltar la mano...

Karlo pareció evaluar una situación que comenzaba a desbordarlo. El mundo que menos de una hora antes le brindaba una previsibilidad confortable, se había transformado en minutos en un laberinto cuya salida era un enigma imposible de descifrar.

-Dame la cartera.

-No…

-No te la voy a pedir dos veces.

Ella extendió su bolso con recelo y él se lo arrebató con firmeza: Revolvió el interior sin sacarle a la chica los ojos de encima. Por fin halló lo que buscaba. Abrió la billetera de cuero marrón y sacó un pequeño fajo de papeles: DNI, registro de conducir, tarjetas de crédito, fotos familiares…Miró por encima la documentación y la guardó en un bolsillo de su saco, regresando la billetera sin tocar el dinero al interior de la cartera. Entonces se la devolvió.

-Nicole…Eso dicen tus documentos…

-Si. Ese es mi nombre.

-Bajate. Vos y yo nunca nos vimos.

-No-No en-tiendo…

-Creo que te queda claro que sería sencillo para mí encontrarte. A vos. A tu familia. Se entiende?

-Si…

-Si vuelvo a saber de vos. Si leo algo de esto o de lo que hablamos en algún diario, te voy a buscar. Y no vas a encontrar lugar donde esconderte de mi.

-Está bien. Yo sólo quería saber. No era mi intención…

-Andá. Ahora…

Ella se bajó del auto y él cerró la puerta sin dejar de mirarla. El Falcon desapareció a la vuelta de la esquina como una exhalación de motor 3.6

La historia entre ellos no había terminado.

Más bien acababa de comenzar.

domingo 28 de septiembre de 2008

24- La propuesta

Giuliano decidió que abriría la puerta, buscando para ello con la mirada la aprobación de Karlo, que se encogió de hombros cediéndole el peso de la decisión. Giuliano no debía olvidar que Karlo, más allá de sus habilidades, no era más que un muchacho de 17 años. Abrió la puerta y quien se había presentado como Miranda avanzó con paso seguro. Era más corpulento de lo que Giuliano había estimado. Imponía respeto. El recién llegado extendió su mano con educación. Su apretón fue firme, mirando a los ojos. Era un buen indicio. El saludo de una persona decía mucho acerca de ella.

El sacerdote desplegó su hospitalidad. Ofreció café al recién llegado y lo invitó a pasar al pequeño estudio del cual el cura disponía para atender los asuntos administrativos del orfanato. Karlo se retiró a organizar la cena de los demás chicos, dejando a ambos hombres en las ciernes de un diálogo que se perfilaba como trascendental.

-Bueno, Usted dirá- Comenzó Giuliano para romper el hielo.

-Mi presencia aquí fue motivada por algo que ocurrió aquí hace unos días…

-Si se trata del incidente de aquella mañana, nosotros…

-Espere –Interrumpió Miranda-. No se anticipe. Déjeme terminar. El punto es que tanto la policía como los abogados de aquellos delincuentes desentrañaron la realidad de lo sucedido. Usted sabe como es esto: Se quiebra un testigo, se quiebran dos y al final todos terminan diciendo la verdad. Se sabe que fue Karlo quien demolió a esas lacras.

El cura escuchaba en silencio. Un silencio que concedía. No tenía sentido seguir fingiendo.

-La fiscalía va a pedir 20 años. El primero de ellos en un reformatorio por su condición de menor. Los demás en una prisión común. Con los atenuantes del caso, tal vez sean 15 años y no 20, pero no menos que eso. Créame que no le miento. Antes de lo que imagina la policía estará a su puerta con una citación judicial.

-Pero eso no es justo. El sólo se defendió y protegió a los chicos!!…

-El mundo no es un lugar justo, Padre. Usted debería saberlo: La Biblia lo ratifica en cada página. La cruz que adoramos es el símbolo del sacrificio. Del inocente que muere para salvar a otros inocentes.

-Se imaginará que no me complace escuchar eso. De todos modos aún no me dice qué es lo que Usted quiere. A quién representa. Y qué tiene que ver con Karlo…

-Vengo a ofrecerle a Karlo la chance de dejar todo esto atrás. Usted es la persona en la que él más confía. Le pido que lo ayude a decidir qué es lo mejor para él.

-No termino de entenderlo. Vaya al grano por favor! –Giuliano comenzaba a impacientarse.

Miranda hizo un gesto de incomodidad, como si le fastidiara tener que dar explicaciones extensas. No obstante en esta ocasión tendría que hacerlo, si no quería que Giuliano lo sacara a patadas de su iglesia.

-El poder es un monstruo con muchas cabezas: El Estado, las corporaciones, los sindicatos, las Fuerzas Armadas, los partidos políticos, el Congreso, la Justicia. Todo funciona de un modo aceitado. Aceitado de una manera perversa y oscura, pero aceitado. Piense en la estructura del poder como una pared de ladrillos: Uno sobre otro. Uno al lado de otro. Si no los une y afirma con cemento, la pared se cae. La gente a la que yo represento es el cemento. Hacemos lo que hay que hacer para que la cosa funcione. La expresión “no se puede” no está en nuestro diccionario.

-Operadores políticos…Servicios de Inteligencia.-arriesgó Giuliano.

-Vamos poniéndonos a tono. Comenzamos a hablar el mismo idioma.

-Y qué quiere de Karlo?

-Hagamos un inventario de las opciones que tiene Karlo en este momento: La primera es que siga con su vida habitual y espere el juicio por la causa que lo involucra. Luego de eso, lo dicho: veinte años. Quince a lo sumo.

-Eso ya me lo había dicho. Continúe.

-Otra opción es que movido por la desesperación huya sin rumbo fijo, se transforme en un prófugo de la justicia hasta que lo atrapen en una villa o en un pueblito del interior. El desenlace es similar al anterior, con el agravante de su rebeldía.

-Algo me dice que Usted tiene que ver con la tercera opción…

-Muy suspicaz de su parte. Voy a pasar por alto su tono insolente y le voy a hacer mi oferta concreta: Le propongo reclutar a Karlo. Sin preguntas. Sin explicaciones. Sólo sabrá que le ofrezco impunidad legal absoluta y el comienzo de una nueva vida.

-Reclutarlo para qué?

-Dije sin preguntas. Además aunque quisiera, y créame que no quiero, no estoy autorizado a responder eso.

-Y por qué Karlo? El país está lleno de delincuentes irredentos que darían lo que no tienen para evadir a la justicia.

-Karlo no es un delincuente. Es un muchacho con dotes increíbles y una dósis industrial de mala suerte. Es algo fuera de lo común: Uno en miles. Veníamos siguiéndolo desde que peleaba en antros por centavos.

Giuliano intentó disimular su sorpresa. Karlo jamás le había hablado sobre esa faceta de su vida. Era algo que lo avergonzaba y luchaba por olvidar.

-Además no tiene familia. Ni siquiera parientes lejanos (“anclaje”, como le decimos en la jerga). Puede tomarlo como una adopción, ya que de alguna manera lo es. ¿Acaso no llaman “el orfanato” a este lugar?

Miranda, a pesar de su afán por mantener la reserva, tenía dificultades para contener su verborragia. Giuliano imaginó que esa tendencia a hablar compulsivamente debió haberle jugado más de una mala pasada.

-Y si Karlo no acepta?

-Volveríamos indefectiblemente a alguna de las primeras dos opciones. Mañana a esta misma hora Karlo deberá pararse frente a la iglesia. Si no lo hace, sabremos que su respuesta es “No” y Usted no volverá a saber de mí. Será como si esta reunión jamás se hubiera llevado a cabo.

-Debo aclararle que la decisión será de Karlo. No voy a hacer nada para obligarlo.

-Manéjelo como quiera. En lo que a mí respecta, me gustaría que el muchacho esté parado allí mañana en la noche. Pero si no está, tengo una lista de “Karlos” que debo seguir chequeando. Para mí no es personal.

Miranda se despidió con la misma cordialidad del principio y mientras recorría el trayecto hacia la entrada Karlo lo siguió con la mirada mientras ordenaba el comedor luego de la cena. Cuando los chicos del Orfanato ya estuvieron acostados en el dormitorio, Giuliano llamó a Karlo a su estudio. Debían hablar largo y tendido.

Y tomar una decisión.

viernes 26 de septiembre de 2008

23- El misterioso Miranda

La batalla de la iglesia había ocasionado un gran revuelo en el vecindario. La incursión del Indio y sus secuaces había finalizado de la peor manera: un muerto, un herido grave (el cuchillo había tocado la médula. Lástima) y cuatro jóvenes con sus rostros prácticamente desfigurados a golpes. El incidente trascendió en los medios como una pelea entre bandas rivales, trasladada desde las calles hacia los claustros del orfanato. Nada decía de aquel joven que se había revelado como una fría y precisa máquina de matar ante la atónita mirada de todos los presentes. Incluido Giuliano. El muchacho tenía un don. No de los más deseables por cierto, pero un don al fin. Había nacido para pelear.

De todos modos por indicación del sacerdote, todos los chicos que declararon en la comisaría como testigos lo hicieron avalando la versión periodística. Giuliano esperaba que el incidente fuera olvidado en pocos días. Y de alguna manera así fue. En poco tiempo todo comenzó a retomar su cauce normal. Excepto con Karlo. Nadie desde ese día volvió a mirarlo con los mismos ojos. Había generado admiración en la mayoría: Un acto heroico como aquel no era cosa de todos los días. En otros, sin embargo, había anidado el recelo. Quien mata una vez, puede volver a hacerlo. Y él lo había hecho con la misma naturalidad con que se afeitaba cada mañana.

Giuliano estaba intranquilo por lo sucedido. Tenía el presentimiento que algún coletazo de aquel suceso terminaría por influir de manera decisiva en sus vidas. Las corazonadas, sobre todo cuando eran tan intensas como aquella, rara vez fallan.

Pocos días después, con las primeras horas de la noche, los chicos del orfanato habían finalizado las actividades del día y se habían higienizado para cenar. De pronto alguien llamó al portón del comedor. Después del incidente del Indio, Giuliano había reforzado las medidas de seguridad y el portón ya no permanecía abierto. El cura y Karlo se miraron un instante con preocupación, y se acercaron a la puerta con lentitud.

-Quién es? –preguntó Giuliano observando por la mirilla.

Del otro lado de la puerta, se reveló la figura de un hombre de unos 50 años, alto y esbelto, de bigote prolijo y calva brillante. Vestía un traje oscuro, fino y a medida. Giuliano pensó en cuántas cenas de sus chicos pagaría con esa ropa.

-Mi apellido es Miranda. Quisiera conversar unos minutos con Usted.

-¿Sobre qué quiere hablar? Es tarde.¿No podría regresar en la mañana?

-Créame que Usted debería escuchar lo que vengo a decirle.

En su voz había cierto grado de advertencia, aunque no de hostilidad. Dijo una frase más, que logró convencer a Giuliano de la importancia de aquella charla:

-Vengo a darle una oportunidad a su muchacho. Quizás la única que tenga…

jueves 25 de septiembre de 2008

22-Melanie

-Yo trabajo para Indigo –comenzó, intentando elegir bien cada palabra-. Hago la calle desde hace un par de años y entré en un círculo vicioso del que no encuentro salida. Indigo se lo lleva casi todo y la posibilidad de salirme está cada vez más lejana. Hasta que hace unos meses intenté hacer algo por mi vida.

Karlo comenzaba a leer entre líneas. Ya se imaginaba cómo estaban dadas las cosas y en qué iban a derivar finalmente. La chica era realmente hermosa, aunque llevaba en su rostro algunas huellas de su vida desordenada. La dejó seguir hablando.

-Conocí un cliente. Un tipo de plata, casado y con hijos. Me prometió el oro y el moro con el discursito típico de “Yo te voy a sacar de la calle”. Yo ya lo había escuchado muchas veces y no le presté atención. Al final, todos se borran. Pero este tipo un día vino y me entregó un juego de llaves: “…La escritura a tu nombre está sobre la mesa de la cocina…”, me dijo.

-Y dejaste a Indigo –Intentó adivinar Karlo.

-Era una decisión complicada porque sabía que las consecuencias podían ser graves para mí. Pero finalmente me decidí: Desaparecí del mapa. Me mudé al departamento, que por cierto era precioso) y al día siguiente empecé a buscar trabajo. Marcelo (así se llamaba mi cliente-benefactor) venía día por medio. Las reglas estaban claras y él nunca ofreció otra cosa. Se quedaba con su familia, y yo en el “bulo” para cuando él quisiera. Por mí estaba bien. Era lo más parecido al amor que había vivido en mucho tiempo…

-Y conseguiste trabajo?

-Enganché algunas cosas eventuales como promotora, nada fijo. Pero las cosas iban bien de todos modos. Además Marcelo me dejaba plata cada vez que venía. No te voy a vender la imagen de la chica reformada milagrosamente, pero al lado de la vida que llevaba con Indigo, puedo decirte que el cambio fue radical.

-Hasta que Indigo te encontró…

-Exacto. Un día abro la puerta del departamento y encuentro un diario. Un papel blanco marcaba una página determinada y en ella un óvalo rojo hecho con fibra destacaba una noticia: “Feroz ataque a importante empresario gastronómico”. Hablaba de un intento de asalto, pero yo sabía la verdad. Indigo. Lo mandó al hospital. Varias fracturas y pronóstico reservado. Zafó por poco y todavía está internado.

Karlo se preguntó si no debió haber sido aún más duro con aquel rufián. Nunca es demasiado el castigo con la gente de esa calaña.

-En el papel que habían utilizado para marcar la hoja había una nota: “Vos sos mía hasta que yo diga lo contrario. Te espero mañana a las 10 ya sabés dónde. Si no venís, en el diario de mañana salís vos”.

Mientras seguía el relato con atención, Karlo se daba cuenta de que no podía parar de mirarla. Se esforzó por sacarse esa idea de la cabeza. Demasiado complicada. Le dio el pie para continuar:

-Y no pensaste en ir a la policía?

-La policía te etiqueta. Si fuiste puta una vez, lo vas a ser toda la vida. No me tomarían en serio. Además Indigo tiene contactos importantes. Comprados. Sólo agravaría las cosas ir con ellos.

-Entonces acudiste a la cita.

-Si. Al principio todo estuvo bien. Conversamos un rato; me dijo que se alegraba de mi progreso, que se había molestado porque desaparecí sin decirle nada, que él no era un ogro o un explotador. Hablábamos y tomábamos cerveza. De pronto me empecé a sentir mal. Antes de desmayarme me di cuenta de que le había puesto algo a mi vaso. El resto de la historia creo que lo conocés. Si vos no hubieras llegado, probablemente me habría matado o desfigurado, nada más que como ejemplo para las demás chicas. Un mensaje que diga “Con este no se jode”.

-Creo que ahora el desfigurado va a ser él.

-Lo lastimaste?

Karlo sonrió al recordar el ruido de los dientes de Indigo al quebrarse y la cirugía casera que le había hecho en la rodilla. “Desfigurado y rengo”-Pensó.

-No. Sólo tratamos el tema que teníamos pendiente. Luego me fui de ahí con vos. El no dijo más nada- Karlo seguía sonriendo, como un niño que recuerda sus picardías.

-Creo que no te di las gracias. Lo hago ahora. En cuanto al futuro, no sé qué voy a hacer.

-Cómo primera medida tenés que ir al hospital a tratarte esas quemaduras. Te puse una crema antibiótica, pero te tiene que ver un médico.

Su cerebro envió una señal de alarma cuando las palabras se agolparon en su boca: Iba a cometer otro error. El segundo en poco tiempo.

-Si querés podés quedarte acá hasta que todo se calme.

-Y por qué harías algo así por mí? Digo, me sacaste de ahí y estamos vivos: Vos debés ser un mercenario o algo así, y creo que bastante bueno. Ser solidario no es lo común en tipos como vos.

Karlo se puso serio.

-No te lo voy a ofrecer por segunda vez. Las condiciones son simples: Sin preguntas, sin intromisiones. Si hacés alguna boludez como venderme a Indigo o a la policía, lo voy a tomar como una traición. Una afrenta personal. Me conocés hace poco, pero creo que te diste cuenta que no es buena idea jugarme sucio.

Ella pareció dudar un instante. No podía regresar a su departamento. Quizás Indigo estuviera muerto o cerca de estarlo, pero conocía gente jodida y seguramente iba a querer vengarse de ella, de Karlo, del mundo. Si se quedaba, solucionaba de un plumazo el problema del techo y ganaba la protección de un guardaespaldas de cuidado. Además consideraba a Karlo un tipo atractivo. Algo bueno podría resultar de todo aquello después de todo.

-Está bien, me quedo. Pero sólo hasta que las cosas se tranquilicen.

-Nadie habló de otra cosa.

-A propósito. Mi nombre es Melanie.

-El mío es “Nadie”: Nadie te ayudó, estás viviendo en la casa de Nadie y Nadie preparó el café. Está claro?

-Como el agua.

Y bebieron en silencio el resto del café.

miércoles 24 de septiembre de 2008

21- Charlando en el living

El reflejo azulado de la pantalla del televisor iluminaba la cara de Karlo, que se había quedado dormido en el sillón del living. Como si hubiera presentido algo en ese letargo que nunca era lo suficientemente profundo, abrió los ojos y pudo ver a una chica aterrorizada que lo amenazaba con un enorme cuchillo de cocina que bailaba entre sus manos temblorosas.
Se preguntó si aún estaba soñando, hasta que recordó…

-Quedate tranquila. Dejá ese cuchillo que te vas a lastimar.

La chica estaba envuelta en una sábana (en este caso, la sábana de la cama de Karlo). Parecía que estaba predestinada a ese atavío poco común.

-Quién es Usted? Dónde estoy?

-Mi nombre no importa. Estás en mi casa. Y podés irte cuando quieras. En el placard hay algo de ropa de mujer que creo te va a ir bien. Ahora, si querés explicaciones te sugiero que sueltes el cuchillo, me dejes preparar café y nos sentemos a conversar.

Ella dudó unos segundos. Finalmente dejó su improvisado armamento sobre el modular y se sentó en el sillón individual que había frente al sofá. Permaneció seria, Con el ceño ligeramente fruncido, como una niña haciendo un berrinche. Era extremadamente joven.

-Así está mejor. Voy por el café.

Karlo se encaminó a la cocina a paso lento, consciente de que el ánimo de la muchacha aún no había recuperado el equilibrio ideal. Demasiadas emociones, que conjugadas con la ingesta química a la que se había (o la habían) sometido, estuvieron a punto de hacer colapsar sus circuitos en el mismísimo living de Karlo.

El preparó el café lentamente, dándole a la chica el tiempo suficiente para asimilar la situación: Semidesnuda en casa de un extraño y sin recordar nada de lo sucedido. Tenía que admitir que le había pasado otras veces, pero claramente las circunstancias eran diferentes.

Karlo regresó con dos tazas humeantes y observó aliviado que los rasgos de la muchacha habían cambiado en gran medida, tornando miedo en curiosidad.

Una vez que la tensión vivida un momento atrás devino en lo que parecía una situación de charla amistosa, Karlo empezó a hablar.

-Te voy a contar lo que pasó en pocas palabras. Espero que después seas vos quien satisfaga mi sana curiosidad (había algo de sarcasmo en su voz. Un sarcasmo risueño, si cabía) El punto es que yo tenía algo que arreglar con un tal Indigo, y cuando estaba a punto de desarrollarse un diálogo esclarecedor entre nosotros, descubrí a cierta señorita desnuda, semi inconsciente y atada a una cama mientras un aprendiz barato de Marqués de Sade convertía sus tetas en un cráter volcánico. Creí que lo mejor era poner remedio a esa situación. Vos me vas a decir si me equivoqué o no al hacerlo…

La chica evidenciaba en su actitud una mezcla de agradecimiento, culpa y vergüenza. Karlo estaba en una posición que lo incomodaba: No manejaba la información necesaria. Estaba en ascuas y encima había cometido el error de convertir en algo personal lo que sólo debió haber sido un trabajo.

Ahora el turno de la chica había llegado. Tomó un sorbo de café que tragó con una mueca de desagrado.

-Está amargo! –Se quejó.

Se arrellanó en el sillón y comenzó a relatar su historia con voz cansada. Otra historia de dolor y desamor.

Parecía cosa del destino. Cuando Karlo estaba involucrado, nunca eran cuentos de hadas.

martes 23 de septiembre de 2008

20- Ojos de fuego

-¿Qué hacés, cuervo? ¿De mí sí te acordás, no? ¡Qué linda te queda la cicatriz de la cara! Atenlo. Rápido…

Los amigos del Indio (ahora Giuliano los recordaba, pero era tarde) levantaron en vilo al sacerdote, que no era para nada corpulento. Arrojaron al suelo las tazas metálicas dispuestas en una de las mesas y su tintineo caprichoso musicalizó la situación, que a esta altura cobraba visos de dramatismo. Acostaron al cura sobre la tabla y ataron sus muñecas, anudando los chicotes por debajo de la mesa: Crucificado y vulnerable, de cara al cielorraso de su propio salón.

Karlo se mantenía calmado, sentado aún en el lugar que había ocupado durante el desayuno. Aprovechando la distracción de la banda del Indio, tomó uno de los cuchillos que usaban para rebanar el pan: Un “Tramontina” de serrucho, de los más ordinarios. Lo disimuló en la palma de su mano derecha, y al advertir que los tipos seguían sin prestarle atención, repitió el procedimiento con un segundo cuchillo. Karlo enfurecido y con dos cuchillos. Ya no cabía duda. Correría sangre.

El Indio apoyó el cañón de la pistola en el cuello del padre. En esa situación, exactamente la que quería, se dirigió a Giuliano.

-¿Vos pensaste que podías desafiarme? ¿Humillarme delante de mi gente y llevártela de arriba? No Señor. Me parece que en el seminario hay cosas que no te enseñaron…

Con el pulgar de la mano derecha rebatió el martillo de la pistola con un chasquido aterrador. Karlo ya había hecho sus cálculos: Seis hombres, dos pistolas. Si aparecía otra arma sería un problema. Improvisaría.

El Indio siguió con su monólogo de villano de comic, ese que parlamenta en lugar de liquidar al superhéroe de inmediato cuando tiene la oportunidad de hacerlo.

-Te voy a decir lo que voy a hacer: Con esta pistola te voy a romper los huesos de las piernas. Uno por bala. Y si me sobra alguna, ya veré: Voy a ser creativo. No te voy a matar. Prefiero ver cómo das lástima en una silla de ruedas el resto de tu vida.

Karlo miró a los ojos a Giuliano y éste negó con la cabeza, presintiendo lo que el joven iba a intentar. No había miedo en la mirada del cura.

Era el momento de actuar. En una fracción de segundo extendió ambas manos y los cuchillos salieron despedidos como dardos mortales. Uno de ellos perdió su hoja en el cuello del Indio, cuya voz se convirtió de pronto en un gorgoteo húmedo mientras se desplomaba agonizante. El segundo cuchillo se hincó en el hombro derecho del otro joven armado. Debió haber seccionado un nervio, ya que su brazo cayó muerto a un lado de su cuerpo y la pistola se precipitó al suelo con un “clac” sin eco.
Desentendiéndose de los dos heridos, Karlo se volvió hacia los otros cuatro:

-Ahora está más parejo, no? –Mostró los dientes en una sonrisa que el fuego de sus ojos no compartía.

Los cuatro se abalanzaron sobre él, y a pesar de la diferencia de número podría decirse que Karlo llevaba la mejor parte cuando los chicos del orfanato intervinieron. Una veintena de adolescentes y niños descargaron la tensión del momento vivido en los cuerpos de aquellos tipos, que lloraban como criaturas pidiendo clemencia. Quedaron lastimados. Muy lastimados. Y no fue peor porque Giuliano, ya liberado de sus ataduras, intervino para evitarlo.

Karlo se apartó del grupo y se arrodilló a un lado del Indio. Estaba muerto. Se limitó a contemplar su cadáver aún tibio con ojos inexpresivos. Giuliano se acercó y se acuclilló a su lado. Lo abrazó paternalmente.

-Ya está, Hijo. Ya pasó…

El joven que poco tiempo atrás había perdido a sus padres de manera trágica, vivido en las calles, descollado en el circuito de peleas clandestinas y coqueteado con excesos sin retorno, había matado por primera vez.

Y tenía sólo 17 años.


lunes 22 de septiembre de 2008

19- Las cosas se complican

A partir de ese día nació entre ambos una relación que iba a extenderse en el tiempo. Karlo demostraba a diario aptitudes poco comunes. Se destacaba en el estudio y sus destrezas físicas eran sorprendentes. Y mejoraban con la práctica: Un atleta nato, de fuerza física atemorizante y temperamento a prueba de balas.
De a poco fue abandonando su actitud retraída y se transformó en un joven sociable, aunque de pocas palabras. Solidario en cada uno de sus actos, se fue convirtiendo por decantación en la mano derecha de Giuliano. Su protegido y alfil. El orfanato brilló con luz propia durante la veintena de meses en que el padre y su hijo espiritual lo llevaron adelante con un tesón digno de aquellos hombres afectos a las empresas heroicas.

Pero todo lo bueno termina algún día. Y finalmente aquel día llegó.

Una mañana como tantas otras, los chicos del orfanato se hallaban a punto de desayunar. La mayoría de ellos ocupaba su lugar en las largas mesas, mientras los más remolones se sumaban lentamente arrastrando tras de sí la modorra del reciente despertar.
Karlo estaba a cargo de la actividad, secundado por otros dos chicos del grupo de los más grandes. Giuliano aún no había dado señales de vida. Era temprano.

De pronto ingresó por la puerta del salón que daba a la calle un grupo de cinco jóvenes. Karlo se percató inmediatamente, y presa de un mal presentimiento se plantó con firmeza frente al primero de ellos.

-¿Chicos? –preguntó con tono entre cordial y amenazante.

-¿Podemos desayunar? –la pregunta iba acompañada de una sonrisa sobradora que a Karlo no le gustó nada.

-Lo siento, muchachos. Pero ya es tarde y las raciones están contadas.

-Yo había escuchado que la iglesia del padre Giuliano estaba abierta para todos…

El joven no dejaba de sonreír mientras hablaba. Decididamente se trataba de una provocación. Karlo comenzaba a enojarse. El sabía que cuando se enojaba había consecuencias. Era una maldición que lo perseguía como una mala costumbre. Avanzó un paso y puso su nariz a un centímetro de la del joven.

-Creo que se van a tener que ir…
Los ojos de Karlo mostraban ese brillo que invitaba a rehuir el combate, pedir disculpas y retirarse, por mero instinto de supervivencia. La situación parecía no tener retorno.

A esta altura Giuliano, que había ingresado al comedor, seguía las acciones desde lejos e intercedió oportunamente.

-Está bien, Karlo. Pasen chicos. De alguna manera nos vamos a arreglar.

Los jóvenes entraron al salón. El más corpulento pasó por al lado de Karlo, quien no le sacaba la vista de encima. Al pasar le dio un pequeño empujón desafiante. Sin violencia, pero cargado de simbolismos.

El desayuno transcurrió tranquilamente. Giuliano y Karlo estaban tensos por la presencia del grupo de recién llegados, intentando que los más pequeños no presintieran que algo andaba mal. No pasó demasiado tiempo hasta que todos los temores cobraron fuerza con rapidez alarmante. Dos de los visitantes sacaron de entre sus ropas pistolas automáticas y comenzaron a gritar:

-Quietos todos! El que se mueve es boleta…

Giuliano, sin perder la calma, habló en voz baja pero perfectamente audible.

-Chicos, acá no hay plata. Vivimos al día con los gastos.

Los muchachos se miraron y rieron a carcajadas

-Plata? No, cura. No es cosa de plata. ¿En serio no te acordás de nosotros?

Giuliano entrecerró los ojos tratando de recordar.

-No, pibe. Creo que no.

En ese preciso momento, como un eco de las palabras del sacerdote, una figura se recortó en el marco de la puerta. Esa puerta que siempre estaba abierta para quien lo necesitara.

Era la silueta de “El Indio”, que avanzó con aire de suficiencia y una enorme, satisfecha, sonrisa en la cara…


sábado 20 de septiembre de 2008

18- Karlo en el orfanato

Luego del incidente del supermercado, Giuliano llegó a la Iglesia con Karlo en muy malas condiciones. Borracho, sucio, mal nutrido y con tanto odio en su corazón que no podía contenerlo. Varios de los chicos más grandes lo ayudaron a acostarlo en una de las camas y allí lo dejaron a expiar los pecados de su borrachera. Hacía tanto tiempo que Karlo no dormía en una cama limpia y confortable que lo hizo por más de 12 horas.

Cuando despertó se incorporó desorientado. Era una habitación grande, casi un galpón. Había muchas camas, dispuestas con prolijidad en dos hileras paralelas. La mayoría estaban ocupadas por chicos que aún dormían. Era una estancia populosa pero confortable. De pronto un joven de unos 16 años se acercó a él y le extendió ropa limpia y una toalla.

-Las duchas están al final del pasillo.

-Pero…

-Shhh…bañate. Después hablamos.

Karlo desconfiaba, pero le apetecía un buen baño. Sin decir más tomó los elementos y se dirigió a las duchas con paso vacilante. Disfrutó del agua caliente durante un buen rato. Una vez limpio regresó a la barraca y se sentó en la cama que había ocupado las últimas horas. Se vistió y esperó, sin estar seguro de qué debía hacer, qué hacía allí y qué se esperaba de él.

El Padre Giuliano apareció por una puerta lateral. Se acercó, tomó una silla y se sentó frente a él.

-Cómo estás, Karlo?

-Me duele un poco la cabeza.

-Es lógico. Se llama resaca.

-Qué estoy haciendo acá? Qué lugar es este?

Giuliano adoptó un tono didáctico, paciente y divertido, ante el desconcierto del joven.

-Esta es una Iglesia. Yo humildemente la organizo. Aquí funciona también algo que todos llamamos con cariño “El orfanato”, que no es más que un lugar para los que no tienen lugar, donde intentamos –más allá de llenarles la panza y ofrecerles un ambiente limpio en todo sentido- darles algunas herramientas para sobrevivir en la jungla de afuera.

-Pero…me puedo ir si quiero? No es del Estado esto? No hay policía?

-Por supuesto que podés, aunque también te podés quedar. Esto no es una cárcel. De todas maneras sí hay algunas reglas básicas. La mayoría apuntan a normas lógicas de convivencia. No alcohol, tabaco, drogas. No peleas. Estudio. Diálogo…

Karlo miraba sorprendido. Esto era raro para él. No interrumpió a Giuliano, y este prosiguió:

-Pero hay una regla en especial que tiene que ver con tu pregunta: Si te vas, será porque estás listo. Si decidís irte antes, podés hacerlo. Pero sólo habrá un camino de ida.

-Y quién juzga cuando estás listo?

-Yo. Claramente no es una democracia, pero confío en mi buen juicio, con la ayuda de Dios.

-Está bien. Me quedo. Pero no deberá sorprenderse si una mañana encuentra mi cama vacía.

-En ese caso las reglas del juego están claras.

Y lo estaban. Entre aquel hombre de Dios y ese joven alejado de su mano, lo estaban…

miércoles 17 de septiembre de 2008

17- El origen de un nombre

A los pocos minutos llegaron al departamento de Karlo, quien cargó a la chica aún inconsciente a la habitación. La acostó en su propia cama y con paciencia y dedicación limpió las heridas de su pecho, recubriéndolas con una pomada antibiótica. Lo demás era esperar que regresara de su mal viaje. El abuso de drogas nunca colmaba las expectativas prometidas.

Karlo se había metido en un problema. Había obrado por impulso y no conforme con eso había seguido cometiendo un error tras otro. Rescatar a la chica había sido una tontería. A fin de cuentas parecía tratarse de un encuentro consensuado que se les había ido de las manos a partir del sadismo de Indigo. La impunidad era una droga que sacaba lo peor de la gente. Pero una vez fuera del hotel ¿Por qué no dejar a la chica en la puerta de un hospital? Lo hecho era una locura. Y en su trabajo las locuras tenían consecuencias. El lo había aprendido mucho tiempo atrás.

Todas las preguntas que Karlo se hacía tenían una sola respuesta: El había visto en la desprotección y vulnerabilidad de esa chica el reflejo de su niñez.
Karlo era el único hijo de un matrimonio de clase media. Tenía una vida normal, aunque siempre se había mostrado como un niño solitario y taciturno. Tenía 14 años cuando una mañana de octubre el rector del secundario al que asistía lo mandó a llamar.

-Tengo que darte una noticia. Sentate. No va a ser fácil.

-Qué pasa? Es sobre mis padres?

-Si…

El rector luchó por encontrar los eufemismos adecuados para decirle que su padre había matado a su madre de un disparo en la cabeza y se había suicidado de un tiro en la boca. Ella le era infiel. Karlo lo intuía, e íntimamente sabía que la cosa tendría un desenlace como este. Su padre tenía en sus ojos el fuego velado de la locura. Ese que Karlo conocía bien, por verlo en el espejo cada mañana mientras lo quemaba por dentro…

-¿Puedo volver a clase? -preguntó el muchacho sin que se le mueva un sólo músculo del rostro. Su voz carecía de inflexiones. Era la voz de alguien que se hallaba a kilómetros de allí.

-¿Entendiste lo que te acabo de decir? Tus padres murieron. Están buscando a tus otros familiares…

-No hay otros. ¿Puedo volver a clase? -repitió.

-…

Ante el silencio del rector, Karlo regresó al aula. Cuando finalizó la jornada, un patrullero lo trasladó a una comisaría donde se entrevistaría con la asistente social del Juzgado.

No tenía hermanos, tíos ni abuelos. Estaba solo en el mundo. Luego del funeral de sus padres, el Juez de menores dispuso su internación en un instituto, manteniendo su casa y bienes al amparo de un administrador que Karlo ni siquiera conocía. Huyó del instituto antes de que pasara una semana y vivió durante un año en las calles, en los trenes, en autos abandonados. Sobrevivió a esa prueba gracias a una madurez intelectual y emocional poco común para su edad. Descubrió también un talento innato: Sabía pelear. Con sólo 15 años lo hizo primero para defenderse y luego para ganar dinero. Se hizo popular en el circuito clandestino, venciendo a hombres más grandes en edad, peso y fuerza. Fue protegido por las lacras que organizaban la actividad y fue esquilmado por esos mismos buitres. Si situación de calle no cambiaba. Dormía donde la noche lo sorprendiera, comía lo que podía. Y cuando la situación se hacía insostenible, visitaba a la gente adecuada para que le organizara alguna pelea. Hacía unos pesos y la rueda comenzaba a girar de nuevo. Sobre el ring fue bautizado “Karlo” y desde ese momento olvidó su nombre de origen: Fue su segundo bautismo. Y Karlo nunca fue vencido en una pelea.

Como no podía ser de otro modo, esa vida propició su descenso a los infiernos. Comenzó con el alcohol y siguió con la cocaína, pero su cuerpo era fuerte y rechazaba esos estímulos. Decidió que la droga no era para él y el alcohol era simplemente un agente enajenante para pelear o robar, algo que odiaba, pero el hambre es el peor de los consejeros.

Uno de esos días, en uno de esos robos por hambre, Giuliano había llegado a su vida como ahora él había llegado a la vida de la chica que se recuperaba sobre su cama. No era cuestión de creer en paradojas o en la naturaleza cíclica del destino, pero así como él había tenido una segunda oportunidad, estaba decidido a darle a ella la misma posibilidad. Si al despertar decidía volver a la calle, a las drogas o a Indigo, era su decisión. Pero llegó a la conclusión de que a pesar de las posibles consecuencias a las que se exponía, había hecho lo correcto al sacar a la muchacha de aquel antro.
Mientras reflexionaba la miraba dormir y por un instante creyó que el tiempo había retrocedido y era la mismísima Nicole la que reposaba a su lado.

martes 16 de septiembre de 2008

16- Misión (por demás) cumplida

Karlo hizo un movimiento extrañamente rápido para su corpulencia y como un fantasma sorteó el par de metros que lo separaba de Indigo. La manopla letal se estrelló contra la boca del proxeneta, llevándose varias piezas dentales y desgarrando en forma definitiva el labio inferior. El revólver cayó de sus manos e Indigo quedó sentado en el suelo, la espalda contra la mesa de noche laqueada que flanqueaba la cama. Karlo acercó su cara a la de él hasta quedar a unos centímetros. Le habló calmado, asegurándose de que Indigo lo mirara y le prestara atención a pesar de su obnubilación y la magnitud de aquella herida que parecía latir con vida propia.

-Ese golpe fue por hacerte el osado. Si me apuntás con un arma asegurate de matarme, o bancate lo que viene después…Esto es lo que viene después…

Y sin previo aviso clavó la hoja de su cuchillo en la rodilla de Indigo. Un sonido cartilaginoso testificaba acerca del daño producido. El hombre gritó al borde del desmayo.

-Vos sabés de territorios. Y sabés lo que pasa cuando orinás en un árbol que no es el tuyo, sino el de un animal más grande y peligroso. ¿Lo sabés o necesitás que yo te lo explique?

Indigo asintió con la cabeza. Su respiración era un gorgoteo húmedo y grotesco.

-Bien. Mejor así.

Karlo sacó el cuchillo de la rodilla de Indigo, que soltó un chorro de sangre como si se tratara de una protesta. Limpió la hoja en el pelo negro y lacio del herido, guardándola en la funda de cuero dispuesta en su cinturón. Luego tomó el revólver del suelo, lo guardó en su cintura y desató a la chica con parsimoniosa delicadeza. Cubrió su desnudez con una sábana blanca y la cargó sobre su hombro derecho como si fuera una almohada de plumas. Antes de salir de la habitación se acercó a Indigo y apoyó la suela de su borceguí sobre los testículos del tipo, quien sólo pudo emitir un gemido ahogado con lo que le quedaba de energía.

-No hay enemigo más poderoso que el que no tiene nada que perder…

Levantó su pie e Indigo se derrumbó a un lado como una gelatina a medio cuajar, desmayado en un charco de sangre que crecía y crecía.

Karlo Salió al pasillo y sigiloso como una comadreja bajó las escaleras. Afortunadamente para él, el recepcionista era a la vez el encargado de monitorear las cámaras y no le prestó la menor atención. Al parecer Karlo había sobreestimado el riesgo. A fin de cuentas no era más que una pseudo mafia barrial que intentaba probarse un ropaje que le quedaba holgado por demás.
Por si las moscas empuñó el 38. El tiempo del cuchillo había pasado. No podría usarlo mientras acarreaba a la chica.

Cuando la silueta extraña del hombre y su carga se dibujó en el pallier, el pelado se incorporó y le cerró el paso.

-No te hagas matar por una boludez…-dijo Karlo con tono convincente, apuntalado por el ojo negro del cañón del revólver que miraba al custodio desde su oscuridad amenazante.

El gordo levantó las manos a la altura de su pecho exhibiendo las palmas, y se hizo a un costado con la evidente intención de no confrontar. Sin dejar de apuntarle con el arma, Karlo pasó a su lado lentamente. Salió a la calle ocasionando un pequeño revuelo. No era habitual ver salir de un hotel a un hombre corpulento con una chica al hombro envuelta en una sábana blanca. Karlo corrió unos 40 metros resollando: La chica parecía ser más pesada a cada paso.
Llegó hasta su auto, depositó su peculiar carga en el asiento de atrás y desapareció de la zona en segundos conduciendo como si lo llevara el diablo. Ese barrio tenía sus bemoles, que en este caso lo favorecían. La regla de oro era “Ver, oír y callar”. Nada de policía. Nada de héroes. Cada uno cuidaba su pellejo y si ser solidario implicaba arriesgarlo, pues no gracias.

Lealtad? Traición?

Si. Ambas…

15- Un poco de acción

No iba a ser fácil llegar hasta Indigo. El tipo había crecido bastante en los últimos meses y manejaba gran parte de la red de prostitución callejera de los barrios bajos. Karlo sabía además que donde había putas, también había armas, drogas y marginalidad, un circuito con códigos propios aceitado como una máquina de relojería: Todos se conocían, todos se protegían y en algún momento, tarde o temprano, todos se traicionaban. Mónaco le había pedido que advirtiera a Indigo, pero Indigo no era de esas personas a las que se llega y se les dice “…Señor Indigo, sería tan amable de evitar que las señoritas que Usted regentea trabajen en el vecindario del Sr. Mónaco? Gracias. Es Usted muy gentil. Fue un placer conocerlo…”
No. Las cosas seguramente serían muy diferentes, pero Karlo estaba preparado.
Un día antes había estado reconociendo la zona, simulando ser un cartonero borracho. Se tiró bajo un árbol en la plaza de Solís y Garay, para chequear desde allí todo el movimiento del albergue transitorio que funcionaba por Pavón. Al parecer Indigo manejaba su pequeña organización desde una habitación del tercer piso del hotel, acondicionada a todo lujo para él. El lugar no tenía una seguridad extrema. Sólo un hombre obeso y de cabeza rapada parecía dirigir el movimiento de la cuadra, en la que mujeres y travestis se ofrecían a plena luz del día. Un par de horas le alcanzaron a Karlo para establecer su plan de acción.
Con los indicios recogidos durante su observación del día anterior, Karlo regresó pulcro y aseado. Caminó por la cuadra como si estuviera perdido o indeciso, ante las miradas atentas de las prostitutas: Alguien con esa actitud sólo podía ser turista, cliente o policía. Karlo develó las dudas casi de inmediato. Se acercó a una de las chicas y le dijo en tono bajo.

-Cuánto?

-30 el bucal, 60 el completo. El hotel lo pagás vos.

-Vamos…-Dijo Karlo sin molestarse en regatear.

Ingresaron al hotel y ni bien traspusieron la puerta Karlo vio al pelado sentado en una silla que se perdía bajo su cuerpo. Lo saludó con una inclinación de cabeza que el godo ignoró, y se dirigió a la ventanilla.

-Una habitación por favor.

-Simple o con hidromasaje?

-Es lo mismo.

El conserje lo miró con desinterés. Los clientes de las putas acarreaban el estigma de ser tan despreciados como ellas.

-Habitación 301. Tercer piso por la escalera. Son 50 pesos.

Karlo pagó y apoyó su mano en la espalda de la mujer, que había presenciado la transacción con aire ausente y sin dejar de masticar chicle.

Ingresaron a la habitación y sin decir palabra la mujer comenzó a desvestirse. Karlo se acercó y apoyó sus manos en el cuello de la chica, como si fuese a darle un masaje.
-Qué lindo! –dijo ella ronronendo- Qué manos fuertes tenés!

-Qué bueno que te guste. Relajate.

Imperceptiblemente Karlo apartó una de sus manos de aquel cuello impregnado en perfume barato y extrajo un pañuelo de su bolsillo. Un aroma clorado invadió el ambiente, y la puta lo percibió.

-Qué es ese olor? –exclamó entre intrigada y alerta.

Como toda respuesta Karlo oprimió el pañuelo contra su nariz y boca. Luego de un breve pataleo que fue cediendo progresivamente, la mujer cayó desvanecida.

El primer paso estaba cumplido. Ya estaba dentro del hotel, en el mimo piso de Indigo. Ahora debía encontrar su habitación, y aunque los parámetros se habían reducido, todavía quedaba un buen trecho por recorrer. A pesar de todo, karlo lo estaba disfrutando.

Acostó a la chica en la cama, la tapó y abrió la ducha del baño. La mayoría de los telos filmaban las habitaciones con cámaras ocultas, un poco por seguridad, pero también para comercializar el material en Internet. El mundo estaba lleno de pervertidos. En este caso, dado el ambiente que frecuentaba el tugurio, era una posibilidad concreta. Había actuado rápido de modo que el forcejeo pareciese un juego sexual. No confiaba en sus dotes de actor, por lo cual asumía que tenía poco tiempo. Tomó de uno de sus bolsillos uno de sus juguetes preferidos: Se trataba de una manopla de acero que se ajustaba perfectamente a sus nudillos, y coronando cada uno de ellos sobresalía una punta cónica de filo diamantado. Un golpe con ese implemento garantizaba un daño atroz para quien lo recibiera. Todo el artefacto por otra parte constituía una suerte de empuñadura de cuchillo, cuya hoja en forma de hoz se prolongaba infinita desde uno de los extremos.

Salió al pasillo con su herramienta calzada en su mano derecha, con la esperanza de no tener que usarlo, pero con la certeza de que lo haría sin problemas de ser mínimamente necesario. Luego de una bifurcación, eligió doblar a la derecha, en parte por intuición y en parte porque una letanía en ritmo de cumbia provenía desde esa latitud. La foto de Indigo era todo un testimonio: Si ese hombre no escuchaba cumbia, era sordo. No cabía otra opción. Hay estereotipos que no pueden huir de sí mismos. Llegó a la puerta detrás de la cual el ritmo monocorde de la cumbia villera musicalizaba esta particular escena de su vida. Los indicios seguían sumándose. El olor dulzón de la marihuana invadía el pasillo como si no hubiera puerta. Karlo echó su cuerpo hacia atrás y con una certera patada hizo volar el picaporte. Utilizó la técnica que aconseja un manual que es común a ladrones y policías: El de la calle. El golpe debe ser firme, unos 5 centímetros por debajo de la cerradura.

La imagen que le devolvió el cuarto no fue la esperada. Sobre un sommier de dos plazas, una chica de no más de 20 años se hallaba acostada en cruz, atada a la cabecera de la cama, desnuda y visiblemente drogada. A un lado de la cama, Indigo fumaba un porro que por su tamaño parecía un puro que hubiera despertado la envidia del propio Fidel. A cada pitada, avivaba la brasa del extremo soplando con suavidad y la apoyaba sobre los senos de la chica, que a esta altura se veían horriblemente lastimados. A cada quemadura, ella emitía un llanto sordo que helaba la sangre. Aparentemente llevaba un buen tiempo con su jueguito.

Los ojos de Karlo se entrecerraron de odio. Acarreaba un pasado de maltratos que no iba a superar del todo mientras viviera. “Abuso” era una tecla que no debías accionar frente a él. Indigo lo ignoraba. Pero estaba a segundos de aprender una lección que no olvidaría con facilidad.

Con una voz grave y cavernosa, Karlo se dirigió a él:

-Vení. Quemame a mí…

Indigo, que a pesar de estar drogado no dejaba de estar en su terreno, se incorporó con dificultad y tomó un revólver 38 que cargaba en su cintura.

-No sé quién sos. Pero sos boleta.

Y apuntó a Karlo al pecho…

lunes 15 de septiembre de 2008

14- Paco y Alexis

Alexis y Paco eran los mandaderos, los esbirros de Mónaco. Resultaban una pareja pintoresca, graciosa en un punto. Pero no era aconsejable dejarse llevar por esa imagen, ya que eran dos tipos de cuidado. Alexis medía casi dos metros y su pasado de deportista nato había dotado a su cuerpo de una musculatura respetable. Usaba el pelo corto, un par de tonos por encima del rubio. Al sonreír dejaba al descubierto unos brackets relucientes, esfuerzo titánico para emparejar una dentadura amarilla y asimétrica, digna de la más rancia realeza británica. Que fuera un matón de poca monta no era óbice para dar rienda suelta a cierta coquetería: Un tipo esmerado en el cuidado personal.
Paco por su parte era el contrapunto. No medía más de un metro y medio. Regordete. De piel blanquísima. Usaba el pelo peinado hacia atrás, con abundante fijador. Usaba siempre anteojos de armazón grueso y por épocas, un frondoso bigote buscaba sin éxito conferirle algo de fiereza a su aspecto.
No obstante ello era astuto por demás y compensaba el intelecto limitado de Alexis. Trabajaban como un auténtico y efectivo tándem: La mente y el músculo, la fuerza y la inteligencia. Paco se lucía con una frase sarcástica mientras Alexis te quebraba los dedos de la mano como si fueran grisines: Así funcionaba la cosa.

El dúo peculiar se presentó en la iglesia del Padre Giuliano. Una vez que se anunciaron, aguardaron pacientemente la llegada del sacerdote, que se hizo presente a los pocos minutos.

-Qué se les ofrece? –preguntó con tono amable, aunque no sincero. No soportaba a los dos matones.

-Necesitamos a dos pibes para llevar unos paquetes…-respondió Paco. Alexis sólo miraba.

-El Sr. Mónaco me dijo que la del mes pasado sería la última vez.

-Bueno, pero ahora cambió de opinión. El Sr. Mónaco puede cambiar de opinión ¿no cree, Padre?

Las mejillas de Giuliano iban tomando progresivamente un color rojo furioso, cortado sólo por la cicatriz de su pómulo, que se mantenía blanquecina. Paco continuó:

-Como recompensa por su colaboración, el Sr. Mónaco nos indicó que le diéramos esto.

Extendió la mano con un sobre blanco. Claramente contenía dinero.
Giuliano examinó el interior del sobre, lo sopesó y lo dobló por la mitad, para que cupiese en el bolsillo trasero de sus pantalones.

-¿Qué clase de paquetes tienen que llevar?

-Epa!...Las reglas son claras. Eso no se pregunta. Me extraña de Usted, Padre…-Cuando Paco intentaba ser irónico era aún más desagradable.

-Díganle a su jefe que por la mañana lo van a ir a ver dos de mis chicos de mayor confianza. Y díganle también que nos debemos una reunión: Tenemos que rever algunas de las condiciones originales del acuerdo.

-Se lo diremos, pero le anticipo que al Sr. Mónaco no le gustan los cambios cuando no es él quien los propone.

-Da igual. Contento o enojado siempre se sale con la suya ¿O no?

-Ud. No es tonto, Padre. Le haremos llegar su agradecimiento por el dinero.

-No creo haberte pedido que lo hagas…

Paco emitió una carcajada, cuyo eco fue una tímida risita de Alexis. Sin dejar de reír, los hombres dieron media vuelta y salieron de la iglesia.
Giuliano reparó en el hecho de que toda la conversación se había desarrollado ante la imagen del Cristo crucificado. Sintió un profundo odio, mezclado con vergüenza. Intentó convencerse a sí mismo que sin ese dinero su obra se desplomaría como un castillo de naipes, pero esa reflexión no trajo paz a su espíritu.
Por otra parte, tenía miedo. El, Giuliano, el que se había enfrentado con pandillas y dealers armados a mano limpia en defensa de sus chicos, tenía miedo…
Mónaco era un tipo sin escrúpulos y no dudaría en torturarlo a él o a sus muchachos. O quemar la iglesia. ¿Quién sabe de lo que sería capaz?

En un arresto de ira Giuliano tomó el sobre con el dinero de Mónaco y lo arrojó a un rincón. Los billetes se dispersaron en un radio pequeño. Giuliano se quedó inmóvil unos segundos. Luego caminó lentamente hacia el sitio donde había caído el dinero y comenzó a recogerlo, guardándolo cuidadosamente en el sobre. Lo introdujo en el bolsillo interno del saco que vestía y abandonó la nave de la iglesia, cuyo silencio y oscuridad parecían haberse incrementado tomando el aspecto de una enorme cámara mortuoria.

sábado 13 de septiembre de 2008

13- Nicole

Había conocido a Nicole diez años atrás. Karlo estaba sentado en un bar del centro. Había elegido una mesa pegada al ventanal, con vista a la calle. Percibió su presencia de inmediato: la chica estaba observándolo desde otra mesa. Prestándole atención. Y eso no era bueno. Comenzó a sopesar la situación, intentando pensar con claridad. Preparándose.

De pronto la joven pareció tomar coraje y empezó a acercarse. La mano de Karlo se posó con suavidad en el cinturón, a la altura del cuchillo que descansaba disimulado entre el cuero y la tela del jean.

-Karlo…, dijo ella al llegar a su lado.

-No. Ese no es mi nombre. Me confunde.

-Estoy segura que no. Me puedo sentar?

-Espero a alguien…-mintió Karlo.

Como si no escuchara su respuesta, Nicole colgó su cartera del respaldo de la silla y se sentó frente a él.

-Sólo quiero hablar un rato.

-Le pido que se vaya. No busco compañía. Así que…

-Magenta.

Los ojos de Karlo se abrieron desmesuradamente. Ella lo percibió y sonrió satisfecha.

-Sabía que le iba a interesar.

-Disculpe, pero no sé de qué habla.

-A principios de los 90 ocurrió en el país y con mayor intensidad en los centros urbanos una serie de hechos extraños. Decenas. Tal vez cientos de personas aparecieron muertas en calles y descampados. Todos ellos con antecedentes criminales de todo tipo: Ladrones violentos, violadores, vendedores de droga, pandilleros, pedófilos, homicidas. Una suerte de “limpieza” extrajudicial de las calles que misteriosamente no se reflejó en los titulares de los diarios: No se publicaba o se disfrazaba como ajustes de cuentas o hechos aislados, por más que la evidencia señalaba que era una operatoria sistemática.

-Y yo qué tengo que ver con eso?

-Yo diría que mucho. Quiere que siga?

-…

-Las versiones extraoficiales hablaban de una fuerza parapolicial organizada por el poder político. Un experimento extremo para bajar a como diese lugar los índices de delitos y la sensación creciente de inseguridad que aquejaba a la población, lo cual incidía directamente en los niveles de popularidad del gobierno.

-Qué interesante! Ahora discúlpeme, pero me tengo que ir.

-Espere –apoyó su mano de manicura reciente en el antebrazo de Karlo, sin sospechar que al hacerlo estaba arriesgando seriamente su vida, que a esta altura habiendo revelado lo que sabía valía 25 centavos-. Todavía hay más. Magenta operó varios años. Una fuerza fantasma con entrenamiento de élite. Limpios para hacer su trabajo. No cometían errores. Tan eficientes eran que el poder político más encumbrado (hablamos de dos personas. Tres como mucho), decidió diversificar sus tareas. Así comenzaron a caer políticos opositores, gremialistas, banqueros, empresarios. Una extraña ola de convenientes “suicidios” y “accidentes”. Mano de obra de lujo para trabajos sucios. Eso fue demasiado. Comenzaron a investigarlos. La oposición. El periodismo. La orden ante esto fue clara: Pasar a cuarteles de invierno. Magenta desapareció de un día para el otro, tan misteriosamente como había aparecido. Pero estoy segura de que sigue organizada y latente. Operando quirúrgicamente. Lista para lo que sea, en el momento en que la persona indicada lo disponga.

-Ya me puedo ir?

-Sé que Usted integra Magenta. Soy periodista y esta investigación se convirtió en una obsesión para mí. Quiero saberlo todo.

Desde que ella se había sentado frente a él, Karlo sabía que tendría que matarla, pero un dilema desconocido, incómodo, hizo nido en algún rincón de su cerebro: No quería hacerlo.

12- Aniversario

Luego de la visita a la iglesia, Karlo regresó a su departamento. A pesar de haber estado con Mónaco y con Giuliano, dos personas que lo conocían bien (de hecho, las únicas), ninguno de ellos había reparado en la fecha: 13 de octubre.
Karlo abrió las puertas de un mueble del living y sacó dos candelabros de plata. Lo depositó con delicadeza en el centro de la mesa rectangular de haya marrón (lo más lujoso que había podido pagar). Luego se dirigió a la cocina y de la alacena superior tomó dos copas de champagne de cristal fino. También las dispuso convenientemente sobre la mesa y regresó a la cocina para de la heladera una botella de Don Perignon. Encendió dos velas rojas que previamente había colocado en los candelabros y atenuó las luces. Puso un compact en el equipo de audio y “Wonderful tonight” llenó el ambiente. Esa noche no le interesaba escuchar otra canción que no fuera su canción. Suya y de ella.

Todo estaba como debía estar, pero faltaba un detalle. Se dirigió a su mesa de luz y regresó con el portarretrato con la foto de Nicole. La imagen era la de una mujer joven y bonita. Rubia. De cabello lacio y mirada vivaz. Sonreía cuando el propio Karlo, varios años antes, le había tomado aquella fotografía.

Colocó el retrato en un extremo de la mesa, sirvió champagne en una de las copas y la depositó a un lado de la fotografía. Llenó la otra copa y se sentó en la otra cabecera. Levantó la copa apenas y con una voz que no podía ser más triste ni en mil intentos, dijo:

- Feliz aniversario, amor.

Y se quedó allí sentado. Mirando la nada. Implorando por una señal, por un indicio que le revelara cuál era su lugar en un mundo que ya no sentía como propio.
Pasó el resto de la velada bebiendo y compadeciéndose de sí mismo. Y por más que luchara por evitarlo, recordando…

jueves 11 de septiembre de 2008

11- Reencuentro

Karlo estacionó el Falcon frente a la iglesia y durante unos segundos permaneció quieto y en silencio observando la fachada del edificio. Era una iglesia de barrio, pero de dimensiones importantes en términos relativos, vestigios de una época en la que los subsidios estatales eran generosos a cambio de a cambio de apoyo político o el visto bueno de la curia para legitimar procederes cuestionables.
Una catarata de recuerdos se abalanzaba sobre el corazón de Karlo cada vez que pasaba por allí. Todos ellos hablaban de esperanzas. De sacrificio. De redención. Caminó hacia la puerta principal e ingresó con aire solemne. Se hincó de rodillas y se persignó respetuoso. Luego de ello avanzó hacia el altar, donde un Cristo con los brazos abiertos parecía darle la bienvenida como a un viejo amigo. Por lo menos Karlo así lo sentía. Se hallaba cómodo en ese lugar. Cómodo y seguro.

Se sentó en el banco más próximo al púlpito, dispuesto a disfrutar de aquella atmósfera de paz incomparable. Pronunció para sus adentros una plegaria breve. Siempre había un motivo para agradecer al cielo. Así se lo había enseñado Giuliano entre esas mismas paredes.

-Y un día el hijo pródigo regresó a casa…

La voz a sus espaldas le resultó grata y familiar a Karlo. Se incorporó y pudo ver la figura del cura, que se aproximaba con una sonrisa ancha en su rostro. Giuliano llegó hasta él y se fundieron en un abrazo firme y prolongado.

-Hijo…Qué alegría me da recibirte aquí.

-Pasó mucho tiempo, padre. Y pasaron muchas cosas.

-Si, Karlo, lo sé. Vení, vamos a caminar un rato por el patio. Tenemos mucho de qué hablar…

Ambos salieron de la nave principal de la iglesia por una puerta lateral. Eran la viva imagen de un padre y su hijo. Desde lejos se apreciaba el afecto que existía entre los dos. Salieron al patio y de nuevo los recuerdos hincaron sus dientes en las entrañas de Karlo. En ese patio había aprendido muchas cosas sobre la vida. Había sufrido. Y había visto sufrir a los demás. Ahora unos cuantos chicos jugaban a la pelota, ajenos por completo a su presencia. En un momento la pelota rodó hasta sus pies y Karlo la devolvió con un puntapié casi infantil. Giuliano sonrió.

-Cómo estuviste durante estos años, Karlo? No sé de vos desde…

-Estuve sobreviviendo, padre. Sobreviviendo. Cuando ocurrió aquel accidente lo perdí todo. Nunca pude resignarme a la pérdida de Nicole.

Sus ojos se humedecieron repentinamente y su voz se hizo más lenta, en un esfuerzo para no entrecortarse por la angustia. Hizo lo posible para que no se notara, pero cuando hablaba de su mujer muerta el dolor brotaba por cada poro de su piel.

-De todos modos ya pasaron cinco años. Hago algunas changas y estoy alquilando un departamento cerca de acá. Lo único que impidió que me tirara bajo un tren fue la presencia de Dios en mi corazón, aunque hay noches en las que discuto con él y nos cuesta ponernos de acuerdo…¿Por qué Nicole? ¿Por qué no yo o alguno de los tantos hijos de puta que pululan por el mundo?

Giuliano lo escuchaba en silencio. Apoyó una mano sobre su hombro con delicadeza. Un pequeño gesto de afecto sincero.

-Pero bueno –prosiguió Karlo-, opté por agachar la cabeza y meterle para adelante, hasta que Dios diga. Y Ud. Padre? Como anda el orfanato?

-Las cosas no andan bien en lo económico. Los subsidios del estado han ido menguando hasta desaparecer, pero los chicos pobres se multiplicaron. La ecuación, como te imaginarás, no cierra por ningún lado. Hago rifas, pido colaboraciones a los comerciantes y siempre hay manos solidarias que nos son extendidas. Dios proveerá. Te quedás a almorzar con nosotros?

-Cómo podría negarme a la sopa de pantano del Padre Giuliano?

-¡Yo te voy a dar sopa de pantano!...-bromeó el cura y le dio un ligero puñetazo en el bíceps derecho.

Pasaron al comedor. Una sala de veinte metros por diez con tres mesas alargadas dispuestas en “U”. Unos treinta chicos de entre seis y veinte años se aprestaban a comer. Los más chiquitos colaboraban con los quehaceres relacionados con la disposición de platos y c